El fallo humano fue crear Frankenstein

La mayor tragedia que vive España en su historia democrática es estar en manos de un Gobierno Frankenstein que, como era de esperar, nos ha llevado al desastre

La mayor tragedia que vive España en su historia democrática es estar en manos de un Gobierno Frankenstein que, como era de esperar, nos ha llevado al desastre. Un conglomerado de partidos unidos, básicamente, por el interés particular y el objetivo de acabar con España tal y como la conocemos, o la hemos conocido. Tenemos un monstruo a los mandos del país. Un engendro político que se hace llamar progresista y que no es otra cosa que una suma de obsesiones por seguir en el poder les cueste lo que les cueste a los españoles.

Este Gobierno lleva tres ejercicios sin aprobar unos Presupuestos Generales del Estado. Tres. El motivo no es técnico ni económico. El motivo es que los socios de Sánchez —Junts, Bildu, PNV, la constelación de partidos regionales cuyo único programa es el programa de sus propias siglas— no votan presupuestos que refuercen la marca España. Prefieren el dinero por otras vías, sin pasar por el Congreso, sin que nadie pueda votar en contra. El resultado es un país que no puede planificar la inversión en infraestructuras porque su Gobierno no puede planificar nada que tenga horizonte más allá de la siguiente votación de investidura.

España gasta en mantenimiento de la alta velocidad el 16% de su presupuesto de infraestructuras. Francia destina el 34%. El doble. No es un matiz, es un abismo. Los pasajeros de alta velocidad en España se triplicaron entre 2021 y 2024, de 13,5 millones a 40 millones. La inversión en ese mismo período solo se duplicó. Y el gasto en mantenimiento, lejos de crecer al mismo ritmo, bajó ligeramente: de 723 millones en 2019 a 683 millones en 2024. Más trenes, más velocidad, más pasajeros. Menos dinero para mantener las vías.

Porque hay tragedias que son accidentes. Pero hay tragedias que son la consecuencia lógica de decisiones tomadas mucho antes, muy lejos del lugar del desastre. Lo ocurrido en Urda no es mala suerte. Es el resultado predecible de poner a Frankenstein conduciendo la locomotora de España y a un tipo como Óscar Puente echando paladas de carbón en la caldera. La pregunta es sencilla: ¿cómo hemos llegado aquí? La respuesta tiene dos partes. Una es técnica. La otra es política. Y la segunda explica la primera. Por eso no es ninguna exageración decir que todas las formaciones que mantienen vivo este desdichado Frankenstein político son también responsables de las tragedias ferroviarias y sociales que vive nuestro país.

Puente
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente

Porque España no ha descarrilado solo en las vías del tramo que une Madrid y Andalucía. Descarriló en la riada de Valencia, en los incendios del verano, en la invasión de Ceuta… En todos aquellos lugares donde el Gobierno ha estado ausente porque ese ha sido y es el deseo de unos socios que trabajan incansablemente para acabar con la “marca España”, el sello de calidad de un modelo de país que choca con sus intereses.

Puente lleva meses siendo la cara visible de un ministerio que gestiona la peor racha ferroviaria de la democracia española. Lleva también meses dedicando sus energías a insultar en redes sociales a quien le critica y a defender lo indefendible con la convicción del que sabe que su supervivencia no depende de los resultados sino de los votos de sus socios. Eso es Frankenstein. No el maquinista. No el controlador al que la Guardia Civil ha interrogado. El Frankenstein de verdad es el que montó y cosió elmonstruo: el Gobierno de coalición más heterogéneo, más inestable y más improductivo que ha conocido este país, cuyo único objetivo es seguir siendo Gobierno.

Lo dijo el propio presidente en su famoso libro de resiliencia: “Resistir es vencer.” Resistir, sí. A los presupuestos, a la rendición de cuentas, a la dimisión, a cualquier cosa que huela a responsabilidad. Mientras, España viaja sentada en un vagón de AVE con el sistema de seguridad en fallo y Frankenstein a los mandos. Nada puede fallar, y si falla, se le echa la culpa al operario que estaba al teléfono.

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