La superioridad amoral a la hora de votar
No es solo creerse mejor. Se trata de que da igual lo que hagas, porque la alternativa es “la ultraderecha”, y eso siempre será peor
Hubo un tiempo en que la izquierda presumía de superioridad moral. Era su denominación de origen, su sello de calidad, la etiqueta que lucía en la solapa mientras repartía carnés de “progresista” entre los suyos y llamaba fachas a los demás. Pero eso ya no se lleva. Lo que se estila ahora es la superioridad amoral, que consiste en actuar bajo la firme convicción de que lo que en el adversario sería un escándalo, en los propios es contexto. Y si no hay contexto, se fabrica.
Primera amoralidad. Un informe de la UCO, fechado el 6 de octubre, recoge testimonios según los cuales desde las cloacas del PSOE se contactó con un clan vinculado al narcotráfico para “eliminar” a la jueza Beatriz Biedma, la que sentó en el banquillo al hermano del presidente, condenado después. Según esos testimonios, alguien siguió y vigiló a la jueza, le hizo fotos en el gimnasio y anotó sus rutinas. Entre las notas aparece una frase que no necesita traducción: “destruir el procedimiento del hermano”. Y en el entorno asoman, cómo no, Santos Cerdán y la fontanera Leire Díez, esa señora que nunca existió para Ferraz hasta que existió demasiado.
Todo presunto, todo pendiente de juez, faltaría más. Pero cualquiera esperaría que algo así abriera los telediarios durante una semana. Pues no. En los medios sincronizados el asunto pasa de puntillas, entre el triste y lamentable fallecimiento de Maricarmen, el tiempo y los deportes, leído deprisa para que no se entienda. No es que se oculte. Es que se archiva antes de abrirse. Las cloacas se esconden debajo de la alfombra.
Segunda amoralidad. Maricarmen Abascal, 87 años, desahuciada del piso del Retiro en el que vivía desde 1956. Desde una cama del Gregorio Marañón le pidió ayuda a Sánchez en un vídeo: un decreto que impidiera los desahucios sin alternativa. Cuando en TVE le preguntaron a quién hacía responsable, el primer nombre que salió de su boca fue el del presidente. La respuesta llegó desde Nueva York, con traje de gala: altura de miras y responsabilidad a los grupos parlamentarios. Traducción simultánea: la culpa es del PP. Como en la riada de Valencia, los incendios, Adamuz y la invasión de Ceuta.
Tercera amoralidad. El Gobierno, incapaz de sacar adelante su propio decreto de vivienda, paralizado desde julio por la falta de apoyo de sus propios socios, descubrió de golpe algo que sí sabe hacer: movilizar la calle. Los sindicatos, que no convocaban una huelga general desde 2012 y que han visto dispararse el precio de la vivienda durante ocho años de sanchismo sin despeinarse, la convocan ahora, a pocas semanas del 29-N. Huelga por encargo. A la carta. Con el dedo apuntando a la oposición.
Ocho años gobernando y el problema es de quien no gobierna. La izquierda está tan empeñada en hacer de oposición a la oposición que va a acabar en ella antes de tiempo.
Luego está la larga lista de casos de corrupción. Lo juzgado y condenado: el hermano del presidente, inhabilitado en julio por prevaricación; el fiscal general; Ábalos y Koldo, con 24 y 19 años de cárcel. Y lo que queda por juzgar, que es mucho: Begoña Gómez y, como guinda que ni el guionista más audaz se habría atrevido a escribir, las joyas de origen por aclarar, valoradas en más de 1,3 millones de euros, halladas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero, investigado desde junio por delito fiscal y contrabando. Presunto, sí. Pero el hombre de la Alianza de Civilizaciones resulta que también tenía una alianza con muchos quilates.
Y aquí llega el votante de izquierda, especialmente el del PSOE, que el 29-N tendrá que elegir entre dos amoralidades. La primera, votar con la nariz tapada: sabe lo que hay, le repugna, y aun así mete la papeleta. Uno es de izquierdas por encima de todo. La segunda es la del que vota a pleno pulmón, convencido de que el PSOE y su “Frankenstein”, hagan lo que hagan, siempre serán mejores para sus intereses que poner fin a la legislatura más perniciosa de la democracia española. La primera amoralidad es consciente. La segunda ni siquiera necesita serlo, y en eso consiste la superioridad amoral. No es solo creerse mejor. Se trata de que da igual lo que hagas, porque la alternativa es “la ultraderecha”, y eso siempre será peor.