No enfademos a Marruecos

La vinculación entre lo de Perejil y los atentados nunca se ha establecido judicialmente de manera directa. Pero no son pocas las voces que, con conocimiento de lo ocurrido, apuntan a que existe esa causa-efecto, aunque casi nadie la explicite en voz alta

La sociedad española lleva semanas intentando entender qué ha pasado exactamente en Ceuta y por qué el Gobierno actúa como actúa con Marruecos. Y no lo entiende. Después de 27 días de vacaciones interrumpidas solo 105 minutos para ir a Ceuta y no adoptar ninguna medida. Salvo mandar a los ministros en procesión. Solo a la vuelta Sánchez decretó las medidas de emergencia que había rechazado un mes antes. Exactamente las mismas medidas pero con un mes de retraso. Y sin dar ninguna explicación ni rendir cuentas de ningún tipo. Y esa falta de información, la opacidad de las relaciones con Marruecos y la evidente sumisión al régimen alauí, es lo que más desorienta al ciudadano que intenta, paralizado por la anestesia del desconocimiento, saber qué está pasando.

Las crisis de soberanía no esperan, pero los senderos de Andorra tampoco.

Sánchez presidió el martes el Consejo de Seguridad Nacional convocado con veinticinco días de retraso sobre la crisis de soberanía más grave que vive Ceuta, y por tanto España, en su historia moderna. Horas después, fuentes de la Moncloa confirmaban que el presidente se marchaba de nuevo de vacaciones a Andorra hasta el domingo para rematar su descanso estival, que había tenido que interrumpir para presidir el Consejo. Había que terminar el cicloturismo. Comprensible. Las crisis de soberanía no esperan, pero los senderos de Andorra tampoco.

La desorientación no es nueva. Lleva décadas instalada en la relación España-Marruecos y aunque tiene muchos precedentes históricos, hay uno que conviene recordar aunque a nadie le guste hacerlo. En 2002, el incidente del islote del Perejil terminó con la retirada de los soldados marroquíes gracias a una operación militar que fue un puñetazo en la mesa. Lo que vino después es más conocido y más oscuro. El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, doscientas personas murieron asesinadas en los trenes de Madrid.

La vinculación entre lo de Perejil y los atentados nunca se ha establecido judicialmente de manera directa. Pero no son pocas las voces que, con conocimiento de lo ocurrido, apuntan a que existe esa causa-efecto, aunque casi nadie la explicite en voz alta. Se prefirió ligar lo ocurrido a la guerra de Irak porque venía mejor. Como ahora se quiere decir que lo de Ceuta es solo una crisis migratoria y no una invasión en ciernes de nuestro vecino del sur. Porque aceptar lo segundo nos obliga a hacer algo.

En Marruecos hay un dicho popular: «Medio país trabaja en la policía y el otro medio para la policía». Desde hace mucho tiempo tienen ojos y oídos más allá de sus fronteras. Por supuesto también y especialmente en España.

Algunos nombres saldrán ahora a la luz. ¿Qué sabían los servicios de inteligencia marroquíes de aquellos terroristas que eran de su nacionalidad? ¿Cuándo lo supieron? Si avisaron o si callaron. Preguntas que no tienen respuesta pública y que flotan desde entonces como un substrato de desconfianza que ningún gobierno ha querido airear porque airearlo significaría tener que hacer algo con ello. Y eso también da miedo.

Por eso cuando Marruecos reivindica Ceuta y Melilla como territorios marroquíes, cuando sus agentes se retiran para dejar pasar a 80.000 personas, cuando sus policías animan a los jóvenes a cruzar señalándoles la dirección, y el Gobierno español no dice absolutamente nada, no llama al embajador, no convoca rueda de prensa, no activa ningún mecanismo diplomático visible, el ciudadano no sabe qué pensar. Y en ese vacío de información crecen todas las especulaciones posibles. Que los teléfonos del Gobierno fueron intervenidos con Pegasus y Marruecos tiene material comprometedor. Que hay algún acuerdo oscuro sobre el Sáhara que todavía no conocemos. Que igual Marruecos se relaje como dique de contención del yihadismo que viene del Sahel. Que hay algo que Sánchez y su entorno no quieren que salga a la luz.

Ninguna de estas hipótesis es verificable. Todas son plausibles. Y esa plausibilidad simultánea de explicaciones incompatibles entre sí es exactamente lo que produce el silencio: no una ciudadanía tranquila sino una ciudadanía desorientada que no sabe contra qué indignarse ni a quién pedir cuentas. La ausencia de información no apaga la indignación. La dispersa. Y una indignación dispersa es una indignación inofensiva.

Dicen que muchos cargos socialistas están reconociendo en privado el «fracaso» de la gestión y temen que Ceuta pueda llevarse al Gobierno por delante. Que lo digan en privado y no en público es, en sí mismo, otro síntoma del mismo fenómeno: el miedo colectivo a decir en voz alta lo que todos saben.

España lleva décadas sabiendo que con Marruecos siempre acabamos pagando. Que cada crisis termina con una cesión que nadie explica. Y que la siguiente ya está en camino. Y sabiendo todo eso, seguimos sin saber qué hacer. No enfademos a Marruecos. Que ya sabemos cómo acaba.

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