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La llegada de Enrique Hevia a la presidencia de Freixenet en enero termina con los rumores y pone de manifiesto cuál era el gran elemento distorsionador

Dirección del grupo Freixenet, con Enrique Hevia (detrás, a la derecha), al lado de Pedro Ferrer y José Luis Bonet

Barcelona, 06 de marzo de 2017 (05:00 CET)

Freixenet está buscando comprador, pero el ritmo y el tono han cambiado después de los cambios en su cúpula. La llegada de Enrique Hevia a la presidencia ejecutiva, en enero, ha terminado con los rumores internos sobre la venta, las críticas a la gestión y las discrepancias. Si las hay, se despachan de puertas para adentro. Al pasar de la oposición al poder, Hevia ha pasado de la queja a imponer la ley del silencio.

El primer fabricante de cava resolvió en diciembre parte del conflicto que llevaba casi un año enquistado. Tras no poder formalizarse la venta, el vicepresidente Enrique Hevia, que controla el 29% del capital y era el gran opositor al consejero delegado, Pedro Ferrer, dio un golpe encima de la mesa y consiguió alzarse con el poder.

La compañía destituyó a Ferrer, representante de la rama familiar propietaria del 42% de las acciones, y nombró a una dirección tripartita con un miembro de cada familia: Ferrer, Hevia y Eudald Bonet. Pero Hevia fue el que consiguió más poder al ser nombrado, en enero, presidente ejecutivo de la compañía.

Hasta ese momento, la situación interna era de continuas divergencias, muchas de las cuales salían a la luz pública. Hevia logró una oferta de Henkell por Freixenet, pero el empeño de los Ferrer por mantener el control la frenó. Para presionar, el propio vicepresidente criticaba internamente la gestión de Pedro Ferrer.

Para presionar, el propio Enrique Hevia criticaba internamente la gestión de Pedro Ferrer

La familia hizo un intento de cerrar filas y sus miembros se comprometieron a buscar una solución conjunta y resolver internamente las diferencias. Esta conjura duró hasta que los Ferrer decidieron lanzar su oferta para alcanzar la mayoría, lo que volvió a sublevar a Hevia. La falta de financiación dio al traste con la oferta y, entre esto y un ejercicio de nuevo sin grandes beneficios ni dividendos, el vicepresidente vio que era el momento de mover las sillas.

Enrique Hevia terminó de convencer a José Luis Bonet, presidente de Freixenet, de que hacía falta un cambio en la compañía, apartar a los Ferrer, para reflotarla. Lo necesitaba para tener una mayoría del accionariado que apoyara su ascenso, y lo consiguió. Con el apoyo de los cuatro hermanos Bonet (29%) y el de sus propias hermanas, ganó el pulso a los Ferrer y se alzó con el poder.

Hevia ya tiene lo que quería

Desde entonces, el elemento distorsionador interno ha desaparecido. Las quejas sobre la gestión no existen, todo está más tranquilo. Con Hevia en el trono, no es que no haya discrepancias, es que quien las provocaba ya tiene lo que quería. Ha impuesto la ley del silencio y los Ferrer y los Bonet han tomado un discreto papel secundario. De hecho, en todo el proceso han mantenido el mismo perfil, muy distinto al de su primo díscolo.

Ahora la misión de Hevia y su sobrino Diego Jiménez Hevia, que según La Vanguardia ha tomado protagonismo en Freixenet, es poner a las bodegas en perfecto estado de revista para que empiece a ganar dinero de verdad y, sobre todo, despierte interés en el mercado.

Pese a los rumores que hablaban de fondos o de la japonesa Suntory, sólo la alemana Henkell presentó una oferta, pero encontró la resistencia de los Ferrer. A pesar de ello, la compañía alemana podría mantener su interés, pero condicionado a tomar una mayoría, algo que por ahora no está sobre la mesa.

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