Ávalon, en el Gran Hotel Central

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C/ Via Laietana, 30 www.grandhotelcentral.com 93-295-79-00

15 de junio de 2012 (13:08 CET)

La familia Freixa, que había conseguido una estrella Michelin con su restaurante Racó d’en Freixa, dio un giro radical a su negocio en el 2009 de la mano del hijo, Ramón, que después de haber hecho currículum en distinguidas cocinas decidió volver abiertamente a la tradición. En aquellos momentos, empezaba a consolidarse esa tendencia a través de las segundas marcas de Carles Gaig y Fermí Puig.

El local familiar se transformó en Freixa Tradició, Ramón abrió en un restaurante de lujo, premiado con dos estrellas Michelin, en un hotel del madrileño barrio de Salamanca e inició otros negocios, como el catering, el asesoramiento internacional y la dirección gastronómica de Ávalon, el restaurante del barcelonés Gran Hotel Central.


Situado en los bajos del bello edificio residencial de la familia Cambó-Guardans, Ávalon resulta cómodo y funcional. La mayor parte de las mesas están ocupadas por huéspedes con presencia también de gentes del mundo de los negocios que eligen un lugar céntrico, a tiro de piedra del ayuntamiento y la Generalitat, y discreto. La patronal Foment, que está casi pared con pared, es otra fuente de clientela.

Tiene una carta relativamente breve en la que brillan las propuestas de taperío, con un papel destacado para las croquetas y las patatas bravas, ambas excelentes, a unos precios muy razonables.

Hice una visita con el propósito de confrontar el menú -19 euros- con la carta, que sale a una media de 40. Es un ejercicio divertido que ya he practicado en otros sitios, como el Gresca. En este caso el menú no acaba de aguantar la comparación, claramente, lo que no deja de ser lógico. Lo extraordinario es lo contrario, como pasa en el Gresca.

De primero, di cuenta de unos garbanzos con butifarra negra y cebolla caramelizada que estaban espléndidos, lo mejor de la prueba, tan buenos como los había comido tiempo atrás en Racó d’en Freixa. Mi acompañante –que iba de carta- eligió el arroz con cigalitas -12 euros-, logrado, según me dijo.

Mi segundo –arroz negro con alioli- no tenía el mismo nivel. Mientras lo probaba me acordé del paellador y deduje que me había equivocado. El otro lado de la mesa tuvo más suerte; se había decantado por un meloso de ternera cocinado con trinxat de col y patatas -15,5 euros-, que resultó de primera, según me decía mientras rebañaba el plato. De postres, elegí un pastel de almendras, solo pasable, mientras que él tomó unos variados de helado de mejor factura.

Habíamos pedido unas cañas de aperitivo y nos trajeron dos cervezas de botella en vaso, escanciadas fuera de nuestra vista, algo insípida y sin temperatura: el problema de siempre en esta ciudad. Bebimos un Pétalos del Bierzo -23 euros- correcto, al que cargaron menos del doble de su precio en bodega.

La oferta de vinos está organizada de forma original. La primera parte se refiere a los vinos de diario, con etiquetas poco conocidas que van de los 14 a los 22 euros. La segunda ya es de más calado con Viñas de Gain (30), Camins del Priorat (24) o el original Ekam (36).

Fuimos a tomar el café en la terraza del Skybar, en el último piso, donde además se puede fumar. Ofrece unas vistas sobre el barrio de la Rivera muy singulares con Santa María del Mar en primer plano y el mar de fondo. Tienen una máquina de Nespresso, pero lo sirven en tazas de plástico, como los licores. El mío estaba frío.

Asientos cómodos y tumbonas junto a una pequeña piscina que parece que vaya a volcarse sobre la ciudad. Encima de la terraza queda el ático donde residió Francesc Cambó, del que solo se puede ver parte de su vegetación.

El político y financiero catalán de principios del siglo pasado encargó al arquitecto Adolf Florensa un proyecto para ubicar su vivienda y las oficinas de sus empresas, dependencias en las que ahora se encuentra el hotel. Fue de los primeros inmuebles de Barcelona en los que, aun conservando en el entresuelo y en el principal unos espacios señoriales, la zona noble se desplazó a las alturas, donde plantó un auténtico jardín, el mejor de la ciudad. El edificio es sí mismo una atracción que hasta la apertura del hotel era inaccesible.

Probablemente, la casa de Gambó es lo más interesante de la visita al Ávalon. La utilización de un nombre de prestigio para avalar un restaurante no siempre da el resultado apetecido. Cuando se inauguró, el nombre de Freixa impulsó un amplio eco mediático, pero como con la gaseosa la espuma se ha disipado. Hice una posterior visita, nocturna en este caso, a la terraza para comprobar si el servicio seguía siendo tan justito; por desgracia, no había variado. Una lástima porque el espacio es único.
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