Al PNV no le gusta su modelo de convivencia
Cuando se erosiona el respeto a unas instituciones, termina erosionándose el respeto a todas
Llega el verano, las fiestas y la tensión a las calles de un País Vasco donde la Ertzaintza lo tiene cada vez más difícil. Así que a algunos responsables del Gobierno vasco les ha faltado tiempo para ponerse la venda y lamentarse del deterioro de la convivencia. Están escandalizados porque acaban de descubrir que hay una falta de respeto a la autoridad, o sea a ellos, y una creciente incapacidad de determinados sectores juveniles radicales para aceptar las normas básicas que sostienen una sociedad democrática. En otro tiempo Xabier Arzalluz los llamó “los chicos de la gasolina”. Los de ahora deben de ser sus hijos.
Lo llamativo es que este diagnóstico lo hacen desde el PNV, que ha dirigido el destino político, educativo y cultural de Euskadi durante las últimas cuatro décadas. Así que no deja de llamar la atención escuchar al consejero de Seguridad, Bingen Zupiría, reclamar ahora un gran acuerdo sobre la convivencia en Euskadi. Habla de respeto a la autoridad, de rechazo a los comportamientos incívicos, de combatir las exclusiones organizadas contra ertzainas y policías municipales en las fiestas populares y de fijar unas reglas básicas, unos pilares de convivencia democrática, antes incluso de discutir sobre el modelo policial.
Y tiene razón. El problema es que llega cuarenta años tarde. Porque da la impresión de que el consejero habla como si acabara de aterrizar en Euskadi procedente de Marte. Como si el modelo educativo, cultural y político vasco hubiese sido diseñado por una misteriosa fuerza externa y no por el PNV, que ha gobernado las instituciones vascas durante la mayor parte de nuestro periodo democrático. Y sacando mucha rentabilidad. Ya saben, el árbol y las nueces.
A lo largo de esas cuatro décadas el nacionalismo vasco construyó buena parte de su discurso político sobre una idea fundamental: la deslegitimación de España como marco político y emocional de referencia. Todo lo que representaba algo español era despreciado, en mayor o menor medida, como si fuera ajeno, impuesto o sospechoso. Todas las instituciones del Estado (incluso la Selección de fútbol) y conceptos tan básicos como la autoridad pública, han quedado asociados para varias generaciones a una realidad extraña que solo ha merecido desconfianza cuando no rechazo abierto. Si se pita el Himno en la final de la Copa, por ejemplo, es porque hay un conflicto con España.
El resultado está a la vista. Generaciones enteras fueron y siguen siendo educadas en una visión de Euskadi donde la identidad nacionalista aparece como la referencia dominante y donde la realidad plural de la sociedad vasca ha quedado relegada a un segundo plano. Basta observar determinados ambientes educativos para comprobarlo. La UPV, ahora Euskal Herriko Unibertsitatea, refleja una hegemonía ideológica que convierte en minoritaria cualquier posición abiertamente constitucionalista. Y todo porque durante décadas se ha construido un ecosistema cultural donde ciertas ideas se consideran naturales y otras aparecen como ajenas.
Algo parecido ha sucedido en los medios públicos vascos. Mientras se proclamaba la pluralidad, una parte significativa de la sociedad vasca no nacionalista ha estado prácticamente excluida. Por eso sorprende escuchar ahora a dirigentes del PNV hablar de convivencia como si se tratara de un problema recién descubierto.
Dice Zupiría, cariacontecido, que faltan las bases, los cimientos de una convivencia que entienda y sea comprensible con la Ertzaintza. El problema es que esos pilares dejaron de colocarse desde el momento en que no se respetó ni apoyó al profesor amenazado, al concejal perseguido, al empresario extorsionado, al periodista señalado y al ciudadano que se vio obligado a abandonar Euskadi porque una parte de la sociedad decidió que no era suficientemente vasco. Ahí y entonces empezaron a resquebrajarse las bases de la convivencia actual.
Porque cuando se erosiona el respeto a unas instituciones, termina erosionándose el respeto a todas. Cuando se enseña que la autoridad depende de quién la ejerce, acaba cuestionándose cualquier autoridad. Cuando se normaliza la exclusión del discrepante, la exclusión termina extendiéndose a cualquiera que no encaje en la ortodoxia dominante. Así que el PNV está probando de su propia medicina.
Por eso el discurso de Zupiría contiene una verdad y una contradicción. La verdad es que Euskadi necesita reforzar los fundamentos de la convivencia democrática. La contradicción es que quienes hoy descubren esa necesidad son los mismos que durante décadas participaron en la construcción del modelo que ha producido buena parte de los problemas que ahora denuncian. Otros ya lo denunciaron entonces. Y lo pagaron.