Y, mientras tanto, Marruecos avanza en su conquista

Y el Gobierno de Sánchez dio la peor y más débil imagen que un país puede dar

Hay una palabra para lo que está ocurriendo en Ceuta y no es «crisis migratoria», que es el eufemismo que el Gobierno de Sánchez repite con la esperanza de que la repetición acabe convirtiéndolo en verdad. La palabra es estrangulamiento deliberado en lo económico y en lo social. Porque lo que los datos de la Cámara de Comercio describen no es el daño colateral de un movimiento migratorio espontáneo. Es el resultado exactamente previsto de introducir en una ciudad de 85.000 habitantes a más de 80.000 personas en dos días, destruir su tejido comercial, cancelar sus fiestas patronales, vaciar sus hoteles y dejar a sus ciudadanos sin poder salir a la calle con normalidad. Eso no lo organiza una mafia. Eso lo organiza un Estado.

Treinta y tres millones de euros en un mes. El 17,3% del PIB mensual de Ceuta. Esa es la factura que la Cámara de Comercio de Ceuta ha puesto sobre la mesa esta semana para cuantificar lo que la invasión ha costado a la economía de la ciudad autónoma solo en agosto. Los datos más detallados se pueden leer en el reportaje que estos días publica Economía Digital. El comercio ha caído un 53%. La hostelería, un 50%. El turismo se ha desplomado un 90%. El 74% de las empresas ha ajustado ya sus plantillas. Y la Cámara advierte que estas cifras son provisionales, que la percepción de inseguridad mantiene la actividad en mínimos y que septiembre se encara con un horizonte de incertidumbre que muchos comerciantes traducen directamente: cierre.

El Makhzen marroquí sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo sabe porque lleva décadas estudiando Ceuta y Melilla con la paciencia y la minuciosidad del que tiene un objetivo a largo plazo y no tiene prisa en alcanzarlo porque sabe que el tiempo juega a su favor. El 30 de julio fue una prueba. Y el Gobierno de Sánchez dio la peor y más débil imagen que un país puede dar: tardó veinticinco días en convocar el Consejo de Seguridad Nacional, sus ministros dijeron una cosa y la contraria, el presidente mantuvo las vacaciones y agradeció la cooperación marroquí. La conclusión del Makhzen fue la que cualquier estratega habría sacado: se puede seguir. El adversario no reacciona.

El 30 de julio fue una prueba. Y el Gobierno de Sánchez dio la peor y más débil imagen que un país puede dar.

Y, así, mientras España discute si lo que ocurrió en Ceuta fue una crisis migratoria o una invasión, mientras el Gobierno miente negando a sus propios servicios de inteligencia y Sánchez arrastra los pies intentando agotar una legislatura —cuando lo único que está agotando es la paciencia de los españoles—, el Makhzen sigue adelante con su plan. Sin prisa. Con la tranquilidad del que sabe que su adversario está paralizado por sus propias contradicciones internas y por tener información delicada y comprometida que algún día conoceremos.

Por si esto fuera poco, a Pedro Sánchez se le acumulan problemas como para convocar elecciones generales mañana mismo: tiene a su mujer procesada, a su hermano condenado, el caso Koldo avanzando en la Audiencia Nacional, a Zapatero con corrupción hasta las cejas. Tiene socios parlamentarios que no van a defender la españolidad de Ceuta, todo lo contrario. Y tiene a Mohamed VI, que conoce perfectamente todo esto y que ha aprendido, en la sibilina política de las alianzas árabes, que los enemigos de su enemigo también son sus amigos. Trump no quiere a Sánchez. Israel aún menos. Y Marruecos tiene muy buenas relaciones con Trump e Israel, así que no hay que darle muchas vueltas al asunto.

El estrangulamiento económico de Ceuta no es un efecto secundario indeseado. Es una fase del plan. Una ciudad cuyo comercio cae un 53%, cuyo turismo se desploma un 90% y cuyas empresas cierran en septiembre es una ciudad que pierde capacidad de resistencia y que por lo tanto es más fácil de ocupar. Y una ciudad más fácil de ocupar es un paso más hacia el objetivo que Marruecos nunca ha ocultado: que Ceuta y Melilla dejen de ser españolas.

Los treinta y tres millones de euros perdidos en un mes son el precio que pagan los ceutíes por vivir en una ciudad que su propio Gobierno no es capaz de defender. Por vivir en un territorio que su presidente no considera prioritario frente a sus problemas judiciales, sus socios parlamentarios y su agenda de supervivencia personal en la Moncloa. Es lo que cuesta vivir en una frontera asediada en la que no se sabe qué va a pasar mañana. Porque, mientras Marruecos avanza gracias a que Sánchez agoniza, Ceuta paga la factura de los dos.

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