Nos prometieron otra Euskadi

Somos líderes en absentismo laboral y tenemos una de las tasas de natalidad más bajas de Europa

Hubo un tiempo, que ahora nos parece muy lejano, en que el País Vasco se construyó sobre dos certezas que nadie cuestionaba: el trabajo y la familia. El esfuerzo no era únicamente una virtud; era un ascensor social. Tener hijos no era una decisión estratégica sometida a una hoja de cálculo, sino una prolongación natural del proyecto de vida. Aquellas generaciones levantaron fábricas, cooperativas, empresas familiares y una de las economías más sólidas de España. Ahora el paisaje es otro: somos líderes en absentismo laboral y tenemos una de las tasas de natalidad más bajas de Europa.

Entiendo que estos dos datos responden a estadísticas que aparentemente no tienen nada que ver la una con la otra, pero es evidente que viven en la misma casa. Una habla de bajas laborales; la otra, de cunas vacías. Pero quizá ambas sean dos maneras distintas de describir el mismo estado de ánimo. El cansancio, la falta de ilusión, la desgana, llámenlo como quieran. Y aunque pueda parecer exagerado me atrevo a decir que si durante décadas Euskadi exportó acero, máquinas-herramienta e incluso empresarios, hoy manda fuera a ingenieros, médicos y jóvenes en busca de una oportunidad mejor.

Está claro que el paisaje ha cambiado y también el paisanaje. Bilbao sustituyó buena parte del humo de los altos hornos por el brillo del titanio y es más una ciudad de servicios que otra cosa. San Sebastián vive pendiente del calendario turístico y sus precios se disparan tanto que está a punto de morir de éxito. Vitoria cambia de rostro a una velocidad marcada por una inmigración que hace apenas dos décadas pocos habrían imaginado. Las ciudades evolucionan. La economía también. Pero no siempre en la dirección que prometían los discursos.

Durante años se alimentó una esperanza casi mágica: desaparecido el terrorismo, Euskadi volvería a ser una tierra de paz y desplegaría por fin todo su potencial. Llegarían inversiones, talento, empresas y oportunidades simplemente porque ya no habría miedo a las bombas. En esas estábamos todos. Era una ilusión comprensible. Pero lo cierto es que el final del terror de ETA no ha traído ni la ilusión ni la transformación que todos anhelábamos.

Hay un desánimo instalado entre los jóvenes vascos que descubren que formar una familia exige resolver antes un rompecabezas de vivienda, salarios, conciliación e incertidumbre que desanima al más valiente. No es extraño que los hijos lleguen cada vez más tarde… o no lleguen.

Tampoco sorprende que aumenten las bajas laborales vinculadas a problemas de salud mental, estrés o desgaste físico. No porque la sociedad vasca se haya vuelto menos trabajadora. Esa explicación sería demasiado simple. Probablemente esté más envejecida, más presionada y también más consciente de que el equilibrio entre vida y trabajo vale hoy más que hace treinta años.

Es como si la ambición colectiva que se respiraba hace décadas se estuviera sustituyendo por la administración del bienestar que se ha heredado de generaciones anteriores. A esto ha contribuido también una clase gobernante que unas veces se presenta como un gestor económico de éxito y otras como una víctima más de las circunstancias.

Sería absurdo acusar al nacionalismo que gobierna el País Vasco desde hace décadas de la baja natalidad y del absentismo laboral, porque también crecen en otros sitios. Pero tampoco debería escurrir el bulto a la hora de asumir el clima de frustración que vive la sociedad vasca y que, en buena medida, es el resultado de las políticas mantenidas desde hace cuarenta años. Y es que quizá también nuestros gobernantes se han instalado en la comodidad institucional.

El debate político tampoco ayuda. Se discute sobre identidad y lengua y mucho menos sobre cómo convertir Euskadi en el lugar donde un joven brillante quiera quedarse… o regresar.

La duda es si el nacionalismo en todas sus versiones está por la labor de construir una sociedad próspera o más por el control de sus gobernados. Porque un país no empieza a declinar solo cuando pierde población o cuando aumentan las bajas laborales. Empieza a caer en picado cuando sus ciudadanos sospechan que no merece la pena construir el futuro en su propia tierra.

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