Marruecos no es una democracia. Hay que dejarlo claro. Es una monarquía de poder real articulada en torno a una institución que los marroquíes llaman el Makhzen. Que no es otra cosa que el Estado dentro del Estado: el rey, su familia, su círculo de colaboradores directos, los generales leales, los grandes empresarios vinculados al palacio, los servicios de inteligencia. Es el que toma las decisiones que importan mientras el Gobierno “elegido” en las urnas gestiona lo que el Makhzen le permite gestionar. El Gobierno marroquí cambia, pero esta burbuja de poder permanece.
Mohamed VI está en el centro de esa estructura. No solo como jefe de Estado sino como Comendador de los Creyentes, la máxima autoridad religiosa del país. Así que en Marruecos el rey reina, gobierna, preside, decide y bendice. Los que le rodean compiten permanentemente por ganarse su favor, porque estar cerca del rey significa acceder a los contratos, las licencias, los negocios, las obras públicas. Alejarse supone perderlo todo. Esa dinámica de lealtad interesada produce una elite cohesionada en torno a un solo objetivo: mantener el sistema que les mantiene a ellos para continuar su política expansionista y ampliar así el negocio.
Por debajo de esa elite hay una reducida clase media emergente pero frágil; y más abajo aún, una gran masa de población que sobrevive a duras penas. Más del 60% de los marroquíes tiene menos de 30 años, una generación enorme sin perspectivas laborales suficientes que el Makhzen utiliza cuando le conviene y aparca cuando no. El 30 de julio empleó a esta masa como palanca de presión sobre España. A semejanza de lo que hizo Hassan II durante la “Marcha verde”. Los agentes marroquíes se retiraron. Los jóvenes cruzaron. El Makhzen observó.
En Rabat sabían que la entrada masiva, una invasión, iba a suponer una alteración radical de la vida en Ceuta: se procedía así a “marroquinizar” una ciudad española con jóvenes que no saben cómo se vive en democracia ni falta que les hace. Porque su realidad vital está vinculada al Islam y sus preceptos religiosos. Así que con ellos viaja también a España una visión cultural y de comportamiento que muchas veces entra en colisión con las libertades que aquí nos hemos dado. Y ahí radica el problema. No es gente que huye del hambre. Son personas que han crecido en una estructura de sociedad casi del medioevo, con una visión del mundo sometida a una religión que lo controla todo y a una autoridad de palo y tentetieso que los utiliza como «carne de cañón» para presionar allá donde hagan falta.
Insistir, por lo tanto, en que Marruecos es un país pobre que no puede controlar sus propios flujos migratorios es sencillamente falso. Es un argumento cómodo, pero falso. Y se puede entender fácilmente leyendo el reportaje que se publica en estas mismas páginas de Economía Digital sobre la situación de los puertos españoles en el Mediterráneo.

El principal hub portuario marroquí, Tánger Med, mueve más del doble que su equivalente español. Ha superado a Valencia en volumen de contenedores y se ha consolidado como el primer puerto de África y del Mediterráneo occidental. El país que supuestamente no puede controlar a sus jóvenes para que no crucen a España ha conseguido construir el mayor puerto del Mediterráneo occidental. En noviembre de 2025, la empresa pública marroquí Marsa Maroc adquirió el 45% de Boluda Maritime Terminals, accediendo así a nueve terminales en puertos españoles: cinco en Canarias y cuatro en la Península, en Sevilla, Cádiz, Vilagarcía y Santander. Marruecos está comprando infraestructura portuaria española con dinero del Estado marroquí mientras sus jóvenes entran en Ceuta. Ambas cosas al mismo tiempo. Y el Gobierno de España agradece la cooperación.
Este es el Marruecos real. No el que huye de la pobreza. El que construye el estadio más grande del mundo en Casablanca para el Mundial de 2030 como ejercicio de propaganda y blanqueamiento internacional. El que tiene buenas relaciones con Trump e Israel mientras España los irrita con su política exterior. El que compra terminales portuarias en suelo español mientras reivindica oficialmente que Ceuta y Melilla son territorio marroquí. Todo esto simultáneamente, con total coherencia estratégica, porque el Makhzen juega al largo plazo y tiene la ventaja de no tener que rendir cuentas a nadie.
Esa asimetría es el verdadero problema de la relación España-Marruecos. España es una democracia sujeta a la presión de su opinión pública, al escrutinio de su prensa, a los ciclos electorales y a las comparecencias parlamentarias, aunque el Gobierno no quiera. Cuando Ceuta colapsa, los ciudadanos españoles exigen respuestas. Marruecos no tiene ninguno de esos frenos. Puede actuar, esperar, negar y volver a actuar sin coste político interno porque no hay mecanismo que se lo cobre. Y si quiere cambiar al ministro de Exteriores de España, lo cambia.
Esta asimetría explica por qué las relaciones con Rabat han sido siempre difíciles. Lo vemos ahora en Ceuta. Ochenta mil personas en un día, agentes que se retiran, jóvenes que cruzan señalados en la dirección correcta. El Makhzen no improvisa. Cada movimiento está calculado con la precisión del que sabe que su adversario está atado de pies y manos por sus propias reglas democráticas. Y quién sabe por cuántas cosas más que hacen que Sánchez se incline sometido ante un régimen de satrapía.
Marruecos nunca ha sido un vecino fácil. Es un sistema de poder que no comparte nuestros valores democráticos, no juega con nuestras reglas y tiene un objetivo sobre Ceuta y Melilla que nunca ha ocultado. Por eso la invasión de Ceuta requiere de una respuesta inmediata del Gobierno de Sánchez. Salvo que no quiera “faltar al respeto a Marruecos”, como dice Bolaños, y opte entonces por la perversa posibilidad de dejar que la calle se caliente aún más. Siempre está la “ultraderecha” para echarle la culpa.