Cuando ser vasco y español cabe en una camiseta

Un grupo de encapuchados boicotear la pantalla gigante que el PP había instalado en Bilbao para la final del Mundial

España es campeona del mundo de fútbol por segunda vez en su historia. Y mientras el resto del planeta celebraba una de esas noches que el fútbol regala cada mucho tiempo, en el País Vasco un grupo de encapuchados, de esos que suelen autodenominarse antifascistas, intentaba boicotear la pantalla gigante que el PP había instalado en Bilbao. Otro grupo idéntico quemaba banderas españolas en Eibar -la localidad de Mikel Oyarzábal-, y en Vitoria la Ertzaintza detenía a tres jóvenes encapuchados por agredir a personas que llevaban la camiseta de España. También en Pamplona, seis clientes de un bar fueron heridos por gente de extrema izquierda cuando veían la final.

Y al día siguiente, como cada vez que ocurre algo parecido, los partidos nacionalistas condenaron los hechos. Siempre condenan. Con la misma puntualidad y el mismo entusiasmo con que luego vuelven a azuzar el caldo de cultivo que hace que los hechos se repitan. El Gobierno Vasco trasladó su «solidaridad a las víctimas» y aseguró que «este tipo de comportamientos son incompatibles con los valores de respeto y convivencia que definen a nuestro país». Magnífico comunicado. Redactado en cinco minutos, archivado en diez y aplicado en ninguno.

Porque esa es la paradoja que el nacionalismo vasco lleva décadas perfeccionando con una habilidad que hay que reconocerle: vender victimismo en los círculos radicales. La selección española como símbolo de opresión, la camiseta roja como provocación y la bandera como agresión; y luego escandalizarse cuando los más radicales de sus radicales sacan las conclusiones lógicas de ese relato y las aplican con las manos y con las porras. El nacionalismo siembra viento y luego pide paraguas prestado cuando llega la tormenta.

Sus Majestades los Reyes, Don Felipe VI y Doña Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía junto a la Selección Española de fútbol. Foto: José Oliva / Europa Press
Sus Majestades los Reyes, Don Felipe VI y Doña Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía junto a la Selección Española de fútbol. Foto: José Oliva / Europa Press

Lo ocurrido en Bilbao, Vitoria, Eibar y Pamplona no es un accidente. No es una anomalía. Es el resultado predecible y repetido de años de construcción de un relato en el que ser vasco y español son cosas incompatibles. En el que ponerse una camiseta de la selección en según qué barrios es un acto de valentía. En el que los jóvenes que se sienten vascos y españoles sin complejos -que son cada vez más, y eso es precisamente lo que les da pánico- son tratados como traidores a una causa que nadie les pidió que abrazaran.

La Ertzaintza, por su parte, volvió a demostrar que le viene grande hacerse responsable de la seguridad en celebraciones donde los radicales abertzales tienen decidido de antemano que hay que boicotear. Veinte identificados en Bilbao. Tres detenidos en Vitoria. Seis investigados en Donostia. Para lo que ocurrió, la respuesta llegó a destiempo, con una coordinación que deja mucho que desear y con la sensación de que nadie en la cadena de mando quería complicarse demasiado la noche.

Y aquí llega la pregunta que nadie en el Gobierno Vasco ni en la FIFA parecen querer hacerse en voz alta: ¿pueden ser Bilbao y San Sebastián sedes del Mundial de fútbol de 2030? Porque ambas ciudades están en la lista de candidatas españolas para acoger partidos de ese torneo. El mismo torneo cuya selección ganó entre banderas quemadas y militares apaleados en las calles del entorno vasco. La misma selección en la que juegan Unai Simón, Mikel Oyarzabal, Nico Williams, Martín Zubimendi… todos ellos vascos, todos ellos campeones del mundo con la selección española. Todos ellos imposibles de explicar desde el relato de que lo vasco y lo español son incompatibles, como pudo verse en la foto de Nico envuelto en una bandera de España.

Nico Williams durante la celebración del Mundial en Cibeles. Foto: Óscar Ortiz / Europa Press.
Nico Williams durante la celebración del Mundial en Cibeles. Foto: Óscar Ortiz / Europa Press.

Ahí está el verdadero miedo del nacionalismo. No a la camiseta roja. Al joven vasco que se la pone sin pedirle permiso a nadie. Al chaval de Eibar que celebró el gol de Oyarzabal con una bandera española en la mano y sintiéndose vasco y español al mismo tiempo, porque así es como se siente y porque nadie tiene derecho a decirle que eso no es posible. Cada vez son más. El relato del nacionalismo se agrieta exactamente por ahí, por donde la realidad se empeña en colarse aunque a ellos les resulte incómoda.

La extrema izquierda abertzale no salió a defender una selección vasca de fútbol. Salió a defender una mentira. Y la mentira, como siempre, necesita violencia para imponerse.

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