A Maastricht le ha de suceder Maastricht 

Los detractores de Maastricht no son sino unas fuerzas retardatarias de oscuras propuestas, compañías y objetivos

La idea de Europa –una Europa unida- se encuentra en el centro de una encrucijada en que todo podría ser posible. Es posible que continúe la Europa caracterizada por la unidad política y económica. Pero, también es posible una Europa en retroceso o una Europa inmóvil. Un retroceso o una inmovilidad cuyos protagonistas no serían únicamente los políticos, sino también la ciudadanía. Como si el Tratado de Maastricht (1992) estuviera todavía por aprobar. Como si hubiera -!ay!- dos bandos con sus respectivas ideas de Europa. 

En pocas palabras –realismo obliga-, no hay ninguna alternativa al Tratado de Maastricht. A Maastricht le ha de suceder Maastricht. Y los detractores de Maastricht no son sino unas fuerzas retardatarias de oscuras propuestas, compañías y objetivos.  

Europa tiene planteados –nada nuevo- una serie de problemas/necesidades políticos, económicos, sociales, culturales, militares y migratorios. A lo que hay que añadir la consolidación de algunos Estados ya integrados y la posible suma de otros, teniendo en cuenta las consecuencias  de ello. Otro problema/peligro: los nacionalismos étnicos europeos con ansias fronterizas expansionistas dentro del territorio y las fuerzas políticas radicales europeas –ya sea de derecha o ya sea de izquierda- autodestructivas en beneficio de otras potencias extraeuropeas.  

Frente a ello, el renovado Maastricht podría diseñar, o rediseñar, unas políticas económicas y comerciales –investigación, tecnología, formación laboral, producción, productividad, circulación de las mercancías, consumo interno, exportación, política monetaria- que armonicen los intereses de los socios europeos y también de los inversores internacionales que entran en juego. Unos programas y unas estrategias globales. Cierto, eso ya se dice. Pero, no se hace. La Unión Europea no aparece en las primeras posiciones del globalismo.  

«Maastricht hace posible que Europa se enfrente a las necesidades del día y a las urgencias de la época»

Más: impulsar seriamente –sin reticencias, sin complejos y sin miedo al infantiloide “No a guerra”- el llamado “pilar de defensa europeo”. Es decir, más inversión e investigación militar, más soldados, más ejércitos, más espías, más tanques, más misiles, más drones, más portaviones. Obvio: una estrecha colaboración militar con los Estados Unidos. Más OTAN. La Unión Europea y los Estados Unidos, hermanos gemelos en la defensa de Occidente. La hegemonía y la subsistencia están en juego. No se trata de una broma. La realidad es la realidad, guste o no guste. La seguridad y la defensa son imprescindibles.  

La  Unidad Europea, tierra de acogida. Por supuesto. Pero, seamos sinceros: la realidad impone unos límites que hay que establecer, reglamentar y administrar en beneficio del Nosotros y del Ellos. Ni más ni menos.  

La bandera de Europa
Una bandera de la Unión Europea. Foto: Freepik

Maastricht, evidentemente, no es la panacea que todo lo resuelve. Mejor así: las soluciones, con mayúscula, afortunadamente, no existen. En cualquier caso, Maastricht hace posible que Europa se enfrente a las necesidades del día y a las urgencias de la época. Maastricht implica un avance considerable: políticamente (la vía respetuosa a la unidad de las partes), económicamente (el camino hacia un mercado, una moneda y una estrategia compartidas), socialmente (las medidas de seguridad, protección social y cohesión), culturalmente (la promoción y respeto de las diversidades culturales existentes). Maastricht es la mejor alternativa posible. Si quieren, la menos mala como ocurre con la democracia.  

La pregunta: ¿por qué la oposición izquierdista critica Maastricht? ¿Quién tiene miedo de Maastricht? La oposición a Maastricht se explicaría en función de tres variables: el integrismo ideológico, el corporativismo mezquino y la desinformación voluntaria. El integrismo ideológico –paleocomunismo, paleoecologismo y paleonacionalismo- que se resiste a aceptar la pluralidad, el corporativismo mezquino propio de los negocios y negociantes que están en estado de reconversión casi imposible, y la desinformación de quienes voluntariamente han decidido elegir el camino que no llega a ninguna parte. 

Rehusar Maastricht equivale a secuestrar la idea/realidad de una Europa digna y posible en la cual, por cierto, ya se han invertido muchos años de de esfuerzo. Ahí está la ciudadanía europea, la Justicia europea, la seguridad europea, la policía europea, la política europea, el euro y un largo etcétera. Todo ello, a medias, dirán algunos o muchos. Sí, pero por ahí se empieza.  

Rehusar Maastricht equivale a apostar por la involución de Europa. No hay que caer en la trampa.        

Deja una respuesta