Los Pujol toman juntos el café, pero no pagan

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02 de julio de 2013 (18:22 CET)

La escena se produce en un céntrico restaurante de Barcelona, con cierta categoría gastronómica, y al que apodaremos “Slow” para dejar su nombre a resguardo.

Allí se han citado a comer el Cónsul Honorario de Estonia en Barcelona, Josep Lluís Rovira, y el último secretario general de Convergència Democràtica de Catalunya, Oriol Pujol Ferrusola, además de portavoz parlamentario de CiU hasta que la justicia le ha acusado de ser el presunto autor de un delito de tráfico de influencias que tenía por objetivo modificar el mapa de las estaciones de ITV de Barcelona en provecho no de lo público sino de algunos intereses privados.

Pujol Ferrusola está más delgado que de costumbre, como sí desaparecer de los focos le hubiera cambiado los hábitos vitales. La comida entre ambos transcurre entre sus respectivas confidencias hasta que a la hora del café se incorpora otro Pujol, pero ahora con condición de patriarca. Y la mesa, que era de cuatro pero la ocupaban dos, pasa a estar ocupada por el ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, su hijo Oriol y Rovira. A este último se le transmuta el rostro.

Diríase que Rovira es ahora menos cónsul estonio y más ex presidente de Pimec, cargo que desempeñó en los 80 y que le granjeó su proximidad con Pujol y convirtió aquella patronal en un satélite empresarial del nacionalismo convergente. La media hora o tres cuartos transcurre entre cafés y algún comensal que saluda hasta que el padre abandona su asiento. Le sigue, a continuación su hijo. Se queda en el establecimiento Rovira, habitual del “Slow”, y pide la cuenta, de la que va a hacerse cargo.

Sucedió un martes de julio en la capital catalana. Un café familiar pagado por el empresariado.
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