Presentar Presupuestos, el naufragio controlado de Sánchez
El presidente del Gobierno quiere embarrancar definitivamente la nave con la presentación de unos Presupuestos Generales que resultan imposibles pero que le pueden servir como excusa para convocar elecciones
Existen capitanes que, en situaciones de emergencia, se distinguen por luchar y tratar de salvar el barco por encima de todo. Hay otros que, como Pedro Sánchez, prefieren elegir cuidadosamente el lugar y la forma del naufragio. Y parece que el presidente del Gobierno quiere embarrancar definitivamente la nave con la presentación de unos Presupuestos Generales que resultan imposibles pero que le pueden servir como excusa para convocar elecciones. Cualquier cosa menos aceptar que la corrupción ha acabado con él y pasar a la historia como el jefe de una trama mafiosa.
Sánchez es a la política lo que el cambio climático a la meteorología. Eso de soportar temperaturas “por encima de lo normal para esta época del año” se puede aplicar al actual Gobierno de España: este presidente aguanta un nivel de corrupción “por encima de lo normal” para esta época de la historia en cualquier democracia convencional. Pero quizá el problema es que España ya no es una democracia convencional. Se parece demasiado a una serie de televisión, a un culebrón de escándalos encadenados que lleva demasiadas temporadas en antena.
Por eso conviene observar con atención el posible movimiento que se dibuja en el horizonte. Sánchez podría haber encontrado la coartada perfecta para convocar elecciones en 2027 sin reconocer jamás que lo hace por la corrupción que asedia a su Gobierno. La fórmula es sencilla: presentar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado sabiendo de antemano que son prácticamente imposibles de aprobar. Unos presupuestos concebidos no para gobernar, sino para perder. No para navegar, sino para hundirse.
Y hacerlo además en el momento oportuno, de forma que las elecciones generales se adelanten mínimamente y no coincidan con los comicios municipales y autonómicos. Una perspectiva que tranquiliza a no pocos alcaldes, concejales, diputados regionales y dirigentes territoriales socialistas que contemplan con creciente inquietud la posibilidad de quedar aplastados bajo el peso electoral de un presidente convertido en un problema para su propia marca. Ya que el naufragio es inevitable, se trata de evitar un motín previo que tenga mayores consecuencias a largo plazo dentro del partido.

Porque una cosa es defender a Sánchez en una entrevista de radio y otra muy distinta pedir el voto con su fotografía colgando del cuello como si fuera una medalla. La ventaja política de esta operación resulta evidente. Si los presupuestos fracasan, el relato ya está preparado. «No convoco elecciones por los casos de corrupción. Las convoco porque no hay mayoría para aprobar los presupuestos». Una frase sencilla. Limpia. Institucional. Casi elegante.
La diferencia entre dimitir por un escándalo y caer por una cuestión presupuestaria es enorme. La primera opción supone admitir que el problema está en uno mismo. La segunda permite culpar al Parlamento, a la oposición, a los socios o incluso a la incomprensión general del país. Es la diferencia entre ser el responsable del incendio o presentarse como víctima de la falta de agua. El problema, sin embargo, es que la realidad lleva meses empeñada en sabotear el relato oficial.
Los casos que cercan al entorno político y personal del presidente ya no aparecen como episodios aislados fruto de una campaña de acoso de jueces ultras. La sucesión de investigaciones, revelaciones y sospechas ha empezado a configurar algo mucho más inquietante: la percepción de una corrupción estructural, una trama de conexiones, favores, intermediarios y aprovechamientos cuya dimensión exacta quizá aún desconozcamos, pero cuya existencia resulta cada vez más difícil de negar.
Hasta algunos de los socios parlamentarios que han sostenido al Gobierno comienzan a mostrar síntomas de agotamiento. No porque hayan descubierto de repente la virtud pública, sino porque perciben el olor a humo que sale de la sala de máquinas. Y cuando incluso los pasajeros de primera clase empiezan a preguntar dónde están los botes salvavidas, el capitán sabe que la travesía entra en una fase delicada. De ahí la tentación del naufragio controlado.
Elegir la fecha. Elegir la causa oficial. Elegir el titular. Fracasan los presupuestos. Convocatoria electoral. Fin de la legislatura. Todo aparentemente normal. Todo aparentemente democrático. Todo aparentemente político. Lo que se intenta evitar es una imagen mucho más incómoda: la de un presidente obligado a adelantar elecciones porque la presión de los escándalos se vuelve insoportable, porque sus apoyos empiezan a desertar o porque el blindaje institucional que proporciona la Moncloa deja de parecer suficiente frente al avance de las investigaciones judiciales.

Sánchez necesita que la historia oficial diga que cayó por aritmética parlamentaria. Pero lo que muchos españoles ya saben es que la aritmética parlamentaria es solo el decorado. Todo el mundo está viendo que la vía de agua abierta por Rodríguez Zapatero terminará hundiendo a Sánchez y quién sabe si incluso al PSOE. Porque no hay botes salvavidas para todos.