Euskadi crece, pero su industria empieza a encogerse
La industria no es solamente un sector más de la economía
Los principales indicadores dibujan una economía vasca razonablemente sólida. En el primer trimestre de 2026, el PIB creció un 2,2% interanual, el empleo aumentó un 1,3% y Euskadi consolidó una cifra histórica: más de un millón de puestos de trabajo. La tasa de paro descendió hasta el 6,7%, un nivel que muchas regiones españolas y europeas quisieran para sí.
Podríamos concluir, por tanto, que la economía vasca marcha bien. Pero debajo de esas cifras aparece una señal preocupante: casi todo el nuevo empleo procede de los servicios, mientras la ocupación industrial retrocede. Al mismo tiempo, las exportaciones disminuyen, las importaciones aumentan y el sector exterior vuelve a restar crecimiento.
Euskadi crece, sí, pero su industria empieza a encogerse.
La afirmación puede parecer exagerada porque todavía conservamos una densidad industrial superior a la media española, empresas internacionalizadas, buenos centros tecnológicos y una valiosa cultura del trabajo. Sin embargo, ningún liderazgo económico se mantiene por herencia. También fueron industriales territorios europeos que hoy viven de recordar las fábricas que tuvieron.
La industria no es solamente un sector más de la economía. Produce empleo estable y cualificado, impulsa la innovación, genera exportaciones y sostiene una extensa red de proveedores. Alrededor de una fábrica viven transportistas, ingenierías, talleres, comercios y servicios profesionales. Cuando desaparece una empresa industrial, no se pierde únicamente su facturación: se destruye un ecosistema que ha tardado décadas en formarse.
Conozco esa realidad desde dentro. Dirigir una empresa industrial significa convivir cada día con el coste energético, la burocracia, la financiación, la dificultad para encontrar trabajadores especializados y la competencia de países con reglas muy diferentes. También significa comprobar que la sociedad elogia la industria en los discursos, pero frecuentemente la dificulta mediante sus decisiones.
El deterioro industrial vasco no responde a una sola causa. Alemania, uno de nuestros principales mercados, atraviesa una prolongada debilidad manufacturera. El proteccionismo estadounidense y la competencia china presionan nuestras exportaciones. La energía continúa siendo cara e incierta. La inversión pierde impulso y las empresas deben afrontar simultáneamente la digitalización, la descarbonización y una creciente carga regulatoria.
A ello se añade un problema cultural. Durante años hemos transmitido a los jóvenes que el éxito consistía en alejarse del taller. Hemos desprestigiado la formación profesional y convertido el trabajo manual cualificado en una opción secundaria. Ahora faltan
matriceros, soldadores, armeros, torneros, ajustadores y técnicos de mantenimiento, mientras muchos titulados universitarios aceptan empleos que no requieren su formación.
También hemos confundido protección social con protección frente a cualquier exigencia. Una economía industrial necesita derechos laborales, pero igualmente productividad, responsabilidad y flexibilidad. Sin empresas competitivas no existen salarios elevados ni servicios públicos sostenibles. La riqueza debe distribuirse justamente, pero antes hay que crearla.
Euskadi todavía está a tiempo de reaccionar. Conserva conocimiento, capital, tradición empresarial y una red de pequeñas y medianas compañías difícil de reproducir. Pero necesita una política industrial menos retórica y más práctica.
La primera prioridad es garantizar energía suficiente, competitiva y previsible. La segunda, simplificar radicalmente los procedimientos administrativos. La tercera, favorecer que las pymes crezcan, se fusionen y ganen dimensión internacional. La cuarta, dignificar los oficios industriales y conectar la formación profesional con las necesidades reales de las empresas. La quinta, acelerar la incorporación de inteligencia artificial, automatización y robótica sin presentar cada avance tecnológico como una amenaza para el trabajador.
También debemos recuperar el reconocimiento social del empresario. Sin personas dispuestas a invertir, arriesgar patrimonio, contratar trabajadores y responder ante clientes y proveedores no hay industria. La empresa no puede ser tratada permanentemente como sospechosa y, al mismo tiempo, ser requerida para financiar todas las aspiraciones colectivas.
Este debate trasciende al País Vasco. España necesita más industria si desea conservar autonomía económica, financiar su Estado del bienestar y ocupar una posición relevante en Europa. Euskadi puede volver a ejercer como uno de sus grandes motores productivos, pero para ello debe mirar los datos completos y no conformarse con los titulares positivos.
Superar el millón de empleos es una magnífica noticia. Que disminuya el empleo industrial, no. Una economía puede crecer durante algún tiempo apoyándose en el consumo y los servicios. Pero si pierde sus fábricas, sus oficios y su capacidad exportadora, acaba perdiendo también su independencia.
La industria vasca no necesita nostalgia. Necesita electricidad, inversión, talento, libertad empresarial y una sociedad que vuelva a sentirse orgullosa de fabricar.