¿Europa sin eje?

Francia y Alemania podrían estar acercándose a una transformación política y económica capaz de cambiar la propia naturaleza de la Unión Europea

Durante más de medio siglo, Europa se ha acostumbrado a una regla no escrita: cuando Francia y Alemania se entendían, la integración europea avanzaba; cuando discrepaban, Europa esperaba. París aportaba ambición política y estratégica; Berlín, el peso económico e industrial. El llamado eje franco-alemán nunca constituyó un directorio formal de Europa, pero durante décadas funcionó como el centro de gravedad de la construcción europea. 

Ese mecanismo podría estar acercándose a su momento más difícil. 

No porque Francia y Alemania hayan dejado de cooperar. En julio de 2026, ambos gobiernos reafirmaron oficialmente que la asociación franco-alemana sigue siendo fundamental para una Europa más soberana, competitiva y resiliente. Meses antes, París y Berlín habían profundizado su cooperación en materia de disuasión y seguridad. Y, ya en octubre, Emmanuel Macron y Friedrich Merz volvieron a presentar posiciones conjuntas, esta vez defendiendo instrumentos europeos más sólidos frente a amenazas comerciales externas. 

El problema es otro: Francia y Alemania podrían estar cambiando por dentro más deprisa de lo que el eje franco-alemán es capaz de adaptarse. 

En Francia, las presidenciales de 2027 se acercan en un contexto político muy distinto de aquel en el que Emmanuel Macron llegó al Elíseo. Las encuestas de octubre sitúan a Marine Le Pen claramente por delante en la primera vuelta, aunque una encuesta es una fotografía electoral, no una predicción del resultado final. Si Marine Le Pen se enfrentara al líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, en una segunda vuelta, el artículo considera que vencería de forma indiscutible. 

En Alemania, la transformación podría ser aún más profunda, aunque las elecciones federales ordinarias solo se esperan para 2029. El 20 de octubre de 2026, una media de encuestas situaba a AfD en el 28,1 %, frente al 19,8 % de CDU/CSU. Otra media, actualizada el día anterior, otorgaba a AfD el 28,2 % y a CDU/CSU el 19,4 %. 

Por tanto, no es riguroso afirmar que la llegada al poder de Reagrupamiento Nacional (RN) y AfD sea inevitable. Sí es perfectamente legítimo contemplar un escenario que hace pocos años habría parecido improbable: las dos grandes potencias de la Unión Europea podrían tener que gobernar —o aprender a gobernar— con fuerzas nacionalistas como protagonistas centrales de sus respectivos sistemas políticos. 

Pero existe una segunda revolución silenciosa, quizá aún más importante. Francia y Alemania no afrontan únicamente crisis políticas; afrontan también crisis de sus propios modelos económicos. 

Francia: el Estado tendrá que aprender a gastar menos. Mucho menos. 

El problema francés es especialmente difícil porque es, al mismo tiempo, económico, financiero y cultural. 

Francia registró en 2025 un déficit presupuestario del 5,1 % del PIB y una deuda pública del 115,6 % del PIB. El país se enfrenta, por tanto, a una necesidad de consolidación fiscal que difícilmente podrá seguir aplazándose. 

La palabra «austeridad» sigue siendo políticamente tóxica en Francia. Sin embargo, cualquier futuro presidente, ya sea de centro, de izquierda o de RN, tendrá que enfrentarse a la aritmética de las finanzas públicas. 

Aquí podría aparecer la primera prueba de responsabilidad para Marine Le Pen. 

Gobernar significa descubrir que muchas de las promesas formuladas en la oposición son incompatibles entre sí. Reducir impuestos, proteger las pensiones, mantener un Estado del bienestar generoso, aumentar el gasto en defensa y, al mismo tiempo, estabilizar la deuda constituye una ecuación extraordinariamente difícil. Algunos analistas consideran que la consolidación fiscal francesa tendrá una dimensión histórica y señalan que la disciplina impuesta por los mercados podría obligar a un eventual Gobierno de RN a moderar sus posiciones. 

Una victoria electoral de RN no eliminaría, por tanto, la necesidad de reformar Francia. Incluso podría hacerla más evidente. 

Alemania: reconstruir la máquina industrial 

El problema alemán es diferente. 

Durante décadas, el extraordinario éxito industrial alemán se apoyó en una combinación difícil de repetir: energía relativamente competitiva, una industria intensiva en capital, una extraordinaria capacidad exportadora y un acceso privilegiado a los grandes mercados mundiales. 

Ese modelo está sometido a presión. 

La cuestión energética se ha vuelto especialmente sensible. Las tres últimas centrales nucleares alemanas —Isar 2, Emsland y Neckarwestheim 2— se cerraron en abril de 2023. En enero de 2026, Friedrich Merz calificó la salida alemana de la energía nuclear de «grave error estratégico», al tiempo que reconocía la insuficiencia de la capacidad de generación y el elevado coste de la política energética. 

Conviene, no obstante, distinguir dos ideas. Reabrir las antiguas centrales no es todavía una política decidida ni una solución técnicamente garantizada. La CDU defendió que se estudiara la posibilidad de reactivar los reactores cerrados más recientemente y apoya nuevas tecnologías nucleares, pero no ha presentado un plan concreto para reabrirlos. 

La cuestión estratégica es más amplia: Alemania tendrá que volver a garantizar una energía abundante, segura y competitiva a escala internacional si quiere preservar una gran base industrial. Eso podría significar reconsiderar la energía nuclear, acelerar el desarrollo de redes y almacenamiento, revisar los costes regulatorios y energéticos y aceptar que la transición climática solo será sostenible si también resulta competitiva para la industria. 

En otras palabras, mientras Francia tiene que reformar sobre todo el Estado, Alemania debe reformar su modelo productivo. 

Una tendrá que aprender a gastar menos. La otra tendrá que aprender de nuevo a producir de forma competitiva. 

Y ambas tendrán que hacerlo en un entorno político mucho más radicalizado. 

El precedente de Meloni 

Aquí surge la gran incógnita política: ¿podrían RN y AfD experimentar una transformación semejante a la que el ejercicio del poder provocó en Giorgia Meloni? 

La experiencia italiana demuestra que esa hipótesis no debe descartarse. Cuando llegó al poder, Meloni despertó una gran preocupación en Bruselas. En el Gobierno moderó su discurso, adoptó una mayor disciplina presupuestaria y mantuvo una línea internacional claramente integrada en las alianzas occidentales. 

Sobre todo, no abandonó a Ucrania. 

En octubre de 2026, Meloni volvió a defender públicamente la continuidad del apoyo, argumentando que la capitulación ucraniana no significaría paz, sino conquista. 

El poder puede institucionalizar a fuerzas políticas que crecieron cuestionando las instituciones. 

Pero no hay ninguna garantía de que el modelo italiano pueda reproducirse en Alemania o Francia. Existen, además, diferencias relevantes entre las derechas nacionalistas europeas. Los estudios sobre las votaciones en el Parlamento Europeo muestran que la derecha radical está dividida precisamente en su relación con Rusia. 

Ucrania puede ser la prueba decisiva 

Un eventual ascenso simultáneo de AfD y RN plantea, por ello, una cuestión aún más grave: ¿qué ocurriría con Ucrania? 

AfD sigue defendiendo una reducción de la ayuda financiera y militar y un acercamiento a Moscú. RN también arrastra una historia de proximidad política a Rusia, aunque existen señales de un endurecimiento reciente de su discurso sobre Moscú. 

Si Francia y Alemania redujeran simultáneamente su compromiso con Kyiv, el impacto político sería de otra magnitud. Eso no supondría necesariamente el abandono europeo de Ucrania. Polonia, los países bálticos, los nórdicos y otros Estados probablemente seguirían considerando a Rusia una amenaza estratégica directa. Pero desaparecería una parte esencial de la capacidad de convertir esa voluntad en una política verdaderamente continental. 

Paradójicamente, aquí también podría funcionar el efecto Meloni. 

Llegar al Elíseo o a la Cancillería significa recibir información de los servicios de seguridad, participar en la OTAN, negociar directamente con Washington, tratar a diario con Varsovia y los Estados bálticos y asumir responsabilidades por la seguridad europea. La razón de Estado puede modificar posiciones que la razón electoral hizo rentables. 

Esa transformación es posible. No es segura. 

¿Un nuevo eje franco-alemán? 

Existe otra hipótesis, aún más inquietante. 

¿Y si el eje franco-alemán no desapareciera? 

¿Y si simplemente cambiara de naturaleza? 

Una Francia gobernada por RN y una Alemania en la que AfD participara en el poder podrían encontrar un terreno común en cuestiones en las que hoy se presentan como fuerzas contestatarias: inmigración, control de fronteras, soberanía nacional, revisión de las políticas climáticas, energía, reducción de la regulación europea, resistencia a nuevas transferencias de soberanía y una Europa mucho más intergubernamental. 

En ese escenario, París-Berlín seguiría existiendo, pero ya no como motor de la integración. 

Podría convertirse en el motor de la transformación de la integración. 

En lugar de preguntar «¿cómo avanzamos hacia más Europa?», el nuevo eje preguntaría «¿qué competencias deben volver a los Estados?». 

En lugar de federalización, soberanía. 

En lugar de una Unión cada vez más normativa, una Unión más centrada en las fronteras, la seguridad, la defensa, la industria, la energía y el comercio. 

En lugar de la Europa construida esencialmente por democristianos, socialdemócratas y liberales desde la posguerra, podríamos asistir a la emergencia de una Europa de las naciones que seguiría funcionando dentro de las mismas instituciones. 

Sería una transformación mucho más profunda que un simple conflicto entre izquierda y derecha. 

Europa debe dejar de depender de dos países 

Precisamente por eso, la Unión Europea dispone de poco tiempo para prepararse para un mundo en el que el eje franco-alemán deje de ser suficiente. 

Polonia, Italia, España, los países nórdicos y los Estados bálticos tendrán que asumir mayores responsabilidades políticas. La Comisión deberá concentrarse en los ámbitos en los que la escala europea aporta poder real: defensa, mercado único, tecnología, energía, política comercial, fronteras y competitividad. 

Y Bruselas también tendrá que cambiar. 

El ascenso de RN y AfD no puede explicarse únicamente como una anomalía populista. Hay electores que reaccionan a la inmigración, la pérdida de competitividad, la inseguridad económica, la burocratización, los costes energéticos y la percepción de una pérdida de control democrático. Ignorar esas causas solo fortalecerá a los partidos que se alimentan de ellas. 

La respuesta no puede consistir en intentar preservar indefinidamente la Europa anterior. 

Tiene que consistir en construir otra. 

Francia tendrá que reformar sus finanzas públicas. Alemania tendrá que reconstruir un modelo industrial competitivo. Europa tendrá que reforzar la defensa y la seguridad, simplificar la regulación, recuperar competitividad, garantizar una energía a precios compatibles con la industria y encontrar un equilibrio políticamente sostenible entre integración europea y soberanía nacional. 

Quizá, entonces, la verdadera cuestión no sea si Europa sobrevivirá al eventual debilitamiento del eje franco-alemán. 

La pregunta es más interesante: 

¿y si Francia y Alemania siguen liderando Europa, pero empiezan a conducirla en una dirección diferente? 

Esa es quizá la posibilidad para la que Bruselas está menos preparada. 

Porque la mayor transformación europea de los próximos años podría no ser la desaparición del eje París-Berlín. 

Podría ser su metamorfosis. 

Y, en ese caso, no estaríamos simplemente ante una Europa sin eje, sino ante una batalla mucho más decisiva: la definición del eje de una nueva Europa. 

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