El restaurante más clandestino de Barcelona

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Plaza Cataluña, 14 93-306-38-00 www.elcorteingles.es

09 de octubre de 2014 (11:39 CET)

En la novena planta de El Corte Inglés de la plaza de Cataluña de Barcelona hay tres restaurantes. La cafetería propiamente dicha, la que siempre está a rebosar; el segundo comedor, que la rodea, y que está situado junto a la terraza, desde donde se disfrutan unas preciosas vistas de la ciudad y con una perspectiva desconocida para la mayoría de los barceloneses.

En el centro de la planta se encuentra el auténtico restaurante. Ambiente musical audible, paredes elegantes forradas de madera de color claro, y adornadas con óleos a la venta. Iluminación suficiente, ni agresiva ni intimista.

Comedor corporativo

Las mesas son amplias y las sillas cómodas. Tiene una cocina a la vista y dos salones privados. Es lo más parecido a un comedor corporativo en la última planta del edificio de una gran empresa. De esos que están pensados para los altos ejecutivos, claro, no para el grueso de la plantilla.

Así es el restaurante principal de la tienda más céntrica de la cadena en Barcelona. Y, además, es clandestino. El más clandestino de la ciudad.

Puerta cerrada

La puerta de acceso no sólo es discretísima, sino que está cerrada. Tienes que aporrearla o, si quieres ser efectivo, avisar a uno de los camareros que atienden la cafetería para que informe al jefe de sala que tiene un cliente a la puerta.

Permanece cerrado para evitar que el gentío que se mueve por la planta entre para no quedarse, para levantarse de la mesa en cuanto ve los precios de la carta; o peor aún, para irse después de haber tocado las servilletas e incluso haber utilizado el baño.

Otros tiempos

Este restaurante tuvo una buena afluencia de público años atrás. Eran épocas de bolsillos llenos. Y, además de las familias, algunos ejecutivos de la zona habían descubierto que se trataba de un lugar muy adecuado para sus encuentros, con un buen servicio y una calidad más que aceptable.

Pero las cosas han cambiado. El día de mi visita éramos tres mesas y, como digo, parecía que todo estuviera conjurado para que no pudiéramos entrar. Había llamado en varias ocasiones a lo largo de la mañana para reservar mesa sin que nadie respondiera. Y luego me pasé unos minutos golpeando la puerta hasta que di con el chiste de avisar a los de al lado.

Gente feliz

En la primera mesa, una pareja tomaba cava con un arroz de bogavante con muy buena pinta. Señor mayor, con posibles, con señora más joven. Muy contentos. Luego estaba la nuestra, y finalmente la tercera, donde una señora comía con su hijo adolescente.

Pedí una caña. Una San Miguel algo floja que apenas aguantó el viaje desde la barra de la cafetería hasta el comedor del restaurante. Tuvieron el detallazo de ponernos unas croquetas cortesía de la casa que estaban bien ricas.

La carta es breve, una veintena de platos. Son clásicos hechos con buena materia prima y sin complicaciones. De entrantes, que es el capítulo más extenso, decidimos probar el jamón 5 Jotas -recién cortado y sabroso- y unas almejas a la marinera que llevaban bastante tiempo hechas y que no eran las de carril del departamento gourmet del supermercado situado nueve o diez pisos más abajo. También tomamos un surtido de verduras a la parrilla (corriente).

Solomillo en compañía

Después, un solomillo con foie en salsa de vino tinto. Bueno, aunque personalmente prefiero esta carne poco hecha y a la parrilla o la plancha, desnuda. A menudo, los acompañamientos la enmascaran.

Bebimos un blanco chardonnay de Raimat a 16 euros, algo más del doble que en bodega. En general, es lo que carga este restaurante en su carta de vinos, que es escueta e incluye clásicos como el Cune Imperial (36 euros), Muga crianza (22) y Viña Esmeralda (15,20).

El café Illy, valor seguro, llegó muy bien desde la cafetera.


Unos 60 euros por persona. Es evidente que hay un desfase. No solo es un restaurante clandestino en el centro más céntrico de Barcelona, sino que parece anclado en una deriva que solo puede acabar en el cierre.
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