Illa quiere prohibir la IA en clase. El problema está en los deberes
La IA sí está dañando el aprendizaje de muchos alumnos, pero sobre todo cuando la usan solos y nadie mira: en casa, con los deberes
Este mes Salvador Illa anunció que el Govern prohibirá la inteligencia artificial en las escuelas catalanas hasta los 14 años. Prometió hacerlo con «criterios científicos, evidencia científica». Al día siguiente tuvo que explicar en el Parlament un fiasco: Cataluña se ha quedado sin datos de PISA 2025. El Departamento de Educación dejó fuera de la prueba al 23,2% de los alumnos seleccionados, cuando el máximo es un 5%, y la OCDE descartó los resultados. El Govern quiere legislar con evidencia el mismo año en que ha roto su termómetro.
Me parece bien que busque evidencia. El problema es que la que tenemos apunta a otro sitio. La IA sí está dañando el aprendizaje de muchos alumnos, pero sobre todo cuando la usan solos y nadie mira: en casa, con los deberes. Y ahí una prohibición escolar no llega.
El propio informe PISA 2025 de la OCDE da una primera pista. Por primera vez ha preguntado a los alumnos de 15 años cuánto usan la IA, y los españoles la usan más que la media: el 23,9% recurre a ella a diario o casi a diario para estudiar, frente al 19,1% en la OCDE. Los que no la usan para redactar trabajos sacan mejores notas, pero quizá ya eran mejores estudiantes. PISA es una foto: pregunta una vez a alumnos distintos y no los sigue en el tiempo. Además, la lectura cae en la OCDE desde 2015, antes de que existiera ChatGPT.
Para saber si la IA causa el daño hay que seguir a los mismos alumnos antes y después de que empiecen a usarla. Es lo que hace un estudio de David Strömberg, Victor Lei y Yanhui Wu publicado este año por el Centre for Economic Policy Research (CEPR). Durante 30 meses siguieron a 26.811 estudiantes de 12 a 18 años de un condado del centro de China: la nota y el tiempo de cada tarea, los exámenes mensuales sin apuntes y las pruebas de acceso. Como no todos empezaron a usar la IA a la vez, cada alumno puede compararse con compañeros que todavía no la usaban.
El resultado es una tijera. Al empezar con la IA, los alumnos dedican menos tiempo a los deberes (de 64 a 45 minutos) y sacan mejor nota en ellos (un 18% más). Pero en los exámenes sin ayuda pasa lo contrario: en seis meses su nota cae un 20%. En las pruebas de acceso el daño tarda unos dos años en verse, pero llega: un 24% menos en el examen para entrar al bachillerato y un 18% en su equivalente de la selectividad. Y es mayor en los primeros cursos, más o menos las edades que el Govern quiere proteger.
Pensemos en un profesor que corrige deberes. No ve cuánto se ha esforzado el alumno; solo ve el cuaderno. Durante décadas eso bastaba, porque unos deberes bien hechos exigían trabajo. La IA ha roto esa relación: ahora se puede sacar buena nota sin aprender nada. Los autores lo detectan al cruzar tiempo y nota. Cuatro de cada cinco usuarios entregan tareas bien puntuadas en tiempos anormalmente cortos, y en ellos se concentra la pérdida; quienes siguen dedicando a los deberes el mismo rato apenas empeoran. Los chavales hacen lo lógico: la buena nota llega esta semana y la factura, dos años después.
El mejor argumento a favor del veto es que a los 13 años nadie se autorregula: cuando un alumno tiene a un clic un tutor que no da la respuesta y un asistente que sí, acaba en el segundo (Oreopoulos y Low, NBER 2026). Pero el diseño de la herramienta importa mucho. En un instituto turco, un asistente que daba la solución redujo un 17% la nota en los exámenes sin ayuda (Bastani et al., PNAS 2025). En Harvard, un tutor programado para guiar sin resolver mejoró el aprendizaje (Kestin et al., Scientific Reports 2025). Y el dato más alentador de PISA va en la misma línea: entre quienes usan mucho la IA, rinden más los que aprendieron en clase a revisar lo que devuelve la máquina.
Todo eso ocurre en el aula, el único sitio donde un adulto decide qué herramienta se usa y cómo. Si se prohíbe allí, los alumnos seguirán usando la IA: usarán la otra, la del móvil en casa, sin nada que le haga competencia.
Hay dos cosas más útiles que un veto. La primera, tocar la evaluación: si los deberes ya no dicen lo que sabe un alumno, que cuenten menos, y que cuente más lo que se hace en clase. La segunda, medir. Si el Govern quiere evidencia, puede fabricarla: aplicar la norma primero en centros elegidos por sorteo y, al cabo de unos cursos, comparar sus exámenes con los del resto. Cataluña ya ha perdido una edición de PISA por no vigilar su propia muestra. Sería una pena perder también el experimento.