Brasil: el país del futuro que nunca consigue salir del presente
La ventaja de Flávio Bolsonaro sobre Lula revela algo más profundo que un simple giro electoral: un Brasil dividido sobre el papel del Estado, el modelo económico y su posición en el nuevo orden mundial
La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas ha dejado un resultado que va mucho más allá de la ventaja obtenida por Flávio Bolsonaro sobre Lula da Silva. Con el 99,99% de las urnas escrutadas, el candidato del Partido Liberal obtuvo 56,1 millones de votos, equivalentes al 47,03% de los votos válidos, mientras que Lula alcanzó 53,9 millones, el 45,16%. Ninguno consiguió la mayoría absoluta y ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre.
La diferencia es relativamente pequeña, pero el significado político es enorme. Brasil llega a esta segunda vuelta profundamente dividido, no solamente entre izquierda y derecha, sino entre dos concepciones distintas del Estado, de la economía, de la seguridad, de la política exterior y, en última instancia, del propio futuro del país. La primera vuelta ha demostrado que ninguno de los dos grandes bloques ha conseguido imponerse definitivamente y que la sociedad brasileña continúa buscando una respuesta a problemas que llevan décadas sin encontrar una solución estructural.
Un país dividido sobre su propio futuro
El mapa electoral vuelve a mostrar una fractura territorial evidente. El Nordeste continúa siendo el gran bastión del lulismo, mientras que buena parte del Sur, del Sudeste y del Centro-Oeste se inclina hacia la derecha. Sin embargo, sería demasiado fácil reducir esta realidad a la oposición entre un Norte dependiente de las políticas sociales y un Sur dinámico, empresarial y emprendedor. Brasil es mucho más complejo. También existen importantes focos de dinamismo económico en el Nordeste, mientras que las regiones más ricas del país mantienen sectores fuertemente dependientes del Estado.
Lo que realmente divide al país es algo más profundo: la relación que distintas partes de la sociedad mantienen con el Estado y con la economía de mercado. Para millones de brasileños, las políticas sociales representan una garantía indispensable de seguridad y dignidad; para otros muchos, constituyen la expresión de un modelo que redistribuye una parte de la riqueza sin conseguir generar suficiente crecimiento, productividad y oportunidades.
La pregunta decisiva no debería ser, por tanto, si Brasil necesita más Estado o más mercado, sino qué combinación de ambos puede permitir al país crecer de manera sostenida, reducir la pobreza y crear una sociedad menos desigual. Esa es la cuestión que la política brasileña todavía no ha conseguido resolver.
Lula y los límites del estado redistributivo
Sería injusto negar los resultados sociales de los gobiernos de Lula. Los programas de transferencia de renta han desempeñado un papel relevante en la reducción de la pobreza y en la mejora de las condiciones de vida de millones de brasileños. Tampoco sería correcto ignorar la resistencia que ha mostrado la economía brasileña durante los últimos años.
Pero una cosa es reducir la pobreza y otra muy diferente transformar estructuralmente una economía. Brasil necesita mucho más que políticas de transferencia. Necesita productividad, educación, formación profesional, innovación, inversión, infraestructuras y empleos capaces de generar mayor valor añadido. Necesita, en definitiva, producir mucha más riqueza para poder distribuirla mejor.
Aquí aparece una de las grandes interrogantes del tercer mandato de Lula. El crecimiento brasileño no ha sido suficiente para alterar las limitaciones estructurales que frenan al país, mientras que la rigidez del gasto público, el endeudamiento y el elevado coste de la financiación reducen el margen de maniobra del Estado. El debate económico que se abre después de la primera vuelta está, de hecho, profundamente condicionado por la cuestión fiscal. Reuters señala que el programa económico de Flávio Bolsonaro, basado en disciplina fiscal, límites al endeudamiento y reducción de impuestos, ha generado expectativas positivas en los mercados, aunque también advierte de las dificultades para materializar esas promesas en un presupuesto con un peso muy elevado de los gastos obligatorios.
El problema de Brasil no es, por tanto, simplemente cuánto redistribuye el Estado, sino cuánto consigue crecer la economía que sostiene al Estado.
Un país rico que todavía no sabe convertir su riqueza en poder
Pocas economías del mundo poseen una dotación de recursos comparable a la brasileña. El país tiene territorio continental, más de 200 millones de habitantes, una enorme capacidad agrícola, petróleo, gas, minerales estratégicos, agua, biodiversidad, energía hidroeléctrica, solar y eólica, grandes empresas, universidades, centros de investigación y uno de los mayores mercados internos del planeta.
Y, sin embargo, Brasil continúa exportando demasiados recursos y demasiado poco valor añadido.
Esta es probablemente una de las grandes frustraciones de su historia económica. El país produce soja, pero todavía puede capturar mucho más valor en las cadenas agroindustriales y biotecnológicas asociadas. Extrae mineral de hierro, pero no domina todas las tecnologías industriales que podrían multiplicar su valor. Produce petróleo a una escala extraordinaria, pero aún puede desarrollar mucho más su industria petroquímica, energética y tecnológica. Posee minerales críticos y una biodiversidad única, pero todavía no ha convertido plenamente ese patrimonio en conocimiento, innovación y productos de alto valor.
Brasil no necesita simplemente vender al mundo aquello que posee. Necesita vender al mundo aquello que es capaz de hacer con aquello que posee.
Ahí está una de las claves de su futuro.
La inseguridad: el otro gran freno al desarrollo
Existe además una cuestión que ninguna estrategia económica puede ignorar: la inseguridad. El crimen organizado ha dejado de ser exclusivamente un problema policial y se ha convertido en un fenómeno económico, financiero y territorial. Las grandes organizaciones criminales controlan redes de tráfico, movilizan enormes cantidades de dinero y, en determinados territorios, desafían directamente la autoridad del Estado.
La inseguridad tiene también un coste económico. Aumenta los costes de las empresas, dificulta la inversión, afecta al turismo, deteriora la calidad de vida y genera desconfianza en las instituciones. Ninguna gran potencia puede aceptar indefinidamente que determinadas zonas de su territorio estén sometidas a poderes paralelos.
Por eso la cuestión de la seguridad ha adquirido una importancia central en la política brasileña y constituye uno de los elementos que explican la fortaleza electoral de la derecha. Pero tampoco aquí existe una solución exclusivamente represiva. Brasil necesita mejores fuerzas policiales, inteligencia criminal, control de fronteras, lucha contra el blanqueo de capitales, reforma penitenciaria y recuperación de los territorios donde la autoridad estatal se ha debilitado.
La cuestión fundamental es recuperar el monopolio efectivo del Estado sobre el territorio sin convertir la seguridad en una simple batalla política.
Lula y el proyecto del sur global
La política exterior constituye otra de las grandes diferencias entre los dos proyectos.
Lula ha intentado devolver a Brasil un protagonismo internacional acorde con su dimensión. La pretensión es legítima. Brasil no puede ser una potencia de segundo orden en un mundo en transformación y tiene todo el derecho a defender una política exterior autónoma.
Pero autonomía no significa necesariamente equidistancia entre todos los bloques ni, mucho menos, alejamiento del Occidente democrático.
La aproximación a China, el fortalecimiento de los BRICS y la relación política con Rusia e Irán forman parte de la estrategia de Lula para impulsar un orden internacional más multipolar y reforzar el papel del llamado Sur Global. El problema es que Brasil mantiene al mismo tiempo vínculos económicos, tecnológicos, financieros e institucionales extraordinariamente profundos con Estados Unidos y Europa.
La verdadera autonomía brasileña debería consistir precisamente en aprovechar esa posición privilegiada: mantener relaciones estrechas con Washington y Bruselas, desarrollar una relación estratégica con Pekín, profundizar los vínculos con India, ampliar su presencia en África y en el mundo árabe y utilizar los BRICS como instrumento de diversificación, pero sin quedar subordinado a ninguno de estos espacios.
Brasil tiene condiciones para ser una potencia de equilibrio.
No necesita convertirse en el líder político del Sur Global.
Necesita convertirse en una potencia global con intereses propios.
Flávio Bolsonaro: la gran incógnita
El resultado de la primera vuelta ha confirmado también la extraordinaria fuerza del bolsonarismo como fenómeno político. El Partido Liberal obtuvo importantes avances en el Congreso, pasando de 15 a 28 senadores y de 98 a 121 diputados, mientras que el conjunto del bloque de derechas puede disponer de una mayoría operativa en ambas cámaras.
Esto modifica sustancialmente el escenario político brasileño. Una eventual Presidencia de Flávio Bolsonaro tendría, en principio, una base parlamentaria mucho más favorable para aprobar reformas económicas e institucionales.
Pero existe una pregunta fundamental: ¿quién es Flávio Bolsonaro más allá de ser el hijo de Jair Bolsonaro?
Posee experiencia parlamentaria, pero no experiencia ejecutiva comparable a la Presidencia de una potencia continental. Su candidatura se ha beneficiado de la fuerza del bolsonarismo y de la oposición a Lula, pero todavía existe una considerable incertidumbre sobre la profundidad y coherencia de su propio proyecto presidencial.
Esta es probablemente la gran incógnita de la segunda vuelta.
El heredero o el presidente
Flávio Bolsonaro tendrá que decidir si quiere ser simplemente el heredero político de su padre o si pretende construir una nueva etapa de la derecha brasileña.
La diferencia es fundamental. Una continuidad absoluta con Jair Bolsonaro mantendría viva la lógica de confrontación que ha marcado buena parte de la política brasileña en los últimos años. Una derecha más institucional, orientada hacia la disciplina fiscal, la seguridad, la inversión, la competitividad y una política exterior pragmática podría representar una etapa diferente.
No corresponde anticipar cuál de esas opciones prevalecería. Pero el dilema existe y será inevitable después de las elecciones.
También será decisivo el tratamiento de la cuestión institucional. Una eventual mayoría conservadora en el Congreso abre la puerta a importantes reformas, pero también puede reavivar las disputas en torno a la situación judicial de Jair Bolsonaro y a las relaciones entre el Congreso y el Tribunal Supremo. Reuters ha señalado precisamente que la nueva correlación de fuerzas parlamentarias podría tener consecuencias relevantes sobre estas cuestiones.
Brasil necesita alternancia política, pero no necesita una política de revancha.
Brasil necesita un mejor estado
La cuestión no consiste en decidir entre un Estado grande y un Estado pequeño. Brasil necesita un Estado eficaz.
Un Estado capaz de garantizar seguridad, justicia, educación, sanidad, infraestructuras y defensa, pero que no asfixie la iniciativa privada. Un Estado que proteja a los más vulnerables, pero que también cree las condiciones para que cada vez menos personas necesiten esa protección. Un Estado que invierta estratégicamente, pero que mantenga bajo control sus cuentas públicas. Un Estado que regule la economía sin sustituir a la economía.
Brasil necesita empresas competitivas, capital nacional y extranjero, emprendimiento, innovación, industria y agricultura moderna. Necesita también instituciones sólidas, seguridad jurídica y estabilidad macroeconómica.
El verdadero debate brasileño debería ser, por tanto, cómo hacer que el Estado funcione y permitir que el mercado produzca riqueza.
Una América Latina que cambia
La elección brasileña tampoco puede analizarse al margen del cambio político que atraviesa América Latina. En numerosos países, fuerzas de derecha y conservadoras han ganado espacio después de varios ciclos de gobiernos progresistas, en buena medida porque los electores están exigiendo respuestas concretas a problemas concretos.
Quieren empleo, crecimiento, seguridad, inflación controlada, mejores servicios públicos y oportunidades.
No significa que la izquierda haya desaparecido. Brasil demuestra exactamente lo contrario: Lula continúa movilizando casi la mitad del electorado. Lo que está cambiando es la relación entre ideología y resultados. La identidad política ya no parece suficiente para garantizar la fidelidad de los electores.
Brasil forma parte de esta transformación, pero su dimensión hace que sus decisiones tengan consecuencias mucho más allá de sus fronteras. La orientación del gigante sudamericano tendrá efectos sobre Mercosur, sobre la relación con Estados Unidos, sobre la presencia china en América Latina y sobre el equilibrio geopolítico de todo el continente.
El país del futuro
Quizá no exista una expresión que defina mejor la historia brasileña que aquella que presenta al país como «el país del futuro». El problema es que ese futuro parece no llegar nunca.
Brasil tiene casi todo lo necesario para convertirse en una de las grandes potencias del siglo XXI. Es una potencia agrícola, energética, ambiental, demográfica y económica; posee recursos naturales extraordinarios, un enorme mercado interno, empresas globales, capacidad industrial y tecnológica y una posición geopolítica privilegiada.
Pero continúa sin transformar plenamente esas ventajas en poder nacional.
Es una potencia agrícola que todavía exporta demasiadas materias primas; una potencia energética que no ha desarrollado todo su potencial industrial; una potencia de recursos naturales que todavía no domina suficientemente las cadenas tecnológicas asociadas; una potencia demográfica que mantiene graves problemas de educación y productividad; y una potencia diplomática cuya influencia no siempre corresponde a la dimensión de su economía.
La gran tragedia brasileña no es la falta de recursos.
Es la dificultad histórica para organizarlos.
¿Qué Brasil después del 25 de octubre?
La segunda vuelta será inevitablemente presentada como una elección entre Lula y Flávio Bolsonaro, entre izquierda y derecha, entre continuidad y cambio. Pero la verdadera cuestión es mucho más profunda. Brasil tendrá que decidir qué papel quiere atribuir al Estado, qué modelo económico quiere desarrollar, qué relación desea mantener con Occidente y con China, qué estrategia pretende adoptar frente a los BRICS y, sobre todo, cómo piensa transformar sus extraordinarios recursos en riqueza, productividad y poder internacional.
Lula representa la continuidad de una visión basada en un Estado fuerte, políticas redistributivas y una política exterior orientada hacia una mayor autonomía frente a Occidente. Flávio Bolsonaro representa una ruptura con ese modelo, pero tendrá que demostrar que puede convertir la fuerza electoral del bolsonarismo en un proyecto de Estado y no simplemente en la continuación de una confrontación política.
Ninguno de los dos podrá resolver los problemas brasileños únicamente mediante la ideología. El país necesita crecimiento, productividad, educación, innovación, industria, seguridad, estabilidad fiscal e instituciones sólidas. Necesita proteger a los más pobres, pero también crear las condiciones para que la pobreza deje de ser una condición permanente. Necesita mantener relaciones estrechas con China, pero sin transformar la dependencia comercial en dependencia estratégica. Necesita mantener una relación sólida con Estados Unidos y Europa sin renunciar a su autonomía.
Sobre todo, necesita continuidad. Brasil difícilmente podrá transformarse si cada gobierno intenta comenzar nuevamente la historia del país.
La gran cuestión de estas elecciones quizá no sea, por tanto, si Brasil girará hacia la izquierda o hacia la derecha. Es saber si conseguirá finalmente construir una estrategia nacional capaz de superar los ciclos políticos y colocar el desarrollo económico, la seguridad, la modernización institucional y la afirmación internacional en el centro de un proyecto duradero.
Brasil no necesita ser simplemente el líder del Sur Global. Necesita ser líder de sí mismo. No necesita elegir entre Washington y Pekín. Necesita tener suficiente fuerza para negociar con ambos desde sus propios intereses. No necesita abandonar a los pobres para crecer, sino crecer lo suficiente para que la pobreza deje de ser una condición permanente para una parte tan importante de su población.
Brasil tiene territorio, población, recursos, energía, agricultura, industria, biodiversidad, empresas, universidades, talento y una posición geopolítica excepcional. Tiene, en suma, casi todo lo necesario para ser una gran potencia.
Lo que todavía le falta es convertir esa extraordinaria suma de posibilidades en una estrategia coherente y persistente de desarrollo.
Y quizá ese sea el verdadero significado de las elecciones de 2026: no solamente una disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro, sino una nueva oportunidad para que un país gigantesco decida finalmente qué quiere ser.
Brasil sigue siendo el país del futuro.
El problema es que, desde hace décadas, el futuro brasileño parece empezar siempre mañana.