¿Sánchez o España? La verdadera fractura que deja la Cumbre de Ankara 

Quedarse al margen del consenso aliado puede tener un coste superior al que algunos imaginan

La Cumbre de la OTAN celebrada en Ankara será recordada por el aumento del esfuerzo aliado en defensa, por la consolidación de una nueva arquitectura estratégica y por el protagonismo, una vez más, de Donald Trump.  

Pero existe otro hecho que podría tener consecuencias mucho más duraderas: por primera vez desde el ingreso de España en la Alianza Atlántica, un Gobierno español ha proyectado la imagen de un aliado que parece querer disfrutar de las garantías de seguridad colectiva mientras se distancia del consenso político que las hace posibles.  

La cuestión no es únicamente el porcentaje del PIB destinado a Defensa. Tampoco se limita a la discusión sobre el objetivo del 5 %. Ese debate es importante, pero es accesorio. Lo verdaderamente relevante es la percepción política que deja España entre sus aliados. 

Y en política internacional, las percepciones generan consecuencias. 

Durante más de cuarenta años, España fue considerada un socio fiable. Gobiernos del PSOE y del Partido Popular discreparon en numerosas cuestiones, pero mantuvieron un principio básico: la política de seguridad y defensa constituía una política de Estado. Ese consenso permitía a los aliados asumir que, al margen de los cambios de gobierno, Madrid seguiría siendo un actor previsible. 

La pregunta que deja Ankara es inquietante: ¿sigue siendo así? 

Pedro Sánchez sostiene que España puede cumplir los objetivos de capacidades sin asumir el compromiso financiero defendido por la mayoría de los aliados. Jurídicamente puede argumentarse. Políticamente resulta mucho más difícil. 

Porque la OTAN no funciona únicamente sobre tratados. Funciona sobre confianza. 

Cuando veintinueve, treinta o treinta y un aliados aceptan aumentar sustancialmente el esfuerzo común y uno intenta negociar un tratamiento diferenciado, el mensaje que reciben los demás no es técnico; es político

Y la política, en las alianzas militares, pesa tanto como los presupuestos. 

Sería un error atribuir toda esta situación exclusivamente a Donald Trump. Es cierto que el presidente estadounidense ha convertido la presión sobre los aliados europeos en uno de los ejes de su política exterior.  

Su estilo es confrontacional, imprevisible y frecuentemente disruptivo. Pero también es cierto que la exigencia de un mayor compromiso europeo con la defensa no comenzó con Trump. Obama ya la reclamó. Biden la mantuvo. Trump simplemente ha decidido plantearla sin matices diplomáticos.  

Sin embargo, el verdadero problema quizá no sea Trump. 

El verdadero problema puede ser Sánchez. 

O, más exactamente, la progresiva transformación de la política exterior española en una extensión de la política de supervivencia parlamentaria. 

Resulta difícil ignorar que el actual Gobierno depende del apoyo de partidos que consideran a la OTAN una estructura heredada de la Guerra Fría, cuestionan el incremento del gasto militar y mantienen una visión profundamente crítica de la relación transatlántica.  

Nadie puede afirmar con certeza que la posición española en Ankara responda exclusivamente a esa dependencia política. Pero resulta igualmente difícil sostener que dicha dependencia no haya influido en la estrategia negociadora del Ejecutivo. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: Europa Press.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: Europa Press.

Y aquí aparece la cuestión de fondo. 

¿Estamos ante una decisión coyuntural de Pedro Sánchez? 

¿O asistimos al nacimiento de una nueva cultura estratégica española? 

Si se trata únicamente de la primera hipótesis, el problema desaparecerá con el cambio de gobierno. España recuperará la continuidad estratégica que ha caracterizado su política exterior desde la Transición. 

Pero si la segunda hipótesis terminara imponiéndose, las consecuencias serían mucho más profundas. 

Porque la credibilidad de un aliado no depende únicamente de su capacidad militar. Depende de la certeza de que su compromiso no variará en función de las necesidades de cada mayoría parlamentaria.  

Las grandes potencias observan precisamente eso. Washington, Londres, Varsovia o los países bálticos no analizan únicamente cuánto invierte España. Analizan si España comparte la misma percepción de amenaza, si está dispuesta a asumir los costes políticos de la disuasión y si continuará siendo un socio plenamente alineado cuando aumente la presión internacional. 

En ese sentido, Ankara ha abierto una duda que probablemente no existía hace unos años. 

Y las dudas estratégicas rara vez benefician a quien las provoca. 

El Gobierno proyecta la imagen de un aliado que parece querer disfrutar de las garantías de seguridad colectiva mientras se distancia del consenso político que las hace posibles

Paradójicamente, España sigue siendo un aliado indispensable. Su posición geográfica controla uno de los accesos al Mediterráneo; las bases de Rota y Morón son esenciales para la proyección militar estadounidense hacia Europa, África y Oriente Medio; su industria de defensa gana peso y las Fuerzas Armadas españolas mantienen una participación relevante en numerosas operaciones aliadas. Nadie cuestiona esos activos. 

Lo que empieza a cuestionarse es otra cosa mucho más difícil de reconstruir: la confianza política. 

Mientras tanto, la propia OTAN atraviesa una transformación histórica. La Alianza ya no gira exclusivamente en torno a la protección estadounidense de Europa. Se dirige hacia un modelo en el que los europeos deberán asumir una responsabilidad mucho mayor sobre su propia seguridad mientras Estados Unidos concentra cada vez más recursos en el Indo-Pacífico.  

Ese reequilibrio constituye probablemente el cambio estratégico más importante desde el final de la Guerra Fría.  

En ese nuevo escenario, quedarse al margen del consenso aliado puede tener un coste superior al que algunos imaginan. 

No porque España vaya a abandonar la OTAN. Esa posibilidad carece hoy de fundamento. 

Sino porque podría empezar a abandonar el núcleo político donde realmente se toman las decisiones. 

La influencia internacional no desaparece de un día para otro. Se erosiona lentamente. Primero dejan de consultarte. Después dejan de contar contigo. Finalmente, descubres que las decisiones ya se toman sin tu participación efectiva. 

Quizá esa sea la verdadera lección de Ankara. 

No sabemos si dentro de unos años se hablará del «problema Sánchez» o simplemente de un episodio pasajero. Lo que sí sabemos es que las alianzas militares sobreviven gracias a una combinación de capacidades, intereses y confianza.  

Las capacidades pueden comprarse. Los intereses pueden negociarse. La confianza, en cambio, tarda décadas en construirse y apenas unos meses en deteriorarse. 

La gran incógnita ya no es si Pedro Sánchez ha ganado una batalla política interna. 

La incógnita es mucho más trascendente: ¿ha empezado España a perder parte de la credibilidad estratégica que tardó más de cuarenta años en construir? 

Deja una respuesta