Francia, convergencia de odios
Lo más llamativo es la amnesia de la izquierda. Hoy se solidariza con los que protestan como si no tuviera ninguna responsabilidad. Como si no fuera la misma que no resolvió ninguno de sus problemas cuando gobernó
Algunos medios franceses vienen usando una expresión tremendamente acertada, en mi opinión, para señalar las causas de la explosión de violencia que se vive en las calles de algunas de sus ciudades: “convergence des haines”. Convergencia de odios. El fin de semana pasado fueron saqueados más de 3.000 comercios en Francia, del Monoprix de barrio a Louis Vuitton y Hermès. El lunes, el Gobierno tuvo que sentar a Vinted, Amazon, eBay y Leboncoin para pedirles que retiraran de sus escaparates digitales lo que otros se habían llevado de los escaparates de verdad. La revolución está en la paquetería.
Está claro que lo de Francia no es una protesta por algo en concreto. Es una suma de malestares, una convergencia de odios que van de la mano pero que habría que distinguir para entender qué le ocurre a la sociedad francesa, porque seguro que no es muy distinto de lo que le pasa a la española.
Primero, los jóvenes. Estudiantes de instituto que llevan semanas en la calle por aulas que se caen, profesores que no llegan y una desigualdad que se nota según el barrio de residencia. Una generación a la que prometieron que estudiar era el ascensor social y que descubre que el ascensor lleva años averiado. Contratos basura, prácticas eternas, sueldos de becario a los treinta.
Segundo, los que no pueden pagarse un techo. Los que quieren emanciparse pero siguen en la habitación de su infancia porque un alquiler en París, Lyon o Burdeos se come un ojo de la cara y la yema del otro.
Tercero, los que trabajan y no llegan. El enfermero, la cajera, el repartidor. Gente que madruga, cumple y el día 20 ya está haciendo cuentas. Los chalecos amarillos nunca se fueron: solo se quitaron el chaleco.
Cuarto, una parte de la inmigración que no ha encontrado su sitio. Hijos y nietos de quienes llegaron buscando una vida mejor, magrebíes de origen crecidos en los suburbios, que han acabado culpando a la República, a su laicidad, a su historia y a sus valores, de una marginalidad que, todo hay que decirlo, tampoco Francia ha sabido resolver. Es el odio más difícil de nombrar en voz alta porque es el fracaso de la política migratoria de Europa. Y por eso es el odio que más crece en silencio.
Y quinto, el que los resume a todos: el de quien cree que tener un motivo para protestar le da derecho a quemar, romper y llevarse lo que pille. Casi 2.400 detenidos, cerca de mil policías heridos y toque de queda parcial. Por separado, los odios son problemas. Juntos, son un incendio. Y en mitad del
incendio apareció Jean-Luc Mélenchon, el líder izquierdista de La Francia Insumisa, con el bidón en una mano y el micrófono en la otra. En su mitin de Clermont-Ferrand elogió la “madurez política y sindical” de los estudiantes, los subió al escenario y propuso bajar la edad de voto a los dieciséis. Jura que su partido no organiza nada y que quiere protestas pacíficas. ¿Les suena?
El primer ministro, Sébastien Lecornu, atribuye en cambio los peores disturbios a la extrema izquierda. Mélenchon no enciende el fuego. Solo se calienta las manos. Mientras tanto, Marine Le Pen encabeza las encuestas para 2027, porque cuando arde la calle, el que solo pide orden ya sabe a quién votar.
Lo más llamativo es la amnesia de la izquierda. Hoy se solidariza con los que protestan como si no tuviera ninguna responsabilidad. Como si no fuera la misma que no resolvió ninguno de sus problemas cuando gobernó. Como si la precariedad, la falta de vivienda o los guetos fueran obra de otros.
Y aquí los paralelismos son inevitables. En España la izquierda lleva ocho años en el Gobierno: vivienda imposible, sueldos que no llegan, jóvenes que se emancipan pasados los treinta. Las mismas causas que incendian Francia. Y, sin embargo, el PSOE se presenta en campaña como el partido del amor. El sábado, Sánchez le gritaba “te quiero” a Begoña desde un escenario de Fuenlabrada. El lunes, Ayuso tenía que esperar dentro del Palacio de Santoña de la capital de España a que la Policía despejara un escrache que Más Madrid celebró en redes: “Arriba, la decencia. Abajo, la vergüenza”. El amor, para el mitin. La bronca, para el adversario.
Ojalá me equivoque, pero la tentación está ahí: agitar la protesta con una huelga general días antes del 29-N y señalar a una ultraderecha violenta que ni está ni se la espera. En Francia ya hemos visto quién quema y quién se calienta. En España aún estamos a tiempo de que la convergencia de odios no encuentre quien la convoque.