A cuchilladas y bates de béisbol

Durante la adolescencia hay que facilitar y controlar la asistencia escolar, así como poner a disposición de las clases menos favorecidas espacios de ocio socializador y ordenado

Hace unas semanas, el digital El Caso -especialista en estos asuntos-, con el título Tres heridos por arma blanca, dos menores, durante una violenta pelea entre decenas de personas en Lleida, publicó un artículo de Orsolya Gazdagi y Guillem RS sobre una pelea/conflicto callejero en un barrio de Lleida. El detalle que retener: la participación de un número indeterminado de jóvenes, tres de los cuales resultaron heridos por arma blanca y dos de ellos eran menores de edad.

Ninguna novedad: semejantes reyertas se van produciendo con cierta frecuencia en Cataluña y también en muchos otros lugares. En este y otros casos, personas, generalmente jóvenes, de diversos orígenes, se enfrentan armados. El resultado: heridos por navajazos, contusiones o balazos, y evacuados al hospital más próximo.

Al respecto, merece la pena la lectura de un reciente paper de David Buil-Gil (profesor de Criminología cuantitativa y Criminología comparada en la Universidad de Manchester y autor de diversos libros y artículos de referencia al respecto), publicado por Journal of Criminal Justice con el título -traducido- de  El tiempo no estructurado como vía de acceso desde la exposición a la desventaja hasta el delito: El papel del tiempo fuera de la escuela (septiembre – octubre, 2026).

El autor analiza el curriculum educativo y social de casi cinco millones de personas nacidas en Inglaterra, durante los cursos académicos que van de 1990/91 a 1997/98. Vale decir que ha seguido sus trayectorias hasta los 30 años de edad. El objetivo es averiguar si el efecto generado por la desventaja económica durante la infancia y juventud, así como el tiempo fuera de la escuela (absentismo escolar), tienen que ver con la ejecución delictiva posterior.  

El resultado de la investigación: la delincuencia y las horas lectivas perdidas mantienen, a lo largo del tiempo, una evidente correlación. Un efecto directo. Y es sobre los 18 años, cuando la delincuencia alcanza su punto máximo, entre el 80 % y el 83 % , que se puede establecer la relación directa con el absentismo escolar. Por su parte, a los 30 años, la delincuencia producto de la ausencia escolar se reduce al 32 % – 33 %.   

Concluye el autor -que maneja una notable bibliografía criminológica al respecto- que los resultados de la investigación respaldan la teoría de la relación desigualdad económica/ausencia escolar con la delincuencia. El mensaje implícito: durante la adolescencia hay que facilitar y controlar la asistencia escolar, así como poner a disposición de las clases menos favorecidas espacios de ocio socializador y ordenado para así poder reducir las consecuencias criminógenas posteriores durante la adolescencia. Una obviedad, dirán. El artículo va más allá.

En primer lugar, la investigación, con hipótesis, datos y gráficos, muestra que la correlación existe y no se trata de un discurso confeccionado a la medida de alguna corriente política o ideológica.   

En segundo lugar, la investigación es un predictor  que anticipa lo que puede ocurrir entre los jóvenes y pone a la Administración frente a un problema que requiere soluciones valientes y efectivas.

En tercer lugar, la investigación advierte -tome nota la inspección educativa- que el absentismo escolar puede convertirse en una suerte de escuela del delito en donde algunos jóvenes se licencian cum laude.

En cuarto lugar, la investigación matiza que la delincuencia no se genera únicamente en el seno de la pobreza, o de las clases sociales bajas, o de la inestabilidad familiar, o de la marginación con todas sus aristas, sino  también entre las familias de clase media o superior cuyos hijos tienen tiempo para instruirse en la práctica del delito.

En quinto lugar -y es una reflexión personal-, la investigación nos indica que el derecho a la ciudad que predicó Henri Lefebvre en 1967, y todavía predica hoy la superviviente progresía sesentayochista y ecologista -en resumen: una catálogo de garantías relacionadas con la educación, la cultura, la vivienda, el medio ambiente, la planificación y el bienestar-, no puede existir sin una pacificación ciudadana.   

El artículo de David Buil-Gil, además de un excelente y meticuloso trabajo criminológico -la criminología no va solo de crímenes y  comportamientos asociados-, es un aviso para navegantes. Y un retrato en blanco y negro de la realidad de nuestra sociedad y nuestras ciudades. No es una casualidad que la investigación responda al encargo de un Ayuntamiento de Manchester  que ha entendido que el delito debilita, no solamente la convivencia social, sino también la reputación de sus instituciones.

Un estudio, el de David Buil-Gil, que detecta ciertos aspectos del origen, el mecanismo y la oportunidad del delito juvenil.           

Volvamos a Lleida, o a Barcelona, o a Badalona, o a Rubí, o a muchas otras ciudades. Es cierto que se está tratando el asunto. Es cierto que se intenta pacificar el ambiente. Y también es cierto que trabajos como el de David Buil-Gil, que ponen números y evidencias incontestables sobre la mesa, ayudan a seguir adelante.

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