Y P.S. se fue al P.S.
Sánchez pretendía exhibir normalidad precisamente cuando la normalidad se le escapa por todos los costados
P.S. se fue al P.S. Mientras media España sigue con estupor las noticias sobre las cloacas del sanchismo y, en plena visita papal a la capital, P.S. decidió escapar al P.S. Se fue al Primavera Sound junto a su esposa pluriimputada. Lo hizo, naturalmente, a la manera sanchista, es decir, con helicóptero, Falcon, escolta, furgonetas, patrullas y otro helicóptero más. De Madrid a Barcelona con un despilfarro de recursos públicos y huella de carbono propia del cínico e hipócrita que exige al pueblo sacrificios energéticos, conciencia climática y responsabilidad fiscal.
La escena era una performance. Sánchez pretendía exhibir normalidad precisamente cuando la normalidad se le escapa por todos los costados. Quería aparecer como un ciudadano más disfrutando de un concierto, pero las cloacas de Ferraz han empezado a desbordarse y, cuando la porquería aflora a la superficie, resulta difícil fingir que nada ocurre. Y es que el viaje de P.S. al P.S. ha sido un intento, caro y fracasado, de proyectar una imagen de tranquilidad. Mientras sonaban los conciertos, el ruido de los escándalos seguía resonando con mucha más fuerza.
Durante meses, Pedro Sánchez y el PSOE han intentado presentar cada nuevo escándalo como un hecho aislado. Primero era un asesor. Después un ministro. Luego un secretario de organización. Más tarde, la familia. Después el partido. Finalmente, el Gobierno. La estrategia consistía en fragmentar la realidad para impedir que los ciudadanos contemplaran el conjunto. Pero en política, como en geología, cuando aparecen daños en lugares distintos conviene buscar el epicentro.

Las ondas expansivas afectan al Gobierno, al PSOE, a antiguos colaboradores, a personas de máxima confianza e incluso a figuras históricas del socialismo. Y todo nace en un mismo punto. Hay un epicentro. Uno. El número uno. The one. El P.S. de los cuadernos de la fontanera Leire Díez. El Puto Amo del ministro Óscar Puente. Mil maneras hay de nombrar a un Sánchez que acumula ya más AKAs que un rapero y más alias que un capo mafioso.
Ya no bastan cortinas de humo. Ya no bastan maquillajes de cara o de realidad. Ya no basta con refugiarse en la excusa de que nada sabía. Un presidente puede ignorar un caso aislado. Lo que resulta imposible de creer es que desconozca todo cuanto sucede en el entorno político que él mismo ha construido, dirigido y protegido durante años.
Sin embargo, el problema ya no es únicamente la corrupción. Sin descartar la financiación ilegal del PSOE, la suciedad ya rebasa cualquier línea roja que el pintor Gabriel Rufián pueda desplazar. Estamos ante una operación contra los pilares de la democracia. Cada vez que aparecen nuevas informaciones, el sanchismo responde atacando a jueces, periodistas, fuerzas de seguridad o adversarios políticos. Nunca asume responsabilidades. Nunca ofrece explicaciones suficientes. Nunca pide perdón.
La corrupción deteriora la confianza de los ciudadanos, pero el ataque a los contrapesos acaba con la propia democracia. Por eso el momento es especialmente grave. En los estertores del sanchismo podemos esperar cualquier cosa. El proyecto político entra en fase de supervivencia y existe la tentación de sacrificar las instituciones para proteger a quienes las ocupan. Ante la posibilidad de un descalabro electoral, parecen dispuestos a provocar un descalabro institucional.

No cabe esperar nada de los socios. Durante años han mirado hacia otro lado porque de la debilidad del gobierno obtenían ventajas políticas y personales. Hoy ya no hay excusas, pero tampoco esperen cambios. Ya no pueden presentarse como observadores neutrales. Son cómplices. El sanchismo ha desbordado el PSOE, y desde Sumar al PNV, pasando por Junts y ERC, ya todos forman parte de él. Las rupturas simbólicas son tan falsas como las operaciones de Sánchez para aparentar normalidad.
La única salida que tiene España es la democrática. Es devolver la palabra a los ciudadanos. Los españoles necesitamos, lo antes posible, unas elecciones que cierren esta etapa política e inicien una reconstrucción moral e institucional. El sanchismo pasará, y España continuará. No será fácil, ya que intentan ampliar el censo electoral para hackear el sistema, pero nuestra democracia volverá a demostrar que es más fuerte que quienes intentaron ponerla al servicio de un proyecto personal.