Los 525 miembros de la familia Raventós, la saga propietaria de Codorníu, considerada la compañía familiar más antigua, en una imagen de archivo. EFE
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La actual cúpula de Codorníu no quiere perder el control de la cavista pero sabe que es casi imposible encontrar un socio que acepte estar en minoría

Carles Huguet

Economía Digital

Los 525 miembros de la familia Raventós, la saga propietaria de Codorníu, considerada la compañía familiar más antigua, en una imagen de archivo. EFE

Barcelona, 21 de abril de 2018 (04:55 CET)

Los deseos de los Raventós puede acabar por tornarse en su pesadilla. Con su apetito por encontrar un socio minoritario en Codorníu, la familia catalana echa de menos la alianza con otro gran nombre del sector para dar salida a los accionistas contrarios a su gestión. Deberá hacerlo, aunque se enfrenta al difícil reto de conjugar sus interese y los de la empresa.

Varias fuentes coinciden en las dificultades de encontrar un aliado minoritario para la empresa, que se contente con tener una presencia en el capital pero no en el mando. "Es algo prácticamente imposible, muy complicado que alguien ponga el dinero si no puede mandar", comparan.

Por ello, la oferta de Carlyle viene de la mano de hacerse con la mayoría del accionariado. El fondo americano sabe que la empresa tiene potencial, pero quiere gobernarla a su manera, sin el cepo de la saga catalana sobre la mesa.

Así, los críticos con la fórmula de la familia Raventós tiran de dos ejemplos: el más cercano, el de Freixenet, que no cerró la venta hasta que no cedió la mayoría a la alemana Henkell. Intransigente a la hora de conseguir la mayoría, el grupo germano sabia que la única forma de ganar dinero con la operación era tomando el control.

Quiénes no cedieron están al frente todavía de la también empresa familiar Pastas Gallo, Con el capital dividido a partes iguales entre cinco hermanos, dos ramas de la saga Espona Massana buscan un comprador para su 40% de la compañía. Tras dos años en el mercado, jamás trascendió el interés de ningún grupo inversor.

Las claves de los problemas en Sant Sadurní

La principal razón del enfado de algunos accionistas es la falta de rentabilidad. En el año 2016/2017 los ingresos fueron de 236 millones de euros, un millón menos que en el 2009/2010. Según las cuentas depositadas en los registros, la cifra de negocio no superó los 240 millones de euros durante los últimos siete ejercicios.

Mayores vaivenes dieron los resultados, aunque jamás alcanzaron las cotas deseadas por parte del accionariado: 4,7 millones de euros fue el pico más alto cosechado, mientras que unas pérdidas de 5,3 millones fueron el suelo.

En el pasado ejercicio, la empresa ya abordó algunos de los problemas que tenía para elevar sus resultados. Presentó un expediente de regulación de empleo para 71 personas y anunció su renuncia a fabricar marcas blancas. Mientras, la contención del gasto es una de las máximas impuestas durante el actual ejercicio 2017/2018.

La decisión de trasladar la sede social desde Sant Sadurní d’Anoia a La Rioja también se tomó con parte del accionariado en contra. Como protesta, el antiguo director general y vicepresidente, Jordi Raventós, presentó su dimisión en el consejo celebrado tras la mudanza.

 

 

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