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Trabajo, vivienda y las historias que nos distraen

Cándido Méndez analiza la pérdida de afiliación sindical y los bajos salarios; Iñako Díaz-Guerra reflexiona sobre el periodismo, que a menudo confunde lo llamativo con lo importante

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Los sindicatos españoles negocian condiciones laborales que alcanzan a la inmensa mayoría de los trabajadores, pero solo uno de cada ocho asalariados está afiliado. España crea empleo, pero millones de personas siguen instaladas en salarios próximos al mínimo. La vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas del país, aunque buena parte de la conversación mediática se concentre en la okupación.

Son contradicciones diferentes, pero todas comparten una misma pregunta: qué ocurre cuando las instituciones, los medios y el debate público dejan de representar con precisión la realidad que deberían explicar.

El último episodio de la temporada de La Plaza, un pódcast original de Economía Digital, reúne a Cándido Méndez, ex secretario general de UGT, e Iñako Díaz-Guerra, periodista de El Mundo y colaborador televisivo, para hablar de trabajo, poder, cultura popular, periodismo y las historias que terminan desplazando a los problemas verdaderamente importantes.

Sindicatos para todos, afiliados para pocos

La entrevista con Cándido Méndez comienza con una aparente paradoja. Según los datos de la OCDE manejados durante la conversación, aproximadamente el 12,5 % de los asalariados españoles está afiliado a un sindicato, frente al 17,5 % registrado en el año 2000. Sin embargo, la negociación colectiva cubre a una parte muy amplia de los trabajadores.

Méndez rechaza que la afiliación sea el único indicador válido para medir la fuerza sindical. Recuerda que, en España, la representatividad de las organizaciones no depende exclusivamente del número de afiliados, sino de los resultados obtenidos en las elecciones sindicales celebradas en las empresas.

El antiguo dirigente de UGT sostiene que el modelo español concede a los sindicatos la responsabilidad de defender intereses que superan a sus propios miembros. Los convenios colectivos benefician tanto a afiliados como a trabajadores que nunca han pagado una cuota.

Esa fortaleza institucional, sin embargo, convive con una menor capacidad de adhesión directa y con movilizaciones que ya no alcanzan la dimensión de otras etapas.

Méndez atribuye parte de esa evolución al cambio de la estructura empresarial. Los sindicatos se desarrollaron históricamente en grandes centros industriales, donde miles de trabajadores compartían espacio, condiciones y conflictos. Hoy el empleo está mucho más fragmentado, las empresas son más pequeñas y buena parte de la actividad se concentra en los servicios.

La precariedad agrava esa distancia. Quienes más necesitan protección colectiva son, al mismo tiempo, quienes tienen una relación más inestable con su empresa y menos oportunidades de establecer vínculos duraderos con una organización sindical.

Quién paga a los sindicatos

La financiación ocupa uno de los tramos más tensos de la conversación.

¿Puede un sindicato ser independiente cuando no vive exclusivamente de las cuotas de sus afiliados?

Méndez defiende que la independencia depende, ante todo, de la autonomía con la que una organización juzgue las decisiones de los gobiernos. También sostiene que las cuotas no bastan para financiar una función que la legislación extiende al conjunto de los trabajadores.

Negociar convenios, asesorar a representantes y participar en procesos que benefician a afiliados y no afiliados genera un coste que, en su opinión, debe ser reconocido de manera transparente.

El ex secretario general de UGT admite, no obstante, que los sindicatos cometieron errores en ámbitos como la formación. También alerta de una paradoja: después de los problemas vividos en ese terreno, España afronta ahora una enorme necesidad de capacitación profesional y digital, pero no dispone de mecanismos suficientes para atenderla.

Salarios bajos y productividad

La conversación se desplaza después hacia el mercado laboral.

España presenta cifras de empleo favorables, pero mantiene un volumen muy elevado de trabajadores con sueldos próximos al salario mínimo. Méndez define esta situación mediante una contradicción: el aumento del salario mínimo es un éxito social, pero que se aproxime al salario medio en determinados territorios revela un fracaso económico.

El problema no sería que el salario mínimo haya subido demasiado, sino que el resto de las remuneraciones y la productividad no hayan avanzado al mismo ritmo.

Méndez rechaza que esta situación justifique por sí sola una huelga general. Considera que las huelgas generales responden habitualmente a decisiones concretas, como una reforma laboral, y no a problemas estructurales acumulados durante décadas.

Su propuesta sería un gran acuerdo por el empleo y la productividad que integrase formación, vivienda, transformación empresarial y políticas públicas.

El camino de menor resistencia

El antiguo dirigente sindical se muestra especialmente crítico con la utilización de los fondos europeos.

A su juicio, España ha dispuesto de una oportunidad excepcional para modernizar su estructura productiva, pero ha seguido el «camino de menor resistencia». La mayor parte de los recursos se habría dirigido hacia sectores tradicionales, mientras ámbitos esenciales para una transformación de largo plazo, como la educación o la sanidad, habrían recibido una atención mucho menor.

Méndez sostiene que el Gobierno debería ofrecer una rendición de cuentas clara sobre la ejecución real de los fondos. No basta con contabilizar el dinero transferido a una comunidad autónoma o asignado a un proyecto. La sociedad debe poder identificar qué transformación concreta ha producido esa inversión.

Su diagnóstico es severo: gran parte de la economía española continúa instalada en el pasado.

El empleo tecnológico crece, pero todavía representa una porción reducida del conjunto. Mientras tanto, la hostelería, el comercio y otras actividades tradicionales siguen concentrando buena parte de las nuevas contrataciones.

Una educación analógica

La estructura productiva no es el único problema.

Méndez considera que el sistema educativo español sigue diseñado para una sociedad autóctona y analógica que ya no existe. La realidad actual combina una población mucho más diversa con una transformación digital acelerada y la irrupción de la inteligencia artificial.

Por eso, cuando se le pregunta si algún derecho laboral protege más el pasado que el futuro, desplaza el foco. El verdadero atraso no estaría en un derecho concreto, sino en una economía y una educación que todavía no se han adaptado al país que pretenden sostener.

También rechaza que la inteligencia artificial obligue a la sociedad a afrontar un fenómeno completamente inédito. La Revolución Industrial ya produjo una transformación tecnológica sin reglas previas y generó, como respuesta, el nacimiento de los sindicatos. 

La lección histórica, afirma, es que la tecnología no puede quedar al margen de las decisiones humanas. La inteligencia artificial puede sustituir tareas, abaratar servicios y crear nuevos mercados, pero no debería asumir la capacidad final de decidir.

De la corrupción a la desconfianza

El tramo político de la entrevista comienza con una pregunta directa: ¿había más corrupción antes o ahora?

Méndez cree que actualmente se está produciendo una superposición de casos en un periodo muy corto. La corrupción siempre ha acompañado al ejercicio del poder, pero la percepción social ha cambiado.

Durante años se describió como la «espuma sucia» del crecimiento económico. Ahora, sostiene, una parte de la ciudadanía empieza a verla como la propia ola.

Aunque considera que esa percepción exagera la dimensión real del fenómeno, advierte de su efecto desmoralizador. El mayor riesgo es que la sociedad termine acostumbrándose.

El fútbol y la masculinidad

La conversación con Iñako Díaz-Guerra cambia el tono, pero no abandona las preguntas de fondo.

¿Es el vestuario uno de los últimos refugios de la masculinidad antigua?

El periodista matiza la premisa. El problema no estaría tanto dentro del vestuario como en el conjunto del fútbol: las gradas, los estadios rivales, determinados comportamientos del público y una parte del periodismo deportivo.

Los vestuarios actuales reúnen perfiles ideológicos, personales y culturales muy distintos. La dificultad aparece cuando el futbolista abandona ese espacio protegido y queda expuesto a una cultura que sigue castigando determinadas identidades.

Díaz-Guerra pone como ejemplo la ausencia de futbolistas de élite abiertamente homosexuales. No porque no existan ni porque sus compañeros desconozcan su orientación, sino porque el entorno exterior continúa funcionando como una barrera.

Cómo conseguir que un famoso deje de serlo

Iñako Díaz-Guerra ha construido buena parte de su perfil periodístico mediante entrevistas a deportistas, músicos, actores, políticos y personajes de la cultura popular.

Su método combina una preparación muy intensa con una conversación aparentemente informal. Investiga al personaje, revisa entrevistas anteriores y estudia los asuntos por los que puede conducirlo. Después procura que todo ese trabajo no sea visible.

La clave, explica, es hablar con naturalidad y conseguir que el entrevistado abandone el lenguaje promocional.

La mayoría de los famosos concede entrevistas porque tiene algo que vender: un libro, una película, un disco o un proyecto. Díaz-Guerra acepta mencionar ese producto, pero evita convertir toda la conversación en publicidad.

El lector no quiere saber únicamente cómo se escribió una novela o cuántas horas ensaya un músico. Quiere conocer a la persona que existe detrás del personaje público.

Entre los entrevistados que desmontaron sus prejuicios cita a Leiva, Gerard Piqué o Bárbara Rey. También recuerda casos en los que ocurrió lo contrario: figuras a las que admiraba y que, durante la conversación, resultaron menos interesantes de lo esperado.

Una entrevista no siempre debe incomodar

Díaz-Guerra rechaza la idea de que toda buena entrevista deba resultar incómoda.

La exigencia depende del propósito y del espacio en el que vaya a publicarse. Una entrevista de actualidad a un político debe confrontarlo con su gestión. Un perfil de verano, una conversación cultural o una pieza destinada a conocer la dimensión personal del entrevistado pueden perseguir otro objetivo.

No existe, por tanto, una única forma legítima de entrevistar. Lo esencial es saber qué pieza se está construyendo y no engañar al lector sobre su naturaleza.

Las presiones forman parte del oficio

Todos los periodistas que pasan por La Plaza responden a una pregunta: cuál ha sido la mayor presión recibida durante su carrera.

Díaz-Guerra recuerda los años en los que cubría la información del Atlético de Madrid y recibía llamadas frecuentes de Miguel Ángel Gil Marín para cuestionar determinadas informaciones.

No interpreta esa conducta como un episodio heroico. La presión externa forma parte del trabajo periodístico. Un club, una empresa, un político o una discográfica intentarán defender sus intereses. La responsabilidad del periodista consiste en no ceder.

La presión realmente difícil sería la ejercida desde el interior de la propia empresa periodística para evitar una publicación. En ese caso, quien intenta condicionar la información es también quien paga el salario y sostiene el puesto de trabajo.

El personaje televisivo

Díaz-Guerra asegura que no interpreta ningún personaje cuando interviene en televisión.

Llegó a las tertulias políticas después de los 40 años, sin una trayectoria televisiva relevante y sin adaptar en exceso su aspecto o su manera de expresarse. Precisamente esa naturalidad, cree, explica que siguieran llamándolo.

Reconoce, sin embargo, algunos límites. Representa a un periódico cuya orientación editorial no coincide por completo con la suya y evita atacar a su propio medio por respeto profesional, aunque nadie se lo haya exigido.

También admite que en ocasiones prefiere callar. No por una presión externa, sino porque no tiene una opinión suficientemente formada o porque no dispone de datos sólidos.

Esa prudencia contrasta con una televisión que a menudo premia el grito, el enfrentamiento y la frase viral. Díaz-Guerra puede permitirse no sobreactuar porque no depende económicamente de la televisión. Su profesión sigue siendo el periodismo escrito.

La vivienda que no contamos

La conversación desemboca en la pregunta que termina dando sentido al episodio: qué asunto importante permanece fuera del debate porque no genera suficiente audiencia.

Para Díaz-Guerra, la respuesta es clara: la vivienda.

Los medios hablan de ella, pero con frecuencia lo hacen a través de la okupación. El caso concreto, el conflicto y las imágenes funcionan bien en televisión. Sin embargo, ese encuadre no refleja la dimensión real del problema.

La dificultad para acceder a una vivienda está condicionando ya a más de una generación. Afecta a la emancipación, la natalidad, el ahorro, la movilidad laboral y la construcción de patrimonio.

Pese a ello, la conversación pública dedica más tiempo a casos llamativos que a debatir con profundidad sobre oferta, precios, especulación, regulación o modelo urbanístico.

No todo lo trivial distrae

El episodio también reserva espacio para una polémica ligera: la conversación televisiva sobre la vestimenta de los invitados a la boda de Susanna Griso.

Díaz-Guerra no considera problemático que los medios hablen de ello. La cultura popular, el entretenimiento y los asuntos frívolos también forman parte de la vida y pueden ocupar legítimamente un espacio.

La diferencia está en no confundir ese entretenimiento con una cuestión estructural.

Hablar de una boda durante un rato no altera la comprensión de la realidad. Convertir la okupación en el principal relato sobre la vivienda sí puede hacerlo.

Lo llamativo y lo importante

El periodismo no solo decide de qué habla. También decide qué importancia concede a cada asunto.

Una historia concreta puede ser cierta, relevante y estar bien contada. El problema aparece cuando se utiliza para representar una realidad mucho más amplia de la que realmente explica.

En vivienda, la okupación puede ocultar el problema del acceso. En información económica, el ebitda puede desplazar al beneficio neto y ofrecer una lectura incompleta del resultado de una empresa.

Lo llamativo no siempre es lo importante.

Contar bien exige encontrar historias, rostros y conflictos capaces de atraer la atención. Pero también exige mantener la escala, jerarquizar los hechos y no perder de vista qué explica realmente la realidad.

Porque el periodismo no solo debe contar lo que sucede.

También debe ayudar a entender cuánto importa.

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