El último año del siglo americano

Cada día que pasa desde el 8 de noviembre parece más obvio que 2017 no traerá una mera continuación de las convulsiones geopolíticas de 2016. La elección de Donald Trump ha elevado de categoría, como los huracanes, el potencial destructivo del nuevo año. Puede que, cuando tome posesión el nuevo presidente, se inicie el último año de una era: el Siglo Americano… que empezó con un telegrama y termina con una salva de tuits.

En enero de 1917, el Telegrama Zimmermann (*) propició la entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra. Un cuarto de siglo después, el país se movilizó de nuevo, masivamente, tras el ataque japonés a Pearl Harbor. América salió de la segunda contienda mundial cuatro años más tarde victoriosa y fortalecida, en contraste con la devastación general. Y convertida en la primera superpotencia nuclear.

Ahora Trump, por medio de Twitter, su herramienta política preferida, ofrece un anticipo de una política radicalmente diferente. Si Woodrow Wilson aplacó las inclinaciones aislacionistas hace un siglo diciendo «nos guste o no, debemos participar en los acontecimientos del mundo», el próximo presidente considera que el mundo actual «es un desastre» causado por sus predecesores: «Lo que han hecho no funciona; yo no voy a hacer lo mismo».

Despreciando tradición –»sólo hay un presidente hasta que toma posesión el siguiente»—Trump ha avanzado sus prioridades por medio de sus tuits y nombramientos: China, Oriente Medio y el acuerdo nuclear con Irán, y Rusia. En todos los casos, su postura es la opuesta a la de la administración saliente. Y también en todos, su intervención ha provocado nerviosismo internacional y dudosos beneficios para su propio país.

Barack Obama, por su lado, ha querido despedirse con una traca final de medidas duras, algo inusual en los últimos días de un mandato presidencial. Son gestos más simbólicos que sustantivos, destinados a marcar distancias respecto de su sucesor y a dejar testimonio postrero de su visión sobre el prohijado más cercano de EE.UU y su rival más tradicional.

Primero fue la condena en el Consejo de Seguridad de los asentamientos israelíes en Cisjordania, aprobada gracias a la abstención de EE.UU. La decisión fue el desquite en diferido de Obama por el discurso de Benjamín Netanyahu ante el Congreso americano en marzo de 2015, donde, invitado por la mayoría republicana, atacó con furia el acuerdo nuclear con Irán.

No había amainado el vendaval cuando Obama disparó su segunda y más sonora andanada: una batería de sanciones contra intereses rusos y la expulsión de 35 de sus nacionales en respuesta a los ciberataques al proceso electoral americano que los servicios de seguridad americanos atribuyen a Rusia.

La reacción del presidente electo al episodio de la ONU fue del más puro estilo trumpiano: «Nunca más», tuiteó. «Primero fue el pésimo acuerdo con Irán. ¡Y ahora ésto! Mantente fuerte, Israel. El 20 de enero se acerca». Ante el conflicto con Rusia fue inicialmente más prudente: «Es hora de avanzar hacia asuntos mayores y mejores», dijo, añadiendo que se reuniría esta semana con los servicios de inteligencia para ponerse al día de la situación. Sin embargo, horas después volvió a arrojar dudas sobre las acusaciones afirmando, críptico, que «tiene datos que otros desconocen» y que los revelará en su momento.  

Trump sabe que su cordialidad hacia Vladimir Putin despierta grandes recelos entre demócratas, republicanos y el estamento militar y de seguridad. No es fácil olvidar décadas de desconfianza ruso-americana. Descontar las acusaciones de injerencia rusa puede causarle problemas cuando el Senado examine sus nombramientos más polémicos, particularmente el de su Secretario de Estado, Rex Tillerson. Esas recelos se reforzaron por la moderación mostrada por Putin ante las sanciones. Al abstenerse de ordenar represalias inmediatas, frustró el envite de Obama anunciando que esperará a que Trump tome posesión para decidir. «Gran jugada de V Putin», tuiteó Trump el día 30, mostrando de nuevo su admiración por el líder ruso. «Siempre supe que es muy listo». 

A partir de 1945, el autodenominado líder del mundo libre ha sido determinante en la configuración del orden global: desde la creación de las Naciones Unidas a la de la OTAN; desde el sistema monetario acordado en Bretton Woods a la Comunidad Europea, que no hubiera sido posible sin la reconstrucción financiada por el Plan Marshall.

La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética en 1991. El sistema demo-liberal liderado por EE.UU. se impuso al modelo socialista de la URSS y sus satélites. Ese triunfal Final de la Historia proclamado por Francis Fukuyama contrasta con lo que advertía aquellos mismos días Giorgi Arbatov, el mítico amerikanisti del Kremlin: «Esta victoria se volverá en contra de Occidente; les hemos dejado sin enemigo».

Arbatov, fallecido en 2010, vivió para comprobar cómo los excesos del sistema vencedor –los desequilibrios de la globalización, la voracidad de la economía especulativa, las políticas ultra-liberales— le daban la razón. Esos agravios, junto a fiascos como la II Guerra del Golfo, Libia o el drama de Siria y su secuela de refugiados, alimentan la tensiones de un mundo dividido y peligroso sobre el que EE.UU. y Europa han perdido el control.

La geopolítica aborrece los vacíos, tanto geográficos como de poder. Móvil, oportunidad y medios: Vladimir Putin tiene la motivación, aprovecha las oportunidades y sabe dotarse de los recursos –políticos, económicos y militares—para llenar esos vacíos. Primero se erigió en salvador de Rusia. Luego, la transformó en una potencia agresiva, empeñada en extender su lebensraum más allá de sus repúblicas vecinas por medio de la influencia política y la acción militar.

Ni la nueva izquierda populista que encarna en España Podemos, ni el nacional-populismo de Le Pen, Petry o Wilders se muestran particularmente críticos con el expansionismo ruso, no muy diferente de la política intervencionista americana que durante años mereció el calificativo –aún vigente—de imperialista.

Y Donald Trump tampoco. La elección de Tillerson –CEO de ExxonMobil, socio de la petrolera rusa Rosneft y amigo de Putin—como futuro secretario de Estado aviva los temores acerca de un giro copernicano consistente en un laissez faire complaciente con las ambiciones de Rusia. Las implicaciones para la OTAN, para el flanco oriental de la UE, para Oriente Medio y Asia Menor, son trascendentales. Y la primera prueba será la suerte de las sanciones a Rusia por su aventura en Ucrania y Crimea, cuyo levantamiento pedía ya Tillerson desde ExxonMobil,

La anexión de Crimea, los tanteos navales y aéreos en el Báltico, la masiva intervención en Siria, la alianza con Irán y el acercamiento a Turquía demuestran que Rusia sigue siendo, como fue la URSS, la amenaza principal de EE.UU. en términos geopolíticos. Pero también lo es de Europa. Sin el paraguas americano, la capacidad de la UE para responder a la creciente influencia rusa queda seriamente debilitada.

Hace una década Trump o la versión actual de Putin se hubieran topado con una Unión Europea todavía unida y liderada por figuras fuertes. Hoy solo queda Angela Merkel, apremiada por su flanco derecho. La crisis y el desapego político han minado la moral de la Unión, dividida por la troika entre países acreedores o deudores. Gran Bretaña está en vísperas de irse y unas próximas elecciones en Italia podrían encumbrar a un movimiento partidario de abandonar la Eurozona, lo que supondría la casi segura desaparición del Euro.

Las mismas pulsiones que dieron la victoria a Trump determinarán en 2017 el futuro inmediato de la Unión: el rechazo del extranjero; la irritación ante las injusticias atribuidas a la globalización o a los bancos y la aversión creciente a los burócratas de Bruselas.

Esas percepciones, alimentadas por el miedo, hacen que la sociedad abierta no sea ya un ideal sino un peligro y que se acepte canjear la libertad por seguridad. El optimismo con que Europa acogió a Barack Obama y su lema Hope (esperanza) cuando aún era candidato, ha sido sustituido por el discurso populista y xenófobo de figuras como Marine le Pen (financiada por bancos rusos) en Francia, Frauke Petry en Alemania o Beppe Grillo en Italia

Es difícil aventurar hasta dónde llegará Donald Trump. Pero si el interregno presidencial es indicativo de lo que será su mandato, es posible que quienes antaño clamaban Yankee Go Home consigan finalmente su deseo. Falta saber si los tics de la vieja política y la corrección de la nueva admitirán una nueva consigna: Russians Go Home.

(*) El Telegrama Zimmermann fue un mensaje cifrado del ministro de Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, enviado en enero de 1917 a su embajador en México. Se le ordenaba proponer al gobierno mexicano una alianza contra EE.UU. Interceptado y descifrado, cuando se difundió su contenido, la opinión publica americana se tornó favorable a la entrada del país en la I Guerra Mundial.