Bodega Sepúlveda, la tasca

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C/ Sepúlveda, 173 www.bodegasepulveda.net 93-323-59-44

06 de julio de 2012 (16:13 CET)

Es una de las pocas tascas que sobreviven en Barcelona. Transformada desde su origen como la típica bodega del Eixample donde se vendían vinos a granel, la Bodega Sepúlveda ha evolucionado hasta su formato actual: una mezcla de bar de tapas y restaurante. El servicio de noche es su fuerte, en el que las mesas se rotan un par de veces y cuando el picoteo pesa más que los platos.

Desde que en los 80 inició su transformación hacia lo que ahora es –había nacido en 1952-, el local pasó un bache en la década de los 90, quizá lastrado por el peso excesivo de su clientela bullanguera y nocturna. Gentes que picaban antes de ir a alguno de los cines cercanos –Urgell, Floridablanca, en tiempos Waldorf- o al teatro Goya, o que simplemente cenaban de tapas.


Hoy, en el servicio del mediodía hay muchas corbatas. Una clientela de empresas próximas, pero también de otras zonas de la ciudad. Ha conseguido hacerse un hueco como referente de cocina tradicional catalana –legumbres y cuchara- con innovaciones interesantes en todos los capítulos.

En su oferta se suman lo que constituyen los clásicos, que en este caso son las anchoas y el vermut, con ciertas singularidades, como la kartoffel. Ahora sirven muy bien la caña de Damm en cuanto a temperatura, espuma y sabor. En eso ha evolucionado correctamente porque el recuerdo que guardaba de su cerveza de mis anteriores y numerosas visitas de otras épocas era muy mejorable.

El caso es que la angostura e incomodidad del local –mesas en la sala de la barra, el estrecho pasillo, el comedor interior y el del altillo, al que se accede por una angosta escalera- y los servicios, son superados por el atractivo de su oferta. En su extensa carta pesa mucho más el producto de fiambre, con poca elaboración, que el de cocina, una adaptación inteligente a las limitaciones de sus fogones.

Una buena relación de tapas, desde la chistorra y la morcilla de Burgos al foie gras, pasando varios tipos de croquetas. 17 ensaladas, entre las que quedo con la esqueixada por su toque original; siete ofertas a base de huevos; ocho pescados, la mayor parte no frescos, como el salmón ahumado y el carpaccio, más mejillones y bacalao; 14 platos de carne. Más los embutidos, las torradas y una apetitosa propuesta de 15 quesos.

Fuera de la carta, los platos del día, que los canta una de las hijas de Josep Solà que atienden las mesas. Ahí hay más elaboración. En mi última visita ofrecían pochas con almejas, que estaban bien, aunque desde mi punto de vista prefiero adornarlas con el bicho clásico, no con el jamón frito que pusieron. Y tortilla de chanquetes, bien cuajada, estupenda combinada con la coca con tomate.

También pedí un surtido de ibéricos, abundantes y recién cortados. En los postres pasé de los Escribà y me decanté por el correcto y nostrat flan de mató, del mismo elaborador que ya había probado, diría que en Can Roca de Sant Andreu. La carta de vinos es amplia y variada, con un capítulo de siete vinos y licores para acompañar los postres o como digestivos, bastante frecuentado por la clientela trajeada que se los toma en la terraza para fumar. Bebí un Vitis Llopart, que no estaba en su temperatura y hubo que esperar a que la cubitera acabara de darle el punto adecuado. Un vino blanco modesto y barato, pero agradable, al que cargan el doble de su precio en bodega. La cuenta quedó en 50 euros.
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