El fracaso de una esperanza  

La mujer no es tan manejable, inmadura y manipulable como cree el progresismo feminista

La sociedad española se relajó cuando el Congreso de los Diputados aprobó la  Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Una ley pionera que defendía a la mujer frente a la brutalidad machista, que salvaba vidas femeninas, que no discriminaba al hombre. Por su parte, el Consejo General de la Abogacía Española sentenció que cualquier duda al respecto era cosa de “ignorantes” mientras el Instituto de las Mujeres habló de “indecentes”.  

No faltó quien aseguró que no hay mujeres maltratadoras ni incentivos perversos en el sistema, porque la mujer es incompatible con la trapacería o la maldad, y quien dude de ello será un cómplice del asesinato de las inocentes.  

Con esta reflexión se abre uno de los capítulos del indispensable trabajo Esto no existe. Las denuncias falsas en violencia de género (2025) de Juan Soto Ivars. Un trabajo que, veinte años después de la aprobación de la Ley Orgánica, evidencia el fracaso de una esperanza.

Las mujeres siguen siendo maltratadas, continúan las palizas y los asesinatos de las mujeres, existe un agravante de género que castiga más al hombre que a la mujer, emergen efectos devastadores en la vida de muchos inocentes considerados injustamente de culpables, y quien discute o pone en entredicho la eficacia de la Ley es tildado de “negacionista”. 

Escalofriante, el relato de nuestro autor: “El ambicioso mecanismo diseñado a partir de 2004 y provisto de ayudas directas e indirectas, recursos judiciales y concienciación social para proteger a unas víctimas ciertamente desprotegidas ha producido otras víctimas igualmente desamparadas. Víctimas a las que nadie escucha. Víctimas a las que se les cierran las puertas  de los platós de televisión y de los estudios de radio cuando intentan dar a conocer sus historias. Víctimas que, según el sistema, mienten”.  

En estas líneas que ustedes acaban de leer se esconde una tragedia  que sigue ahí. Juan Soto Ivars la pone al descubierto.  El José Ángel denunciado falsamente -noche en calabozo incluida- por violencia doméstica por su esposa para así acelerar el divorcio y conseguir la custodia del hijo. Una chica, a punto de ser despedida por absentismo laboral en una peluquería, denuncia al propietario por despido improcedente, acoso sexual y violación.

Nada era cierto. ¿Quién fue  a la peluquería después del asunto?  ¿Qué fue del Pablo por llamar “puta” a su esposa dado que era partidaria y practicante de la relación abierta? Fue denunciado por maltrato psicológico, pasó una noche en el calabozo y tardó dos años en liberarse de la condena.  

¿La presunción de inocencia? Todavía existe. Pero, el hombre maltratado tiene un handicap: no se le cree.  A la mujer, sí se le cree. ¿Cuántas denuncias de ese chantaje y ese arma denominada denuncia falsa? En 2020, según los datos oficiales de la Fiscalía General del Estado, “ninguna denuncia falsa por violencia de género”. Alegría en el feminismo y en la prensa progresista de apoyo. Un movimiento sin vergüenza que se engaña a sí mismo. Pero, la mujer no es tan manejable, inmadura y manipulable como cree el progresismo feminista.       

¿Qué ocurre aquí? Se ha construido –teoriza Juan Soto Ivars- una “narrativa de género” –“ideología de género” o “feminismo institucional”-, una ideología que ha devenido una religión de Estado que sostiene que vivimos en una sociedad patriarcal violenta que aplasta y despedaza a las mujeres, que las aparta de las posiciones de poder, que se niega a comprender sus padecimientos y que se aprovecha de ellas. Un relato que prácticamente nadie –historiadores, sociólogos o antropólogos- se atreve a cuestionar. ¿España? Un país machista y feminista, dicen.    

«El autor hace una llamada para salir del círculo vicioso feminista: que los problemas de género del hombre no se aborden desde la demonización»

La alternativa: en un país y un mundo gobernados por las mujeres –dice Irene Montero, por ejemplo- no habrían guerras, ni hambre, ni desigualdad, ni corrupción. Por el contrario, la masculinidad es tóxica y favorece la negatividad, la desigualdad, el peligro y el sufrimiento. No es una burla de quien escribe estas líneas, sino el contenido de artículos y entrevistas. ¿Acaso no hay hombres buenos o protectores?  

¿De qué diablos estamos hablando?, se pregunta el autor. Una respuesta posible: el día de la mujer de 2022, por ejemplo, el Gobierno anunció que iba a destinar 20.319 millones  de euros a los profesionales del activismo feminista. Aquí hay negocio.  

Por cierto, según un estudio de la revista neoyorkina Partner Abuse (2021, especialista en violencia de género, una parte de los hombres asesinados por sus esposas habían recibido previamente asistencia médica por heridas causadas por sus mujeres. No fueron clasificados de maltratados. Por su parte, el 30 por ciento de los hombres australianos habían sufrido malos tratos de la pareja (Instituto Australiano de Estudios de Familia, 2025).     

Escalofriante, de nuevo el relato de nuestro autor: “Una jueza, que habló bajo mi promesa de anonimato, me dijo: ‘Yo esto no te lo tendría que decir, pero es la verdad. A veces doy medidas de protección o alejamiento o así y sé en mí… en mi fuero interno, en mi conciencia, que llevo muchos años en esto, que es mentira la denuncia… Esto claro que pasa. No te lo van a admitir otros, pero lo hacen’”.   

El autor concluye: la miopía ideológica y los intereses diversos en juego son culpables de que hayamos vivido gobernados por cínicos. El grado omega de la estupidez de la ideología de género: “los hombres son responsables de todo lo que les pasa, mientras que las mujeres no tienen responsabilidad alguna de ninguno de los males”.      

Una llamada del autor para salir del círculo vicioso feminista: que los problemas de género del hombre no se aborden desde la demonización. De momento -concluye Juan Soto Ivars-, “al menos, la espiral del silencio se ha roto”. En buena medida, gracias a su excelente y valiente trabajo.                    

Deja una respuesta