Pedro Sánchez durante la cumbre del Consejo Europeo, celebrada de forma telemática. EFE

Alemania vs el sur: la UE vuelve a flaquear en momentos de crisis

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España e Italia se plantan ante Alemania y Holanda, que intentan zanjar la cumbre del Consejo Europeo sin soluciones concretas a la crisis del coronavirus

Barcelona, 27 de marzo de 2020 (09:31 CET)

La crisis financiera de 2008 y sus consecuencias, con los países del sur de Europa –Grecia, Italia y España principalmente– en serios problemas y Alemania, austeridad en mano, liderando la doctrina dura del déficit, amenaza de repetirse en el Viejo Continente en un sentido: en una situación muy comprometida, la Unión Europea vuelve a exhibir división, lo que bloquea la toma de decisiones que solucionen los problemas. La diferencia ahora es que la crisis del coronavirus no solo es económica, sino también sanitaria, y avanza a una velocidad que no permite vacilaciones.

La cumbre del Consejo Europeo que se celebró este jueves fue un déjà vu de crisis pasadas, con los países del sur pidiendo soluciones y los del norte echando el freno. Ni el hecho de que la reunión se celebrase de manera telemática, lo que da una imagen clara de la magnitud del problema, mentalizó a los presidentes de los Veintisiete de que tenían que ponerse de acuerdo y tomar medidas. El encuentro terminó con poca concreción y pasando la pelota al Eurogrupo, que tendrá que proponer medidas en 15 días.

Las dos Europas se visualizaron de nuevo en el Consejo Europeo. Aunque había países más cerrados a la intervención de la UE que Alemania, como Holanda y Austria, fue el país presidido por Angela Merkel, por importancia dentro de la Unión, el que abanderó la resistencia a destinar recursos comunitarios a la solución y salida de la crisis económica provocada por la pandemia de la Covid-19. Otra vez la austeridad como bandera.

Pedro Sánchez y Giuseppe Conte se plantaron ante la línea dura que lideró Angela Merkel austeridad en mano

La reunión debía servir para tomar medidas concretas para que los países puedan ayudar al tejido económico para que se levante de este golpe. Para ello, España e Italia, los países por ahora más afectados por la pandemia y también los que han tenido una reacción menos efectiva, reclamaron un Plan Marshall europeo con ayudas concretas, similar al plan de 2,2 millones aprobado por el Senado de los Estados Unidos.

Sin embargo, la cumbre del Consejo Europeo no iba por ese camino. La posición que se iba imponiendo era la de favorecer las soluciones nacionales. Es decir, que el papel de la UE se limite a flexibilizar los objetivos de déficit, algo en lo que sí coinciden todos, para permitir a los Estados gastar más en la respuesta a la crisis. Alemania, Holanda y Austria se negaron a destinar recursos comunitarios.

Esta posición provocó, según relata El País, que cuando el consejo se disponía a aprobar unas conclusiones poco concretas y se emplazaba a reunir el Eurogrupo con medidas más específicas en tres semanas, Pedro Sánchez y Giuseppe Conte se plantaron y no dieron su aprobación al texto.

Conte exigió que las soluciones se pactaran en 10 días en vez de en 21 y Sánchez pidió trasladar a los ministros de Economía un mandato más concreto para pactar las soluciones. Tampoco lograron lo que querían. El Eurogrupo se celebrará una semana antes, en 14 días, pero sin más concreciones.

Reunión tensa y duras acusaciones

Otro punto de fricción fue la emisión de eurobonos, o coronabonos, como los han llamado ahora, para financiar la salida de la crisis. Sería una emisión de deuda de la UE para repartir entre los países, que de esta manera no tendrían que endeudarse en los mercados a un coste más alto. España los ha defendido, como Italia y otros siete países, incluida Francia, pero Merkel se cerró en banda.

Todas estas desavenencias generaron tensión y terminaron alargando la reunión durante seis horas. El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Como muestra, un ministro holandés culpó a España e Italia de no haber ahorrado en tiempos de bonanza para prepararse para una crisis como esta. El primer ministro portugués, el socialista António Costa, salió al paso y calificó este discurso como “repugnante”.


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