Entre la sequía y la soberanía digital
La Generalitat tiene sobre la mesa 26 proyectos que suman más de 2.000 megavatios de potencia
En Móra la Nova, un pueblo de poco más de tres mil habitantes en la Ribera d’Ebre, la palabra de moda ya no es regadío ni turismo rural: es megavatio. Hace unas semanas, plataformas ecologistas y sindicales salieron a la calle para denunciar un proyecto de centro de datos que, aseguran, «expoliará» los recursos hídricos y energéticos de la comarca.
A poca distancia, alguien miraba el móvil para consultar su saldo bancario, terminar una serie en Netflix o usar herramientas de IA para el trabajo. Hacemos un uso intensivo de un ecosistema de centros de datos, puntos neutros, proveedores de servicios cloud, redes de comunicaciones e integradores de sistemas.
La Generalitat tiene sobre la mesa 26 proyectos que suman más de 2.000 megavatios de potencia, concentrados sobre todo en el sur del país: Santa Bàrbara, Òdena, l’Hospitalet de l’Infant. La potencia instalada se ha cuadruplicado desde 2022, y el gobierno calcula una inversión acumulada de 60.000 millones de euros hasta 2027, con 2.200 puestos de trabajo directos.
El conseller Albert Dalmau lo ha vendido como la oportunidad de convertir Cataluña en «el puerto digital del Mediterráneo»: «no queremos cajas que almacenan datos», dice, «queremos infraestructura al servicio de nuestras pymes e industrias».
El rechazo vecinal, sin embargo, no nace solo del no por sistema. Una planta de 100 megavatios puede llegar a consumir tanta electricidad como una ciudad mediana, y los mismos informes de sostenibilidad que publican Google y Microsoft cifran el consumo diario de agua de un campus grande entre uno y cinco millones de litros.
En un país que lleva años gestionando sequías, esta cifra no es un detalle para un informe de impacto ambiental: es la pregunta que se hace cualquier vecino antes de firmar una alegación.
Hay, además, un cuello de botella del que casi no se habla y que decidirá cuántos de estos 26 proyectos llegan a buen puerto: la red eléctrica. Los tiempos de espera para conseguir un punto de conexión de alta tensión se han disparado en toda Europa, y los transformadores de potencia que permiten conectar un campus de cientos de megavatios a la red tardan dos o tres años en fabricarse, en una cadena de suministro dominada por fabricantes asiáticos.
Cada megavatio que no generamos y conectamos con capacidad propia, acaba importándose como dependencia de equipamiento crítico de Xi’an y Shenyang, la misma lógica que ya conocemos del debate sobre los chips. De hecho, muchas empresas, especialmente en sectores críticos, ya exigen a sus proveedores de servicios cloud que tengan los datos almacenados dentro del territorio de la Unión Europea o, incluso, del propio país.
“Los centros de datos llegarán de todas formas: la pregunta es si los diseñamos con cabeza o dejamos que la falta de planificación acabe imponiéndolos”
Cataluña no parte de cero: el Barcelona Supercomputing Center, con el MareNostrum, lleva años demostrando que el país sabe operar cómputo de altísima densidad con estándares europeos de eficiencia. Lo que falta no es talento técnico, sino velocidad administrativa. Los mismos frenos que hoy ralentizan las placas solares pueden acabar ralentizando los centros de datos si nadie los destapa antes de que llegue la avalancha de solicitudes.
En Odense, Dinamarca, el centro de datos de Meta funciona desde finales de 2019 y recupera cada año 215.000 megavatios hora de calor residual mediante bombas de calor industriales, que calientan el agua hasta los 70 grados y la vierten directamente a la red de calefacción urbana, donde dan calor a cerca de siete mil hogares. El campus digital, en lugar de competir con la ciudad por los recursos, acaba conectado como una pieza más del sistema energético.
Las administraciones no tienen por qué elegir entre ahorrar agua y crecer digitalmente. Pueden exigir a los promotores de centros de datos circuitos de refrigeración cerrados, aprovechamiento del calor residual donde haya redes de calefacción o industria cerca, y compromisos firmes de suministro renovable.
Y pueden hacerlo mientras agiliza las conexiones a la red con la misma urgencia con que ya se reclama para las renovables. Porque los centros de datos llegarán de todas formas: la pregunta es si los diseñamos con cabeza o dejamos que la falta de planificación acabe imponiéndolos.