Los ansiosos
Cada nueva revelación sobre los presuntos casos de corrupción permite al PP y a Vox imaginar que están a punto de lograr su propósito: que Sánchez abandone el poder
Con la llegada del Mundial de fútbol, los ciudadanos a quienes les gusta este deporte, y más concretamente que su selección gane como sea —aunque sea en el último minuto y gracias a una carambola—, se convierten en ciudadanos ansiosos, instalados en una perpetua inquietud.
Algo parecido está ocurriendo en la política española, donde se ha perdido toda moderación y distancia para abrazar una suerte de intensidad, ansiedad e impaciencia ante la posibilidad de que Pedro Sánchez convoque elecciones generales antes de acabar el año. Cada nueva revelación sobre los presuntos casos de corrupción permite al PP y a Vox imaginar que están a punto de lograr su propósito: que Sánchez abandone el poder. La acumulación de nuevos datos proyecta en la imaginación de las derechas la sensación de que el partido ya está ganado, de que solo queda esperar a que el árbitro pite el final para celebrar la victoria.
La cuestión es que la política española parece atrapada entre la ansiedad de quien está a punto de perder el partido y la de quienes ya se sienten vencedores antes de que este termine. Cualquier iniciativa acaba siendo producto del desasosiego, de la sensación de caída o del deseo de victoria. Todo lo que queda entre ganar y perder se diluye, opera como un freno frente al impulso de saberse vencedor o de resistir hasta el final.

La ansiedad de unos y otros se convierte así en fuerzas contrarias que se enfrentan y, al mismo tiempo, se necesitan para sostenerse. Lo que queda en medio – la democracia, el bien común, el buen gobierno, la verdad o la responsabilidad – parece evaporarse como gotas de agua suspendidas en el aire. Ninguna de las dos fuerzas en colisión puede detener su impulso sin correr el riesgo de desaparecer. La ansiedad se canaliza entonces en un empeño ciego por destruir las posibilidades de victoria del adversario, con el peligro de que sea la inquietud la que termine dominando cualquier decisión política.
El resultado es un estado que se asemeja al frenesí, donde la agitación permanente y la aceleración constante pueden conducir al delirio político. Las derechas españolas se proyectan en la ansiedad de la izquierda por perder el poder, del mismo modo que las izquierdas se alimentan de las inquietudes de la derecha. El resultado es una política hecha de nervio, excitación y miedo: miedo a que el partido nunca termine, a que el árbitro no ponga el punto final, a que los aficionados abandonen las gradas o a que los medios de comunicación, exhaustos, desconecten las cámaras.
Si todo eso ocurriera, lo que veríamos sería políticos dando tumbos, desconcertados, mirando con ansiedad la pantalla apagada del estadio para intentar averiguar cuál ha sido finalmente el resultado del partido.