Tras la final del Mundial de 2030
El fútbol, nacido de los pies de los obreros que trabajaban en las fábricas del Reino Unido en el siglo XIX, a medida que se ha profesionalizado ha dejado de representar al pueblo para representar al poder político y económico
Tras disputarse la final del Mundial, alzándose España como campeona, una parte de los analistas deportivos sostiene que el fútbol, como juego, ha sido alterado por las decisiones de la FIFA. Consideran que las pausas de hidratación, el largo descanso de la final, que se prolongó de quince a treinta minutos para aumentar los impactos publicitarios o la forma en que la FIFA se relaciona con el poder político y económico trastocan la esencia del fútbol.
Lo que plantean es que el fútbol, nacido de los pies de los obreros que trabajaban en las fábricas del Reino Unido en el siglo XIX, a medida que se ha profesionalizado ha dejado de representar al pueblo para representar al poder político y económico. El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá supone para muchos la culminación del fútbol entendido como espectáculo, en el que la rivalidad, la emoción, la expectación o la tensión se empaquetan para elevar el precio de las entradas y aumentar la rentabilidad de la competición. Argumentan que la competición se desvirtúa por las decisiones arbitrales, el VAR y el incumplimiento de las sanciones previstas en el reglamento. Todo ello es cierto y también podría señalarse que el Mundial de 2026 es el primero del siglo XXI en el que se observa con mayor nitidez que el fútbol de alta competición ya no pertenece a las ilusiones del pueblo, sino a los intereses de los dirigentes de la FIFA y del poder político.
El Mundial de 2026 sienta las bases del Mundial de España, Marruecos y Portugal de 2030, que probablemente será más digital, con mayor protagonismo del VAR y menos del arbitraje sobre el terreno de juego; con entradas más caras; con la posibilidad de ampliar de 48 a 64 las selecciones participantes; con mayor peso del espectáculo musical y con crecientes implicaciones geopolíticas que sitúan sitúan a la FIFA como un Estado más, que, en lugar de tener ciudadanos, tiene espectadores . En torno al Mundial de 2030, antes incluso de hablar de fútbol, se debatirá sobre la pugna política por acoger la final entre Marruecos y España; sobre el papel del nuevo Santiago Bernabéu y del nuevo Camp Nou como sedes de los grandes acontecimientos deportivos; y sobre las nuevas estrellas capaces de sustituir a Cristiano Ronaldo, Messi o Neymar como referentes globales. Tras la victoria de la selección española se vislumbra un Mundial en cuyo palco probablemente ya no estarán muchos de los jefes de Estado y mandatarios presentes en la final de 2026, lo que permite adaptar, con una ligera variación, la célebre divisa latina: Futbol longa, vita brevi