¿Qué significa hoy ser francés? 

La nacionalidad se imprime en un pasaporte, la identidad tarda generaciones en escribirse

Dice un refrán español que “entre broma y broma, la verdad asoma”. Y eso pasó cuando Mariano Rajoy escribió el otro día, en ese tono de humor gallego tan suyo, que los jugadores de la selección francesa «no son franceses». Si lo tomamos al pie de la letra, se equivocó, desde luego. Porque la mayoría nació allí, tienen la nacionalidad francesa y representan legítimamente a Francia. Negarlo sería absurdo. Pero sería también un error cerrar el asunto llamando racista a Rajoy y elevar el escándalo a niveles diplomáticos para eludir la verdad que asoma tras la pregunta inevitable: ¿Qué significa hoy ser francés? 

Hace décadas, Francia estaba convencida de tener la respuesta. La República era una formidable fábrica de ciudadanos. Bastaba con aprender la lengua, estudiar a Voltaire, cantar La Marsellesa, respetar la laicidad y compartir una misma escuela para que cualquier niño, viniera de Bretaña, de Argel o de Senegal, terminara sintiéndose parte de una misma nación. La identidad republicana era un proyecto político antes que una cuestión de sangre. Pero todo eso prácticamente ha desaparecido. 

No porque los franceses de origen inmigrante no tengan pasaporte francés. Eso nadie lo discute. Tampoco porque jueguen al fútbol mejor o peor. La cuestión es bastante más incómoda: ¿hasta qué punto una parte de las nuevas generaciones nacidas y educadas en Francia comparte realmente ese sentimiento de pertenencia que la República daba por descontado? 

Los propios franceses llevan años discutiéndolo. No lo dicen Rajoy ni cuatro tertulianos españoles. Lo escriben periodistas, sociólogos y ensayistas franceses. Lo reflejan los debates sobre las “banlieues”, sobre la laicidad, sobre el uso de símbolos religiosos, sobre los atentados islamistas que golpearon precisamente a profesores, periodistas o policías que representaban al Estado republicano. Lo muestran también las sucesivas crisis urbanas, que han obligado a preguntarse si la integración funciona igual de bien sobre el papel que en la calle. 

Quizá el problema sea haber confundido integración con convivencia. Convivir significa compartir un mismo espacio. Integrarse significa compartir también un mismo relato, valores semejantes. Y Europa empieza a descubrir que ambas cosas no siempre coinciden. Porque eso no solo está pasando en Francia, también en otros lugares del viejo continente. 

Quizá el problema sea haber confundido integración con convivencia

Durante años se dio por hecho que el tiempo resolvería cualquier diferencia cultural. Que los hijos serían inevitablemente más europeos que sus padres. Que la segunda generación se parecería más a París que a Casablanca, más a Bruselas que a Tánger, más a Ámsterdam que a Rabat. La realidad está resultando bastante más compleja. 

Hay jóvenes nacidos en Europa que se sienten profundamente franceses, belgas o neerlandeses. Y hay otros, muchos, cuya identidad principal gira en torno a la religión, la comunidad o el país de origen de sus familias. No es una cuestión de color de piel, sino de pertenencia. No habla de genética, sino de cultura. Y, sobre todo, de la capacidad de una nación para ofrecer un proyecto colectivo suficientemente atractivo como para que alguien quiera hacerlo suyo. 

Ese es el espejo que Rajoy, medio en serio medio en broma, ha colocado delante de Europa. Porque la discusión no es Mbappé o Dembelé. La discusión es Francia. Y quien dice Francia dice Europa. Porque cada país afronta, con distinta intensidad, la misma pregunta: ¿basta un documento de identidad para construir una identidad compartida? 

Durante demasiado tiempo hemos respondido que sí porque era la respuesta más cómoda. Mientras tanto, han crecido barrios donde el ideal europeo apenas ha logrado hacerse presente, donde las tensiones culturales han aumentado y se han consolidado comunidades que, sin dejar de ser legalmente europeas, han mantenido referencias afectivas, religiosas o culturales que han escapado al viejo ideal de la asimilación del continente. 

No significa que el modelo haya fracasado por completo. Tampoco que toda una comunidad responda a un mismo patrón. Sería tan injusto como falso. Significa, simplemente, que la integración no puede darse nunca por concluida porque una ley conceda la nacionalidad. La ciudadanía puede otorgarse mediante un procedimiento administrativo, pero la pertenencia no. 

Rajoy se equivocó al negar la condición de franceses a unos futbolistas que lo son por derecho y por biografía. Pero quienes despacharon el asunto limitándose a llamarle racista quizá también cometieron un error. Confundieron la respuesta con la pregunta. 

La nacionalidad se imprime en un pasaporte. La identidad tarda generaciones en escribirse. Y Europa empieza a descubrir que esas dos palabras, que durante tanto tiempo creyó sinónimas, ya no siempre viajan juntas. Pero explícale esto a un gobierno como el español, capaz de otorgar el derecho al voto en nuestro país a quien no ha puesto un pie aquí en su vida. 

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