La autoestima de una nación 

Las naciones no se reconstruyen únicamente con reformas económicas o institucionales, también necesitan recuperar la confianza en sí mismas

Las naciones, como las personas, rara vez prosperan cuando se desprecian a sí mismas. Por eso, Rafael Núñez Huesca, en su libro La nación sin autoestima (CEU Ediciones), sostiene que la falta de autoestima nos empuja hacia la decadencia. Es un círculo vicioso. Es una profecía que se autocumple. Escribes y te crees un relato sobre el pasado donde todo es, como diría Van Gaal, “siempre negatifo, nunca positifo”, y acabas amargando el presente y destruyendo el futuro. 

Una nación que deja de confiar en sí misma termina rebajando sus ambiciones. Renuncia a liderar, a defender sus intereses y a proyectarse hacia el futuro. El relato del fracaso acaba imponiéndose al de la superación, y ese pesimismo colectivo termina impregnando las instituciones, orientando las decisiones públicas y empobreciendo la vida cotidiana. 

España constituye probablemente el ejemplo más claro de este fenómeno. La izquierda y los separatismos se unieron para erosionar la imagen de nuestra nación. Y la derecha aún no ha hecho lo suficiente para revertirlo, ya que, frente a los desprecios emocionales, suele contraponer únicamente argumentos racionales. Falta algo más. Falta reconstruir también el vínculo emocional con España, incluso ir más allá de un frío patriotismo constitucional. 

Ese proceso destructivo no surgió espontáneamente y no se limita a la leyenda negra escrita por otras potencias. Todo se aceleró cuando Zapatero decidió romper los consensos de la Transición e inventar un relato sobre la II República. Los separatismos aprovecharon esa autoflagelación española para fortalecerse y arremeter contra la unidad.  

Es algo que va más allá de la política. La visión pesimista impregna la educación y el arte. Se enseña la peor parte de nuestra Historia y se oculta la mejor. En demasiadas ocasiones convertimos nuestros propios referentes históricos en caricaturas. No se trata de ocultar los errores ni de idealizar nuestro pasado.

Se trata, simplemente, de contemplar la historia en toda su complejidad. Las democracias sólidas reconocen sus sombras, pero también reivindican aquello que las hizo avanzar. El problema comienza cuando solo somos capaces de ver defectos en lo propio y virtudes en lo ajeno. 

Cuando una nación deja de admirarse a sí misma, termina dejando también de confiar en sus propias posibilidades. Y eso tiene consecuencias políticas muy concretas. Esa desconfianza colectiva, nos dice Núñez, nos conduce a una política exterior retraída, muy por debajo de nuestro potencial, y vacilante. Y también a una política interior viciada.

Los jóvenes se han hartado de las imposiciones ideológicas, ya no aceptan que el victimismo sea la única forma de entender Cataluña

“Una autoestima nacional sana estimula el sentimiento de pertenencia, la solidaridad, la cohesión social y permite afrontar cualquier desafío, interno o externo, con garantías”, escribe. Hoy vemos las causas y las consecuencias de esa decadencia en la forma en que el Gobierno afronta las diferentes catástrofes, con más voluntad de destruir a la oposición que de ayudar a los ciudadanos. 

Sin embargo, el libro ofrece una esperanza, que tampoco me canso de subrayar siempre que tengo ocasión: los jóvenes. Hay una revolución cultural en marcha, un cambio social que nace de abajo arriba, protagonizado por quienes ya no creen en los oscuros relatos oficiales. En este sentido, internet ha roto el monopolio y ha ampliado los espacios de libertad.

Las nuevas generaciones han crecido comparando fuentes, viajando más y contrastando discursos. Eso no garantiza que siempre tengan razón, pero sí dificulta que una única élite cultural pueda monopolizar el relato sobre España. 

Ese cambio de clima cultural se percibe con especial intensidad en Cataluña. Los jóvenes se han hartado de las imposiciones ideológicas. Ya no aceptan que el victimismo sea la única forma de entender Cataluña. Tras décadas de turra nacionalista, repitiendo que España es lo peor y que los catalanes somos víctimas permanentes, ese relato ha perdido su capacidad de seducción. Socialmente, el separatismo está siendo derrotado ética y estéticamente; solo la rendición del socialismo le sigue proporcionando grandes réditos políticos, entre ellos la progresiva expulsión del Estado de Cataluña. 

(Foto de ARCHIVO) La bandera de España durante el ambiente previo al partido entre España y Argentina, a 19 de julio de 2026, en Madrid (España). El partido enfrenta a las selecciones de España y Argentina en la final de la Copa del Mundo de fútbol 2026 para ver quién se hace con el trofeo. El combinado español libra la segunda final de su historia, mientras que los argentinos repiten este año tras disputar la final del Mundial de Qatar 2022, del que salieron campeones. Ricardo Rubio / Europa Press 19/7/2026
La bandera de España. Foto: Ricardo Rubio / Europa Press.

El cambio es algo que va mucho más allá de la celebración de un éxito deportivo puntual. Es un pendulazo cultural que puede acabar resolviendo el problema territorial de una manera que hace apenas una década nadie imaginaba.

El autor recupera una frase del cantante argentino Andrés Calamaro: “Quizá tengan el mejor país del mundo y no quieren darse cuenta”. Bien, quizá los jóvenes, a pesar de sufrir la falta de vivienda y de oportunidades, empiecen precisamente a darse cuenta de que el problema nunca fue la nación, sino su gobierno. 

Y es que las naciones no se reconstruyen únicamente con reformas económicas o institucionales. También necesitan recuperar la confianza en sí mismas. La prosperidad empieza muchas veces por una convicción aparentemente sencilla: creer que el propio país merece la pena.  

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