Romper las cadenas, conservar los lazos
Los nuevos populismos (de todos los colores) explotan los temores que acompañan a toda transformación acelerada
Hay autores que saben captar el espíritu de una época. Fareed Zakaria es uno de ellos. Ya lo demostró hace más de veinte años con El futuro de la libertad (Taurus), un libro que anticipó muchas de las tensiones que hoy atraviesan las democracias occidentales.
Ahora vuelve a hacerlo con La era de las revoluciones (Debate), un ensayo que, pese a su título, no pretende recorrer (solamente) las grandes revoluciones del pasado, aunque inevitablemente recuerde al historiador marxista Eric Hobsbawn, sino explicar las profundas transformaciones que están redefiniendo nuestro presente.
Su tesis es que cada gran revolución tecnológica desencadena una revolución económica, social y, finalmente, política. Si la Revolución Francesa y la Revolución Industrial dieron forma a la división clásica entre izquierda y derecha, las transformaciones actuales están configurando una nueva fractura. Ya no se trata únicamente de cuánto Estado o cuánto mercado queremos, sino de si apostamos por sociedades abiertas o por sociedades cerradas.
Ese cambio ayuda a comprender fenómenos que, analizados con categorías del siglo XX, resultan difíciles de interpretar. El nacionalismo, el proteccionismo y el aislacionismo de Donald Trump poco tienen que ver con el gobierno limitado, la moderación fiscal o la promoción de la democracia que representó Ronald Reagan en los años 80. No es una simple evolución del conservadurismo norteamericano; es otra manera de entender la política y el mundo.
Zakaria recorre con brillantez las principales revoluciones de nuestro tiempo. La revolución científica impulsada por la inteligencia artificial y la bioingeniería. La revolución geopolítica provocada por el ascenso de China y la agresividad de Rusia. La revolución económica derivada de la globalización y, sobre todo, la revolución cultural e identitaria que ha alterado los antiguos equilibrios sociales.
En este contexto, los nuevos populismos (de todos los colores) explotan los temores que acompañan a toda transformación acelerada. El lenguaje de la cooperación pierde terreno frente al de la confrontación. La política deja de consistir en construir consensos para convertirse en una sucesión permanente de conflictos.

Especialmente sugerente resulta su análisis de los cambios electorales que estamos presenciando en muchas democracias occidentales. Parte de las élites urbanas se identifican cada vez más con una izquierda preocupada por las políticas identitarias (wokismo), mientras que amplios sectores de la clase trabajadora, decepcionados por el estancamiento económico y por el abandono de sus preocupaciones materiales, buscan respuestas en opciones situadas a la derecha del espectro político.
España no tiene lugar en este libro, pero algunas de sus reflexiones permiten establecer paralelismos inevitables. Si Trump representa una forma particularmente estridente de desprecio hacia los procedimientos y los contrapesos institucionales, Pedro Sánchez encarna una versión (algo más sofisticada) del mismo problema.
Las formas son distintas, pero el riesgo es el mismo: la creciente tentación de utilizar la polarización como instrumento de poder y de erosionar las reglas del juego cuando dificultan la permanencia en el gobierno.
Lo más interesante del ensayo, sin embargo, es que Zakaria rehúye el derrotismo. Frente a quienes anuncian el agotamiento definitivo del liberalismo, propone una defensa crítica de esa tradición política. Reconoce sus limitaciones sin renunciar a sus virtudes.
Como escribe: “La gran fuerza del liberalismo a lo largo de la historia ha sido desencadenar a las personas de restricciones arbitrarias. Su gran debilidad ha sido la incapacidad de llenar el vacío cuando las viejas estructuras se desmoronan”.
Es una observación que los liberales no deberíamos perder de vista. El liberalismo liberó a los individuos de múltiples ataduras injustas, pero en ocasiones también debilitó instituciones, comunidades y vínculos que proporcionaban sentido de pertenencia.
Esa es precisamente la intuición que Edmund Burke formuló hace más de dos siglos y que sigue conservando plena vigencia. La libertad necesita instituciones, hábitos y tradiciones que la sostengan. No basta con eliminar obstáculos; también hay que construir aquello que permite convivir en libertad.
Quizá esa sea la principal enseñanza de La era de las revoluciones. En tiempos de cambios acelerados, la respuesta no consiste en abrazar el extremismo, sino en reforzar aquellas instituciones que permiten adaptarse sin destruir lo mejor de nuestras sociedades.
Como concluye el propio Zakaria: “El extremismo puede resultar satisfactorio, pero la reforma gradual suele producir cambios duraderos”. En una época dominada por los eslóganes y la política emocional, esa reivindicación de la moderación constituye, paradójicamente, una de las ideas más revolucionarias del momento.