El declive en las pruebas PISA y algunas incógnitas

España ha firmado su peor resultado en las nueve ediciones de las pruebas PISA, el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE. Desde 2015 ha perdido 45 puntos en lectura, lo que equivale a cerca de dos cursos escolares perdidos. La media de la OCDE también toca mínimos aunque retrocede a la mitad de velocidad. Lo más difícil de explicar no es la magnitud, sino el reparto: entre 2022 y 2025, el cuartil socioeconómico de mayores ingresos pierde 33 puntos en lectura y el menos favorecido, 15.

La primera explicación que aparece cuando salen estos datos es el cambio en la composición del alumnado. En ese mismo trienio, los jóvenes de quince años de origen migrante pasaron del 15% al 20,3% y la distancia bruta con los nativos en lectura ronda los 35 puntos en España. Una descomposición elemental atribuye a ese cambio unos dos de los veintitrés puntos perdidos, es decir, la inmigración puede explicar sólo alrededor del 8% del cambio.

Exploremos dos explicaciones adicionales. Una sostiene que lo que ha empeorado es la capacidad de atención. El retroceso se concentra en lectura —23 puntos, frente a 16 en matemáticas y 7 en ciencias—, y es mayor en las tareas con textos largos. En el promedio de la OCDE, la proporción de alumnos que responde demasiado deprisa y falla en la prueba de fluidez ha subido del 6,6% de 2018 al 11,4%.

Informe PISA
Varios niños de camino a la escuela. Europa Press

Datos preliminares apuntan que los estudiantes que usan la inteligencia artificial a diario para resumir o redactar obtienen unos 30 puntos menos en ciencias. Pero la asociación también admite causalidad inversa: puede ser que el alumno que ya iba peor sea quien más delega.

La segunda hipótesis apunta a la escuela y a las nuevas teorías pedagógicas: al giro competencial que ha reorganizado currículos y métodos en media Europa, con menos instrucción explícita y menos contenido secuenciado. Inglaterra y Escocia comparten los efectos de la pandemia, los móviles, la desigualdad de renta y el calendario escolar, pero llevan quince años con políticas curriculares divergentes. Los datos de 2025 las separan. Inglaterra aguanta desde 2022 —la lectura gana un punto y las ciencias llegan a 516, su mejor marca desde 2012—, aunque siga por debajo de 2018 en matemáticas; Escocia prolonga el descenso en lectura y matemáticas.

Inglaterra ha impuesto la fónica sintética, financia sólo programas validados y tiene un modelo centrado en el conocimiento, mientras que Escocia ha evolucionado hacia un mayor énfasis en las «experiencias», promueve el “aprendizaje interdisciplinar”, desplaza al profesor hacia el rol de “facilitador” y reduce deliberadamente la evaluación externa.

Y para dar de comer aparte está el caso catalán, excluido este año de la muestra. Cataluña eximió de la prueba a 591 de los 2.545 alumnos seleccionados, alegando discapacidades físicas, dificultades cognitivas, conductuales o emocionales y un dominio insuficiente de la lengua de la prueba. Esto supone un 23,2%, más de cuatro veces por encima del umbral del 5% que establece la OCDE como referencia para garantizar la representatividad de los datos. El Govern ha cesado a la secretaria general de Educación y ha abierto tres expedientes disciplinarios a raíz de esta crisis.

Informe PISA
Foto: Envato.

PISA plantea hipótesis sobre el impacto de las nuevas tecnologías, la pedagogía new age, la creciente complejidad en las aulas… Lo cierto es que PISA no es un instrumento para establecer relaciones causales.

Para estimar el impacto de un determinado instrumento o programa educativo en el rendimiento escolar, necesitamos diseños específicamente concebidos para ello: experimentos, estrategias cuasiexperimentales o, con frecuencia, datos administrativos y longitudinales que permitan seguir a los mismos alumnos a lo largo del tiempo, cruzados con variables como el índice socioeconómico o los años de residencia. Sólo así podremos mejorar la toma de decisiones de padres, centros educativos y responsables políticos.

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