El síndrome de defensa y custodia de la izquierda

No te acerques a la derecha ni a la ultraderecha, no creas ni hagas caso de la prensa y los medios de comunicación de derechas, no te fíes del empresariado y sí del sindicalismo...

Las ideologías, como las religiones, imprimen carácter. Unas creencias que, en buena medida, suelen mantenerse e, incluso, como ocurre con el Guadiana, reaparecen en forma de síndrome, como si de una patología se tratara.

Entre estas reapariciones, a veces sorpresivas, a veces calculadas, que acaban manifestando síntomas preocupantes y reconocibles, cabe destacar el que podríamos denominar síndrome de defensa y custodia, propio de la izquierda redentorista que se empeña en llevar –a la fuerza- al ciudadano al mejor/peor de los mundos. Síndrome de defensa, porque quiere proteger al ciudadano. Síndrome de custodia, porque quiere proteger los intereses del ciudadano. Todo ello, con las herramientas del salvador: la ideología y la historia.

Los redentores son herederos de las denominadas ideologías emancipatorias que a lo largo de los dos últimos siglos han cultivado –siguen cultivando aparentemente con modos y formas democratizadas- el absolutismo y/o el totalitarismo en nombre –dicen- de la libertad del pueblo.

Efectivamente –una vez archivado el anarquismo-, hablamos de unos socialistas y unos comunistas –en este caso, nos referimos a los legatarios republicanos socialistas del calibre de Francisco Largo Caballero y comunistas del carácter de Dolores Ibarruri, la Pasionaria- que se caracterizan por un exclusivismo ideológico que es sinónimo de autocracia. Un exclusivismo teórico y práctico: teórico, en tanto y en cuanto tienen la pretensión de haber alcanzado el conocimiento científico de la realidad; práctico, en tanto y en cuanto tienen la pretensión de conocer y saber qué hacer en cada situación o coyuntura.

¿Qué hay que hacer para proteger –síndrome de defensa- al ciudadano y para proteger –síndrome de custodia- sus intereses?

Unos redentores –conocimiento científico de la realidad y conocimiento práctico del presente, aseguran- que tienen la pretensión de cultivar la ciencia, el futuro de la sociedad y de la humanidad. Un determinismo que se empeña en dictar el programa que ha de conducir al hombre a un mundo libre y feliz. ¿Qué hay que hacer para proteger –síndrome de defensa- al ciudadano y para proteger –síndrome de custodia- sus intereses? En términos generales, controlar y fiscalizar. Política micro que vigila y política macro que supervisa. Ambas, ordenan.

Una política micro que afecta directamente al individuo aconsejándole el recto camino que seguir: no te acerques a la derecha ni a la ultraderecha, no creas ni hagas caso de la prensa y los medios de comunicación de derechas, desconfía de parte del poder judicial que persigue al progresismo, no te fíes del empresariado y sí del sindicalismo, no confieras credibilidad a los economistas que ponen en entredicho los excelentes índices económicos de una España que es un ejemplo para el mundo entero, confía en la política pacifista de la España izquierdista que conduce a la paz y no a la guerra, etc.

Una política macro –el camino que llevará a España inexorablemente al desarrollo, el empleo y el bienestar de los ciudadanos- que tiene el objetivo de proteger al individuo de los desastres de las derechas. Puestos a clasificar, la política española de la izquierda no solo protege al individuo, sino que, de hecho, construye un protectorado social dentro de España. A la manera de los protectorados de la época de la colonización y/o descolonización, la izquierda española diseña una sociedad de súbditos que voluntariamente acepta todo lo que proviene de esa metrópoli benéfica que es la Moncloa.

Una política micro y una política macro que pretenden la defensa y custodia de una ciudadanía imaginaria perdida entre las brumas de unas ideas preconcebidas y víctima de una arrogancia y un voluntarismo perniciosos, por encima de la razón o las leyes objetivas.

El mundo siempre ha estado cargado de buenas intenciones. Pero, ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Y que quien intenta rescatar, redimir o liberar al ciudadano, acaba por condenarle a la esclavitud y al sufrimiento.

Se imponen dos preguntas: ¿por qué los benefactores –reales o interesados- apuestan e invierten en la defensa y la custodia del prójimo? ¿Por qué el ciudadano ha de soportar las dichas buenas intenciones de los donantes vocacionales?

Si es cierto que en la democracia existe el derecho a autocondenarse, también lo es que en la democracia existe también el derecho a liberarse/librarse de la condena. ¡Mueran las caenas!

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