Los trenes de Sánchez

El ministro Óscar Puente prometió trenes a 350 kilómetros por hora, y lo que tenemos son trayectos a velocidad de resignación

Hace apenas unos días celebraba, con esa ironía resignada que hemos convertido en un mecanismo de defensa psicológico, haber llegado de Barcelona a Madrid con “solo” una hora y media de retraso. Lo contaba casi como una anécdota simpática: ahora, en cada trayecto del AVE, puedo leer un libro, un par de periódicos y escribir el artículo para Economía Digital. Sin embargo, en el viaje de vuelta la espera pasó a ser una broma de mal gusto. El tren de las 16.57 no salía de la estación de Atocha. Pasaba el tiempo y ya empezábamos a temer la cancelación cuando, al final, las pantallas anunciaron una demora de 200 minutos. Sí, dos cientos. Y no solo eso: el supuesto tren directo a Barcelona terminó acoplado a otro convoy que hacía todas las paradas. Llegamos a la estación de Sants a la una y media de la madrugada, con la sensación de haber cruzado no el país, sino una época. Habíamos regresado al pasado.

No es un episodio aislado, como todos los españoles sabemos y sufrimos. Es el día a día de cientos de miles de usuarios tanto del AVE como de Rodalies. Bajo el Gobierno de Pedro Sánchez, la red de alta velocidad, otrora símbolo de modernidad, cohesión y ambición nacional, se ha convertido en una maldita ruleta rusa ferroviaria. El ministro Óscar Puente prometió trenes a 350 kilómetros por hora, y lo que tenemos son trayectos a velocidad de resignación. El AVE va como Rodalies, y Rodalies no va. Y cuando va, va a medias, y nadie sabe cómo ni hasta cuándo. La alta velocidad se ha degradado hasta parecer un cercanías con complejo de grandeza.

Los usuarios vivimos en un estado de inseguridad continua. No hablamos solo de incomodidad. Son reuniones perdidas, conexiones internacionales frustradas, exámenes a los que se llega tarde, familias varadas en estaciones sin información fiable. El perjuicio no es únicamente emocional, aunque la erosión de la confianza ya sería motivo suficiente de alarma. Es, sobre todo, económico. Cada retraso masivo multiplica costes: horas de productividad evaporadas, contratos que no se cierran, inversiones que se caen. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados

En el fondo, el problema va mucho más allá de lo coyuntural y técnico: es cultural y político. Tenemos un Gobierno que, a pesar de la degradación y el caos, no va a alterar el orden de sus prioridades ya que la gestión jamás ha figurado entre ellas. Así, el deterioro de las infraestructuras ferroviarias (y también de las viarias y las eléctricas) no es fruto del azar ni de una racha de mala suerte, sino la consecuencia lógica de una forma de gobernar. Y esa forma no solo no se corregirá con Pedro Sánchez; previsiblemente se intensificará. Lo peor está por llegar.

Tenemos un Gobierno que, a pesar de la degradación y el caos, no va a alterar el orden de sus prioridades ya que la gestión jamás ha figurado entre ellas

Cuando el poder se convierte en el fin único, el Estado pasa a ser un instrumento moldeable al servicio de la supervivencia política. Las cesiones constantes a socios cuyo proyecto declarado es debilitar España no fortalecen la arquitectura institucional: la erosionan gravemente. Y cuando los resultados no acompañan, la reacción no es rectificar, sino redoblar la propaganda y elevar el tono de la confrontación. Contra la oposición, por supuesto; pero también contra Estados Unidos y hasta contra la Unión Europea si conviene al relato. Incluso contra voces internas del propio PSOE, como demuestra el ignominioso ataque al ya fallecido Javier Lambán.

El sanchismo, en definitiva, ha perfeccionado la técnica del procés que consiste en sustituir la gestión por el conflicto. Se ha parapetado tras un muro que lleva años levantando a conciencia. Donde antes había planificación estratégica, hoy hay construcción de relato. Donde antes se exigía eficiencia y resultados, ahora se demanda adhesión inquebrantable. Y esa mutación tiene consecuencias inevitables en la selección de las élites gubernamentales. No se premia la competencia técnica, sino la capacidad de confrontar. No se busca al mejor gestor, sino al más eficaz agitador. 

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de mirar a los ojos a (Oscuro) Puente en el Senado y pedirle su dimisión por inútil, mentiroso y negligente. Me contestó que no pensaba hacerlo porque él era “un buen ministro”. Y la verdad es que, en términos sanchistas, tenía toda la razón del mundo. Su nombramiento como ministro de Transportes no respondía a una trayectoria sobresaliente en la gestión, sino a su acreditada habilidad en la trifulca digital y en la descalificación parlamentaria. Es el perfil idóneo cuando el ministerio se concibe más como una trinchera populista que como una oficina de planificación. Ya podemos pedir su dimisión todos los días y a todas horas, pero Puente está haciendo el trabajo que le encargaron: pelotear al p. amo y atacar a la oposición. Punto. Así pues, al pedir responsabilidades, debemos apuntar a Sánchez.

España no necesita más falsas promesas ni ministros tuiteros. Necesita mantenimiento preventivo, inversión inteligente, previsión a largo plazo y transparencia en la rendición de cuentas. Necesita que las infraestructuras funcionen antes de que se inauguren campañas de propaganda. Pero eso no pasará mientras Sánchez esté en el poder. Si los descarrilamientos de trenes se multiplican en España es porque sufrimos un gobierno que, en cuestiones de ética y gestión, descarriló el mismo día de la investidura.

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