Estocolmo, incluso sin Larsson

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La capital sueca es una escapada apetecible y un lugar con múltiples aristas culturales y sociológicas

La ciudad de Estocolmo

17 de abril de 2012 (14:20 CET)

Es tierra de agua, líquida y verde, como su conciencia medioambiental. La capital sueca es capaz de sobrevivir a la historia, a sus tópicos vikingos, a los fríos polares que la circundan y, por supuesto, a la moda Millenium, que Stig Larsson, el mito literario contemporáneo, ha propagado al mismo frenético ritmo que se vende su trilogía por todo el mundo.

Estocolmo, la Venecia del norte, el combinado de tierra y agua que lo conforma, bien vale una escapada frugal. Con vuelos directos asequibles, un paseo por su ciudad antigua, por sus barrios más poblados y comerciales, por su pequeña city, permiten admirar la belleza natural de la ciudad escandinava. Sin maquillajes, sólo con la cara lavada por la permanente lluvia y nieve que soportan sus habitantes durante una larga parte del año, la capital escandinava emerge como una de las urbes europeas más bellas y menos artificiales.

El agua es elemento omnipresente en la ciudad. Sus canales, lagos, río, frente marítimo... todos con idéntico denominador: el líquido elemento. El agua discurre por la tierra en perfecta conjunción con el entorno. De ahí que su cultura, sus tradiciones y sus costumbres sean una justa yuxtaposición de dos culturas: la agraria, de interior; la marítima, influencia de sus múltiples islas y costas.

Traslado en el tiempo


La modernidad no ha afeitado a Estocolmo: su casco antiguo (el barrio Gamla Stan), sobre el que creció y se expandió una ciudad edificada entre islas y puentes, todavía conserva un genuino sabor medieval en lo arquitectónico. Ni los comercios de artesanía local, ni las tiendas para turistas ni los múltiples restaurantes y cafeterías que reúne impiden vivir la sensación de haberse trasladado en el tiempo.

Los suecos son unos avanzados europeos. Lo fueron en política y en la construcción de un estado social que hoy todavía los hace diferentes de sus vecinos, que miran con admiración el trato preferente que tiene la maternidad, la pulcritud ecológica con la que preservan su entorno natural o la eficaz y completa red de transporte público. Son verdes de verdad, sin imposturas.

La bicicleta cultural

Esa actitud de avanzadilla social y cultural se vive en sus costumbres menos glamourosas. En el día a día de sus calles y barrios. En sus papeleras, en las bicicletas que circulan soportando lluvia y nieve, en la extrema limpieza del entorno urbano, en la práctica del deporte como desafío a un clima hostil... en cada una de sus más vulgares actuaciones, los suecos muestran un espíritu que porfía contra la naturaleza.

Por eso, ni el éxito literario de la trilogía del periodista Larsson, que ya se ha convertido en márketing turístico para la ciudad, consigue solapar sus condiciones intrínsecas para conservar el papel de ciudad de referencia en el norte de la Unión Europea. Ni los edificios más modernos del centro económico, ni las grandes instituciones, ni por supuesto su ombliguil estación central se apartan un ápice del urbanismo sueco. Respeto a la funcionalidad, ausencia deliberada de grandilocuencias arquitectónicas son rasgos que definen los barrios más contemporáneos de la ciudad. Incluso el Södermalm, convertido en referencia por influjo de Larsson, mantiene esa coherencia en lo urbanístico, en su comercio, en sus locales hosteleros.

Itinerarios urbanos

Pasear por la capital sueca es seguro. O, al menos, es la sensación que percibe el visitante. Con observar las normas básicas de civilidad es suficiente para sentirse bien acogido. Cosmopolita, la capital es perfectamente bilingüe, y eso la convierte en un paraíso explorable para el turista. Sus calles y barrios, de nombre impronunciable en su mayoría, permiten trazar varios itinerarios alternativos que en un fin de semana largo proyectan una panorámica suficiente para conocer, vivir y pasear la mayor parte del trazado urbano.

El restaurante Pelikan, uno de los incluidos en la ruta Larsson, es un buen muestrario de la gastronomía local. Los arenques ahumados, sus populares albondigas y una carta de vinos con referencias españolas e italianas son el principal atractivo de su carta. Permite una copa en el local anexo repleto de modernidad cultural y política. Si lo que pretende es un ágape de negocios o una declaración de amor, es aconsejable otro restaurante, su sala tiene una acústica insorportable para conversar.

Hay una buena oferta hotelera, con presencia de las grandes enseñas internacionales (Sheraton, Radisson...), y unas nada desdeñables posibilidades gastronómicas. Mucho restaurante étnico y un único pero: cualquier cafetería céntrica está tomada por las modas más rancias de Occidente. El influjo anglosajón hace que muchos pequeños establecimientos sean más propios de la quinta avenida neoyorquina que una ciudad con indiscutible tradición e historia europea.

Datos básicos para viajar:

Compañía aérea: Vueling
Duración del vuelo: 3:30 horas.
Hotel: Sheraton
Contacto: Visit Stockholm
Restaurante recomendado: Pelikan
Excursión organizada: Tour en bus
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