Sánchez empieza a creer en el «más allá»
Sánchez necesita con urgencia una señal del cielo que le permita ver, por encima de los escándalos acumulados, que puede llegar hasta 2027
Hay personas que se pasan toda la vida sorteando las cuestiones religiosas como si la cosa no fuera con ellas. Se suelen denominar a sí mismas como ateas o en otros casos matizan y se definen agnósticas, lo cual les permite adoptar una distancia prudencial en su relación con Dios, y así no discuten con Él ni se llevan sobresaltos. Simplemente actúan como si jamás fueran a necesitarlo. No pisan una iglesia salvo en bodas, bautizos, comuniones o funerales inevitables y consideran que el “más allá”, la vida después de la muerte, es un asunto interesante, aunque preferiblemente para otros.
Hasta que con el paso del tiempo llegan el deterioro y los problemas propios de las cosas que tienen finitud. O sea, todas. Entonces ocurre algo bastante común, aunque no deja por ello de ser fascinante. Y es que el escéptico, el indiferente, empieza a visitar las iglesias, a encender velas y a esperar el milagro que nunca creyó necesitar. Y quien jamás mostró demasiado interés por la vida eterna comienza a cultivar una relación discreta, intensa y sorprendentemente activa con la Providencia. Por si acaso.
No es un fenómeno nuevo. Lo hemos visto miles de veces. Y ahora ha llegado también a la política española. Pedro Sánchez, que nunca ha destacado precisamente por una presencia constante en ceremonias religiosas vinculadas al dolor colectivo, se ha convertido de repente en uno de los asistentes más aplicados a algunos de los actos del Papa León XIV. Aparece puntual e impecablemente situado para las fotografías.
El mismo presidente que no apareció cuando Valencia lloraba a sus muertos en la catedral tras la DANA. El mismo que ha convertido en tradición delegar funerales de Estado, homenajes a víctimas y ceremonias incómodas en algún ministro de guardia mientras él administra la tragedia desde la distancia de la Moncloa. Las víctimas de la riada y otras tragedias recientes tuvieron representantes ministeriales. El Papa tiene al presidente en persona. Cada uno con sus prioridades.

León XIV recorrió las calles de Madrid ante miles de personas y después pronunció su esperado discurso en el Congreso de los Diputados. Sánchez, sin embargo, ha evitado cuidadosamente el baño de masas madrileño. Lo ha eludido premeditadamente ante la posibilidad, nada desdeñable, de que muchos de los miles de asistentes a la celebración pudieran confundir el encuentro religioso con una oportunidad para expresar opiniones políticas a viva voz.
Sánchez, sin embargo, ha evitado cuidadosamente el baño de masas madrileño
Para eso ya está Barcelona. Porque tras el Congreso, el presidente acompañará al Pontífice en la Ciudad Condal, probablemente con la esperanza de que el recibimiento resulte menos sonoro que el que podría haber encontrado en Madrid. En política, como en la fe, cada uno escoge los milagros que considera más probables. Y Sánchez necesita con urgencia una señal del cielo que le permita ver, por encima de los escándalos acumulados, que puede llegar hasta 2027 y “más allá”. Solo es precisa una ayudita divina.
Y aquí es donde aparece León XIV. No sólo como jefe de la Iglesia Católica, sino casi como la última estación de servicio (queda el Mundial de fútbol) antes del desierto electoral. El Papa ofrece dos bienes hoy escasos en los alrededores de la Moncloa: solemnidad institucional y fotografías capaces de transmitir estabilidad. Auténticos artículos de lujo para Pedro Sánchez. Productos de primera necesidad para cualquier gobernante que empieza a sentir cómo se mueve el suelo bajo sus pies porque el final se acerca. Y si para conseguirlos hace falta aparecer en la Nunciatura, acompañar al Pontífice en el Congreso y exhibir una devoción institucional digna de un monaguillo veterano, pues se hace.
La fe, cuando llega tarde, suele llegar con entusiasmo. Y nuestro presidente, que no podía ser menos, se parece ahora a esos viejos agnósticos que alcanzan una edad respetable convencidos de que nunca han necesitado a Dios y que, de repente, empiezan a reservar asiento en la primera fila de la misa dominical. Por si acaso. Por si existe algo después. Por si todavía queda una prórroga. Por si Feijóo vuelve a fallar el penalti y se produce el milagro.
No sabemos si la divina providencia tiene reservado para él otro mandato, otra mayoría imposible o algún prodigio circense de Iván Redondo todavía por revelar. Desconocemos si Sánchez alcanzará finalmente ese “más allá” que tanto persigue, porque esto más parece un auto de fe que otra cosa. Pero lo que sí podemos dar por seguro es que ese milagro, si se produce, nos va a salir carísimo.