La olla a presión que Rabat abre cuando le conviene

Esa presión de una población muy joven, golpeada por el paro y por la falta de expectativas, no es para el régimen de Rabat solo un problema migratorio, es un problema social

Viví seis años en Rabat y recorrí Marruecos de arriba abajo como corresponsal de RTVE (2001-2007). Tiempo suficiente para entender que se trata de un país que no se puede explicar desde Madrid con los mismos parámetros con los que explicamos cualquier otro conflicto europeo. No funciona igual. No piensa igual. Y, desde luego, no gestiona sus problemas sociales igual. Por eso me desespera escuchar a ministros españoles hablar de «crisis migratoria» cada vez que Rabat abre la válvula de su olla a presión y miles de jóvenes aparecen en Ceuta.

La entrada masiva del 30 de julio y los miles que todavía permanecen en la ciudad han vuelto a demostrarlo. No es una crisis migratoria. Es una decisión política de un régimen que sabe exactamente lo que hace y cuándo hacerlo.

Marruecos tenía 36,8 millones de habitantes en el censo de 2024 y más de la mitad de su población no había cumplido los 35 años. Hagan el cálculo: una generación enorme, cerca de 20 millones de chicos y chicas, muchos de los cuales han perdido la esperanza de desarrollar su vida en un país donde el desempleo juvenil, la desigualdad, la corrupción y la represión se alimentan mutuamente. Una parte importante procede del medio rural castigado por la escasez y ha llegado a las ciudades con una formación insuficiente y escasas oportunidades.

En los sectores más tradicionales educados en el Islam, pesa una concepción religiosa y patriarcal del mundo que choca en aspectos esenciales con las leyes y costumbres de una sociedad democrática como la española.

Lo vi en Rabat, en Casablanca y en otras ciudades, y ahora lo veo reflejado en Ceuta. La mujer, por ejemplo, se sigue viendo en amplios sectores como alguien menor de edad que debe ser tutelada durante toda su vida: por su padre, sus hermanos o el marido.

Inmigrantes en Ceuta
Inmigrantes en Ceuta. Europa Press

Ese componente cultural ayuda a explicar que la inmensa mayoría de quienes emprenden solos el cruce sean varones jóvenes. Por eso, cuando entre la multitud hay mujeres o menores, las autoridades deben extremar su protección. No es una casualidad estadística. Es también la consecuencia de una sociedad machista que convierte a la mujer en alguien vulnerable si no está protegida por un hombre.

Esa presión de una población muy joven, golpeada por el paro y por la falta de expectativas, no es para el régimen de Rabat solo un problema migratorio. Es un problema social que el Makhzen gestiona con dos herramientas: la represión interior y la válvula de escape exterior. La represión la aplica con una eficacia que las organizaciones internacionales de derechos humanos documentan con puntualidad y que nadie en Europa quiere denunciar demasiado alto porque Marruecos es el dique que nos separa del Sahel. La válvula la abre cuando le conviene: cuando quiere presionar a España, cuando necesita reducir la tensión social interna o cuando le interesa recordar a Europa lo que puede ocurrir si deja de considerar útil a Rabat.

El régimen siempre obtiene alguna ventaja de estos movimientos. Primero, porque rebaja la presión de una juventud a la que no ofrece futuro. Segundo, porque, si esos jóvenes llegan a Europa, muchos enviarán remesas a sus familias: esas transferencias equivalieron en 2025 a alrededor del 7,5% del PIB marroquí, un flujo que ningún Gobierno de Rabat puede permitirse perder. Y tercero, en el caso específico de Ceuta, porque cada episodio de descontrol fronterizo alimenta el objetivo estratégico que el Makhzen nunca ha ocultado: cuestionar la españolidad de un territorio que Rabat considera suyo.

Llamar a esto «problema migratorio» no es solo un eufemismo. Es una distorsión que sirve para tres cosas: diluir la responsabilidad del Gobierno marroquí en sus decisiones políticas, presentar a quienes cruzan exclusivamente como víctimas de las mafias —cuando son personas utilizadas como instrumentos de presión— y desviar la atención de la sociedad española del verdadero alcance del problema, que es geopolítico.

Lo sé porque lo vi durante seis años desde dentro. Marruecos no es un país pobre incapaz de controlar sus fronteras. Es un Estado que construye uno de los mayores estadios de fútbol para el Mundial y que desarrolla puertos capaces de competir con los españoles. Está claro que gestiona sus fronteras con precisión cuando le interesa hacerlo. Y si se empujan las puertas de Ceuta, es porque alguien en Rabat ha decidido que se empujen. La olla contiene una generación joven en ebullición. Así que, cuando la válvula se abre, ya sabemos que la presión nos tocará sufrirla a nosotros.

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