Yo, con Yolanda
Mientras el Gobierno atraviesa una tormenta que haría saltar por los aires a cualquier coalición europea medianamente seria, Yolanda sigue caminando sobre el alambre como quien desfila por una pasarela de moda
Patxi López está convencido de haber encontrado por fin una consigna para frenar las bofetadas que la corrupción propina al “sanchismo” del que forma parte. «Yo, con Begoña», proclamó en el Congreso con el entusiasmo de quien cree estar pronunciando un eslogan definitivo, una frase destinada a los libros de Historia y no una expresión que dio alipori al propio Sánchez. El problema es que se equivocó de personaje. Salvo que se lo haya querido decir a su señora, Begoña Gil, que me da que no. Porque la verdadera heroína de esta legislatura no es Begoña Gómez. La auténtica superviviente, la mujer que merece monumentos, homenajes y quizá hasta una estatua ecuestre en algún ministerio es Yolanda Díaz.
“Yo, con Yolanda”. Esa era la frase clave. Porque hay que reconocer que lo suyo tiene mérito. Mientras el Gobierno atraviesa una tormenta que haría saltar por los aires a cualquier coalición europea medianamente seria, Yolanda sigue caminando sobre el alambre como quien desfila por una pasarela de moda. Y no sobre un alambre cualquiera. Sobre uno oxidado, lleno de nudos y suspendido sobre un barranco de escándalos, investigaciones judiciales, dimisiones, grabaciones comprometedoras y explicaciones cada vez más inverosímiles.
Y ahí sigue. Mientras Pedro Sánchez se ve cada vez más agotado y demacrado, ella aparece siempre como recién desayunada. Posando, declarando, enfadada o sonriendo, según indique el guion. Mostrando una mezcla de preocupación institucional y serenidad zen que debería estudiarse en las facultades de Psicología.
Cada vez que aparece un nuevo problema, Yolanda adopta el mismo ritual. Frunce ligeramente el ceño. Habla de la gravedad de los hechos. Reclama regeneración democrática. Exige medidas contundentes. Solicita explicaciones inmediatas. Convoca una reunión urgente…y después no ocurre nada. Es como una tormenta seca tan propia del verano. Se pone negro el horizonte y truena, pero pasa sin descargar. Porque las medidas nunca llegan. Las explicaciones nunca convencen. Las reuniones no cambian nada.
Pero Yolanda continúa allí, como si hubiera cumplido con una obligación moral y pudiera regresar tranquilamente al alambre. Es un espectáculo fascinante por impostado. El resto de los mortales solemos asociar la indignación con alguna consecuencia. Pero Yolanda ha perfeccionado una versión moderna y sostenible de la protesta. Una indignación ecológica, reciclable y de bajo consumo, propia de la Agenda 2030. Se utiliza unas horas, se exhibe ante las cámaras y luego se guarda cuidadosamente hasta el siguiente escándalo. No rompe. No mancha. No altera la estabilidad del Gobierno. No tiene contraindicaciones. Es indignación de atrezo.

Lo verdaderamente admirable es que Yolanda conoce perfectamente la situación. Sabe que su influencia política es hoy mucho menor de la que tuvo hace unos años. Sabe que Sumar se ha ido convirtiendo en una suma cada vez más pequeña. Sabe que el poder que conserva depende exclusivamente de la continuidad de Pedro Sánchez en la Moncloa. Y también sabe otra cosa. Que jamás volverá a ocupar una vicepresidencia del Gobierno cuando los ciudadanos vuelvan a votar. Por eso resulta tan conmovedora su resistencia.
Otros políticos abandonan el escenario cuando perciben el final de una etapa. Yolanda ha decidido quedarse hasta que apaguen la última luz del teatro. Aunque ya no haya función. Aunque nadie recuerde exactamente cuál era el argumento. Aunque parte del público haya empezado a mirar las salidas de emergencia. Ella permanece en escena. Con una sonrisa impecable. Con una declaración solemne preparada para cada crisis.
Yolanda ha decidido quedarse hasta que apaguen la última luz del teatro
Con una nueva exigencia de regeneración destinada a no regenerar absolutamente nada. Y quizá por eso representa mejor que nadie el espíritu de este Gobierno. Un Ejecutivo construido sobre la extraordinaria capacidad de actuar como si nada ocurriera. La mayoría del Parlamento pide la dimisión de Sánchez y la convocatoria de elecciones, pero lo “progresista”, por lo visto, consiste en asumir esa realidad como si fuera un simple accidente pasajero. Como si cada escándalo fuera apenas una molestia atmosférica. Como si la realidad fuera una opinión discutible.
En ese sentido, Yolanda Díaz se ha convertido en una especie de símbolo nacional. La patrona del equilibrio imposible. La mujer capaz de cruzar una y otra vez el mismo alambre mientras alrededor se cae todo el andamiaje y el público se pregunta cuánto tiempo puede seguir en pie semejante estructura.
Por eso creo que Patxi López se equivocó. La frase correcta no era «Yo, con Begoña». La frase que define realmente esta legislatura debería ser otra: «Yo, con Yolanda». Porque para permanecer ahí arriba hace falta ser como esta señora: tener mucho de una cosa y muy poco de otra. Qué quieren que les diga.