Actualizado
La batalla por el viento y el verdadero coste del futuro verde
Si Langosteira logra convertirse en el motor de las renovables marítimas respetando el equilibrio de su entorno y asegurando que el empleo se quede en la comarca, habrá dejado de ser una promesa costosa para convertirse en el puerto que definió, con sentido de futuro, la economía gallega del siglo XXI
Imagen del Puerto Exterior de A Coruña en Punta Langosteira
Cualquiera que haya paseado por el espigón del Puerto de A Coruña habrá observado que allí el viento no es una licencia poética. Es una fuerza primaria que te corta la piel y te recuerda, de un solo golpe, que las palabras no pesan nada si no se sostienen en la realidad. Durante años, esa mole de hormigón levantada sobre el mar era un gigante de piedra en espera de un destino mejor.
Hoy, en las conversaciones sobre el futuro, la presencia de este espigón ya no se mide sólo en toneladas de carbón o en la factura del tren a la dársena, estamos evolucionando y ahora toca hablar de gigavatios, hidrógeno y en una sigla que flota en todo el sector: la eólica offshore, esa gran promesa del Atlántico, que resuena en las agendas energéticas de medio mundo.
En las estrategias de las multinacionales, las cifras marean. Se habla de 100 millones de euros de fondos públicos, de prototipos de plataformas gigantescas que podrían ser ensambladas en el propio muelle y, (al menos en teoría), de una localización privilegiada en el mapa, cuyo objetivo es convertir al noroeste peninsular en la fábrica de energía mejor dotada de Europa. Pero la economía real, (la que se vive a ras de suelo o se comenta a la hora del café), pocas veces se dibuja con trazos tan limpios.
¿Soportará el mercado esta brecha entre el anuncio industrial y la realidad de la comunidad?
Detrás de toda esta retórica de la transición justa hay una carrera contrarreloj llenas de tensiones humanas, políticas y laborales. En los astilleros y en las naves industriales del área metropolitana, la expectativa se mezcla con prisa. Existe la capacidad técnica y los talleres disponen de músculo de sobra para fabricar estos cimientos flotantes. Sin embargo, en el ambiente se genera una permanente duda razonable, (y digo razonable porque ya llueve sobre mojado), la cuestión es: ¿Llegarán a tiempo las subastas regulatorias y las licitaciones antes de que otros puertos europeos tomen una ventaja inalcanzable?
Por otro lado, conviene recordar que cualquier actividad industrial emprendida en este momento ha de contar de forma irrenunciable, con esta famosa “licencia social para operar”, término tan traído y llevado, tan repetido en el argot sectorial como deficientemente ejecutada en la práctica industrial diaria. Eso que en el papel parecía impecable, pero no era más que un requisito burocrático, se convertirá en el camino más rápido para encallar un proyecto.
En las lonjas y el sector pesquero este entusiasmo desarrollador se analiza con una considerable desconfianza. Para el marinero que conoce cada canal de paso o cada caladero tradicional, esta cuestión no supone rellenar una superficie vacía en un plano de ordenación espacial, ni en aceptar resignadamente una “zona de sacrificio”, sino proteger su lugar de trabajo diario, ese que a día de hoy mantiene la economía familiar y que ha de cuidarse para el futuro.
El verdadero reto de esta transformación no consistirá en los cálculos técnicos de los aerogeneradores, sino en ser capaces de sentarse en la misma mesa con el sector del mar, para garantizar que el desarrollo industrial no se construya sobre el desgaste de quienes llevan generaciones viviendo de este recurso. Un proyecto industrial solo es legítimo y duradero si echa raíces en la comunidad que lo acoge, si respeta la cadena de valor local y si genera certezas a largo plazo, tanto para el inversor que arriesga su capital como para la familia que busca estabilidad laboral en su entorno
El verdadero y definitivo examen para A Coruña no se jugará en los discursos institucionales, sino en la capacidad de integrar este choque de realidades. Si Langosteira logra convertirse en el motor de las renovables marítimas respetando el equilibrio de su entorno y asegurando que el empleo se quede en la comarca, habrá dejado de ser una promesa costosa para convertirse en el puerto que definió, con sentido de futuro, la economía gallega del siglo XXI.
Ese, y no otro, será el verdadero criterio del éxito.