La ministra Margarita Robles rompió el argumentario de La Moncloa y, como algunos socialistas de Ceuta, va a pagar un elevado precio por decir la verdad. Esto me recuerda a Albert Camus cuando hablaba del “derecho a no mentir”. Éste no existe en el sanchismo. En él estás obligado a mentir, a hacerlo por tu jefe, el de aquí y/o el de Rabat. La única coherencia exigida es la obediencia. Quien se mueva, ya saben, no sale en la foto. Decir la verdad equivale, en este inmoral contexto, a un acto de insubordinación.
La invasión estaba anunciada. El CNI lo advirtió. Y el Gobierno de España lo ignoró. Permitió la vulneración de nuestra integridad nacional y se fueron de vacaciones. La sumisión de Pedro Sánchez al régimen de Marruecos queda, pues, demostrada. No sabemos qué la explica, pero ya resulta imposible negarla. El giro de 180 grados respecto al Sáhara Occidental debió ser prueba irrefutable. Fue un vuelco a nuestra política exterior sin precedentes ni explicaciones.
Otra hipótesis sería igualmente preocupante: Sánchez, en su agonía, busca el conflicto. Busca la violencia en Ceuta porque necesita una España enfrentada. Su política necesita siempre un enemigo. Necesita la polarización para evitar cualquier explicación. Ante cada crisis, la misma respuesta: dividir, señalar, levantar otro muro entre españoles. Esa ha sido la lógica de Sánchez desde el comienzo de esta legislatura. Y lo que vemos ahora solo son sus penúltimos coletazos.
La respuesta del PSOE a la crisis de Ceuta debió haber sido levantar un muro, sí, pero en la frontera, ante Marruecos, y no entre españoles. Llamar fachas a quienes apoyamos a los desesperados ceutíes y descalificar las movilizaciones de este miércoles ante los ayuntamientos de toda España es propio de su manual de crispación. Cuando no pueden defender su gestión, descalifican a quienes la denuncian. Pero, ojo, vendrá más caliente este mes de septiembre.
La rentrée judicial promete ser un merecido suplicio para su sanchidad. Él volverá a presentarse como víctima de una gigantesca confabulación fascista: jueces, periodistas, empresarios, oposición y más de media España. Pero el argumento está agotado. Ya nadie le cree. Es difícil presentarse eternamente como víctima de una conspiración cuando los escándalos brotan a tu alrededor como setas tóxicas.
Ah, esa vieja y cruel ley del poder: mientras el líder parece invencible, todos proclaman su lealtad; cuando empieza a tambalearse, todos comienzan a calcular el momento de la traición.
Aquí tampoco levantó los muros necesarios, los muros frente a la corrupción. Los escándalos han brotado en su familia, en su partido y en su Gobierno. Lo que durante años presentó como una supuesta superioridad moral ha terminado convertido en una sucesión de investigaciones, imputaciones y revelaciones que cercan cada vez más a su entorno político y personal. Ya no se trata de un nombre incómodo es la acumulación. Y, sobre todo, es la reacción de un poder que ante cada nuevo escándalo responde atacando a quien investiga, pregunta o publica.
Hasta en el PSOE empiezan a asumirlo. Dicen que no pocos ya dan a Sánchez por amortizado y que los candidatos a sucederle comienzan a moverse discretamente. Ah, esa vieja y cruel ley del poder: mientras el líder parece invencible, todos proclaman su lealtad; cuando empieza a tambalearse, todos comienzan a calcular el momento de la traición. Las fidelidades eternas suelen durar exactamente lo mismo que el poder que las alimenta.

Sin embargo, esta vez el PSOE ha ido demasiado lejos. Ya no estamos hablando solamente de una estrategia de polarización, de una cesión parlamentaria, de los escándalos de corrupción o de una nueva degradación institucional. Estamos hablando de la mayor irresponsabilidad posible: la de no proteger a los ciudadanos, las fronteras, la integridad territorial y la soberanía.
Ha ido demasiado lejos. El PSOE se ha convertido en un partido desleal a la democracia y a España. Es un partido traidor en un gobierno fallido de un Estado paralizado. Eso será difícil de revertir, porque reconstruir la confianza siempre cuesta mucho más que destruirla. Aún más si, después de Sánchez, el sanchismo pretende sobrevivir con un perfil como el del ambicioso y grotesco Óscar Puente.