Costa y Sánchez: dos modelos gemelos de poder, dos países con los mismos problemas
Ambos fueron elogiados en Bruselas como ejemplos de estabilidad política, crecimiento económico y moderación frente al auge de los populismos, pero conviene preguntarse qué legado dejan realmente ambos dirigentes a Portugal y España
Durante años, António Costa y Pedro Sánchez fueron presentados como la prueba de que la izquierda del sur de Europa había encontrado la fórmula perfecta para gobernar. Ambos fueron elogiados en Bruselas como ejemplos de estabilidad política, crecimiento económico y moderación frente al auge de los populismos. Sin embargo, una vez disipado el relato, conviene preguntarse qué legado dejan realmente ambos dirigentes a Portugal y España.
La respuesta resulta menos favorable de lo que durante años se quiso transmitir.
Aunque las circunstancias nacionales son diferentes, Costa y Sánchez representan dos variantes de un mismo modelo político: el poder sustentado en alianzas heterogéneas, concesiones permanentes a socios radicales o nacionalistas y una creciente subordinación de las instituciones a las necesidades de supervivencia del Gobierno.
En Portugal esa fórmula recibió el nombre de «Geringonça». En España se popularizó como la «Coalición Frankenstein». En ambos casos el objetivo era idéntico: impedir el acceso de la derecha al poder mediante una suma parlamentaria que muchos consideraban políticamente contradictoria.
La estabilidad tenía un precio
Es cierto que tanto Portugal como España registraron crecimiento económico durante buena parte de sus mandatos.
Pero sería intelectualmente deshonesto atribuir ese crecimiento exclusivamente al mérito de ambos gobiernos.

Los dos países se beneficiaron de circunstancias extraordinarias: una política monetaria ultralaxa del Banco Central Europeo, tipos de interés prácticamente nulos durante años, un extraordinario flujo de fondos europeos tras la pandemia, una fuerte recuperación del turismo y un contexto internacional muy favorable hasta el estallido de la guerra de Ucrania.
La verdadera cuestión no consiste en saber si crecieron, sino si aprovecharon ese crecimiento para transformar estructuralmente sus economías.
La respuesta parece ser negativa.
Portugal continúa registrando una de las productividades más bajas de Europa Occidental, salarios insuficientes para retener talento joven, un mercado inmobiliario profundamente desequilibrado, infraestructuras estratégicas largamente retrasadas y un Estado excesivamente burocrático. Diversos analistas han señalado además la persistencia de déficits en inversión pública y reformas estructurales pendientes.
España presenta problemas similares: productividad estancada, elevada deuda pública, desempleo juvenil entre los más altos de la Unión Europea, creciente presión fiscal y una economía excesivamente dependiente del turismo y los servicios.
En ambos casos, el crecimiento ocultó problemas que nunca llegaron a resolverse.
La política como ejercicio permanente de supervivencia
Si existe un rasgo común entre Costa y Sánchez es la capacidad extraordinaria para sobrevivir políticamente.
Ambos demostraron una enorme habilidad negociadora.
Pero esa habilidad tuvo un coste.
En Portugal, la “Geringonça” obligó al Partido Socialista a depender del “Bloco de Esquerda” y del “Partido Comunista” durante buena parte de la legislatura, condicionando múltiples decisiones políticas.
En España, Pedro Sánchez ha construido mayorías sucesivas apoyándose en una constelación de partidos independentistas, nacionalistas y de izquierda radical con agendas frecuentemente incompatibles entre sí.
La consecuencia ha sido una política basada más en mantener la mayoría parlamentaria que en ejecutar un proyecto nacional coherente.
Las decisiones estratégicas quedaron con frecuencia subordinadas a la negociación presupuestaria o a las exigencias de socios indispensables para continuar gobernando.

La erosión institucional
Otro paralelismo resulta especialmente significativo.
Ambos gobiernos fueron acusados repetidamente de intentar ampliar el control político sobre instituciones independientes.
En Portugal, la etapa final de António Costa quedó marcada por investigaciones judiciales que afectaron a miembros del Gobierno y culminaron con su dimisión como primer ministro en noviembre de 2023, aun cuando posteriormente parte de las sospechas iniciales no se confirmaron judicialmente.
En España, Pedro Sánchez ha afrontado una creciente controversia política por reformas relacionadas con el poder judicial, la Fiscalía, los organismos reguladores y la radiotelevisión pública, además de diversos casos judiciales y políticos que han afectado a personas de su entorno y al PSOE. Aunque las responsabilidades concretas siguen siendo objeto de procedimientos judiciales y debate político, la acumulación de controversias ha intensificado la polarización institucional.
No se trata únicamente de posibles casos de corrupción.
El problema es la percepción creciente de que las instituciones dejan de ser árbitros independientes para convertirse en escenarios de confrontación política.
Cuando esa percepción se instala, la confianza ciudadana comienza a deteriorarse.
La fractura territorial
España afronta además un desafío que Portugal no comparte.
La dependencia parlamentaria de partidos independentistas ha reabierto un debate permanente sobre la igualdad entre ciudadanos y el equilibrio territorial.
Las negociaciones sobre amnistías, financiación singular o competencias autonómicas han alimentado la percepción de que la gobernabilidad depende de concesiones constantes a minorías territoriales.
En Portugal, aunque no existe un problema comparable, la excesiva concentración del poder político y económico en Lisboa continuó agravando los desequilibrios territoriales, sin que los distintos gobiernos impulsaran una regionalización efectiva o una reforma profunda del modelo de desarrollo.
El auge de nuevas fuerzas políticas
Paradójicamente, tanto Costa como Sánchez pretendían contener el avance de la derecha populista.
El resultado parece haber sido justamente el contrario.
En Portugal, el crecimiento de “Chega” transformó completamente el mapa político tras el ciclo de António Costa.
En España, “Vox” se consolidó como una fuerza estructural mientras aumentaba la polarización política.
Cuando amplios sectores sociales perciben que las instituciones ya no representan imparcialmente al conjunto de la ciudadanía, aumenta inevitablemente el voto de protesta.

El verdadero legado
Costa y Sánchez serán probablemente recordados como dos extraordinarios tácticos.
Dominaron como pocos el arte de construir mayorías parlamentarias.
Supieron resistir crisis que habrían derribado a otros gobiernos.
Pero gobernar no consiste únicamente en permanecer en el poder.
También implica dejar un país más competitivo, unas instituciones más fuertes y una sociedad más cohesionada.
En ese terreno, el balance resulta bastante más discutible.
Portugal continúa enfrentándose a problemas estructurales prácticamente idénticos a los de hace una década.
España aparece hoy más polarizada, más fragmentada territorialmente y con una crispación institucional desconocida desde la Transición.
La “Geringonça” portuguesa y la “Coalición Frankenstein” española consiguieron mantener gobiernos estables durante años.
La gran incógnita es si esa estabilidad fue auténtica o simplemente una apariencia sostenida por circunstancias económicas excepcionales y por una sofisticada ingeniería parlamentaria.
Porque la verdadera medida de un legado político no reside en el tiempo que un dirigente permanece en el poder, sino en la fortaleza del país que deja cuando abandona el Gobierno.