Marruecos someterá a Ceuta y Melilla a una amenaza permanente
El rey hace con su presencia lo que el Gobierno no se atreve a hacer con sus palabras, decir que Ceuta es España sin pedir permiso a nadie
Los Reyes duermen en Ceuta. Dicho así parece una línea de agenda, de las que caben en el pie de foto de un telediario. No lo es. Juan Carlos I estuvo en la ciudad en noviembre de 2007, saludó, inauguró y se volvió a Madrid antes de que se pusiera el sol. Felipe VI ha tardado doce años de reinado en pisarla como rey. Y nos dieron las doce, que diría Joaquín Sabina. Doce años.
Parece, sin embargo, que no ha sido por falta de ganas. En una monarquía parlamentaria el rey no viaja donde quiere, sino donde el Gobierno le deja, y el Gobierno siempre tenía un motivo: el momento delicado, la hoja de ruta, la relación estratégica con el vecino del sur. Con Marruecos el momento siempre es delicado. Lo era en 2007, cuando Mohamed VI calificó la visita de Juan Carlos de “acto nostálgico de una era oscura”, y eso que entonces los dos reyes se llamaban hermanos. Lo es ahora, cuando Rabat no necesita levantar la voz porque ya se encarga la Moncloa de bajarla.
Por si acaso, el rey de Marruecos habló el sábado ante su Parlamento. Su soberanía, dijo, no puede estar sometida a “ninguna presión o amenaza, ni a ningún chantaje”. Lo dice el país que la noche del 30 de julio, en plena Fiesta del Trono, vio salir hacia el espigón del Tarajal a decenas de miles de personas sin que nadie se enterara. Tiene su gracia que la palabra chantaje la pronuncie precisamente el monarca alauita. Marruecos ha decidido someter a Ceuta a una amenaza permanente y, desgraciadamente, el rey Felipe VI no va a poder evitarlo con su visita. La suavizará durante un tiempo. Veremos cuánto.

Y entonces llegó el lunes. En la recepción del 12 de octubre, entre canapé y canapé, Pedro Sánchez admitió en los famosos corrillos con la prensa que buques militares marroquíes entraron en aguas de Ceuta mientras se producía la entrada masiva del 30 de julio. Una fragata y varias patrulleras, según han publicado algunos medios, con maniobras que estuvieron a punto de acabar en choque con un barco español. España tuvo que mandar el patrullero Rayo y dos fragatas. Setenta y cuatro días después, el presidente lo reconoce con una frase para enmarcar: “Entre dos países vecinos, esos hechos puntuales existen”.
Puntuales. La única puntualidad de este Gobierno tiene que ver con la forma en que da esquinazo a la verdad. Porque sabemos que el 29 de julio el CNI avisó a los servicios secretos marroquíes de que en las redes se estaban convocando asaltos a Ceuta para el día siguiente. Hay constancia de que el 30 la Policía marroquí miró hacia otro lado. Y un informe de la Policía Nacional, remitido a la Audiencia Nacional, identificó a 32 agentes marroquíes: los uniformados orientaban el paso hacia el espigón y los de paisano daban instrucciones a la multitud y a los propios uniformados. Entraron más de 70.000 personas y, mientras tanto, la Marina Real marroquí patrullaba aguas españolas.
Llámenlo como quieran. Pero las crisis humanitarias no vienen con escolta naval. Lo de julio no fue una desgracia que pilló a Rabat desprevenido. Fue una operación que Rabat conocía, que Rabat dejó correr y que, por lo que ahora sabemos, Rabat vigilaba desde el mar. Y en cualquier momento repetirán la jugada.

Sánchez sigue sosteniendo que Marruecos no tuvo un papel activo. Presume de “buena relación” y de una colaboración “fluida” entre las dos armadas. Por eso la visita pesa tanto. Los monarcas han recibido la llave de oro de la ciudad de manos de Juan Jesús Vivas y por la tarde tenían previsto rendir homenaje en el cementerio de Sidi Embarek a las cerca de 140 personas que murieron intentando llegar a nado, víctimas de una operación que alguien organizó y que nadie en Madrid se atreve a nombrar. En este viaje les acompaña el ministro Torres, porque alguien del Gobierno tenía que ir. El presidente no. Para Sánchez, Ceuta es otro de esos sitios donde la foto puede salir con barro.
El simbolismo es evidente: el rey hace con su presencia lo que el Gobierno no se atreve a hacer con sus palabras, decir que Ceuta es España sin pedir permiso a nadie. Es justo la imagen que Rabat lleva diecinueve años intentando evitar, y la que Moncloa ha tardado doce en autorizar. Pero no hay que relajarse ni dar esta crisis por zanjada. Nuestro vecino del sur ha tomado nota. Ya ha testado la respuesta de España a la invasión de sus barcos y su gente. No sé cómo se dice en árabe, pero creo que en catalán es algo así como “ho tornarem a fer”.