Suculent, el ‘bareto’ impostado

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Rambla del Raval, 43 (Barcelona) www.suculent.com 93-443-65-79

19 de octubre de 2012 (14:32 CET)

Suculent es un local nuevo, de mayo pasado, que ha tenido un éxito asombroso. Y eso tiene que ver con las dotes publicitarias de Carlos Abellán, uno de sus impulsores, y de la gente que le ha hecho el trabajo de comunicación. Comprendo que algunos aficionados puedan sentirse influidos negativamente por esas circunstancias, por su irrupción en los medios –en los circuitos gastronómicos- con grandes alabanzas a los pocos días o semanas de abrir sus puertas, pero sería un error dejarse llevar por el hígado y no reconocer que el local tiene gracia, bastante gracia.

Los jóvenes cocineros metidos a emprendedores hacen sus apuestas para encontrar un empleo que los empresarios más clásicos del sector ya no ofrecen, lo que en estos tiempos supone asumir muchos más riesgos que en otras épocas. Atreverse a una inversión, aunque no sea astronómica, en la Rambla del Raval, muy cerca de Casa Leopoldo y del hotel Barceló, es de valientes. Hay que quitarse el sombrero.

Un espacio reducido

El pequeño local apenas tiene aforo para 30 personas entre las mesas y la barra. Si sumamos la terraza de la Rambla, que será ampliada en breve, y el pequeño reservado del fondo del local, refugio de las corbatas, en torno a unas 50 plazas. Llena cada día.

Ubicado donde antiguamente existía una bodega, ahora ha sido decorado con elementos de madera rústica, poco barnizada, que tiende a darle un aspecto de casa de comidas, con aire desenfadado. La barra, presidida por un tirador de cerveza y un botijo, subraya el perfil de bar a la antigua, de bareto que los diseñadores han querido darle, utilizando puertas pulidas de viejas neveras de madera como marcos, cubos de cinc –incluso la pica del lavabo es de cinc-, botellas de agua con tapones de porcelana, como las antiguas gaseosas. Un enorme anuncio de Estrella Damm reproducido en las baldosas de una de las paredes acaba de dar esa imagen vintaje.


Ese es el embalaje –junto a un ambiente musical dominado por el flamenco- de una oferta escueta y original, ordenada de manera informal, donde las tapas, como sus celebradas patatas bravas, tienen el mismo protagonismo que los platos más contundentes, como el rabo de vaca vieja con tuétano, una de las elaboraciones más aplaudidas por la clientela.

Cocina solvente

El perfil de la cocina de esta casa está muy marcado por platos como las albóndigas de butifarra y sepia cocinadas con shitakes, la raya con mantequilla negra, el all i pebre de anguila, la ensalada de tomate con mojama, cecina y almendras –la deconstrucción de la tapa sureña- o las ortiguillas. Todos ellos, no solo singulares en Barcelona, sino logrados. Hay cocina muy solvente detrás del decorado, como se aprecia en las croquetas de crema de pollo o en platos más sencillos como una ventresca de atún casi japonesa a la plancha (y una buena tempura de verduras) y los calamarcitos con alioli suave. Entre los postres, me quedo con el pastel de brie y albaricoque confitado, muy dulzón, pero estupendo.

La carta de vinos no tiene nada que ver, en cuanto a su extensión, con la oferta culinaria. Es muy amplia y está ordenada empezando por los generosos y terminando por los tintos, con amplio dominio de las denominaciones catalanas. No tiene medias botellas, pero los solitarios y los moderados disponen de un par de marcas para beber a copas. Me quedé con el sorprendente y refrescante Susterris, hecho con albariño y riesling, a 3,5 euros el trago y 22 la botella, que lo ponen como el vino de la casa. Es el hermano pequeño del Ekam, que Castell d’Encus elabora especialmente para algunos de sus mejores clientes, como Carlos Abellán.

Sirven la caña Damm en el vaso estilo Mortiz, bien tirada, y para el vino utilizan unas copas pequeñas, algunas de ellas con la estrella de la Inedit serigrafiada en un costado que indica la medida de la dosis para que los camareros no se distraigan. Ya se ve que entre la cervecera catalana y Suculent hay algo más que la típica relación entre un proveedor y su cliente. El café es El Magnífico, sabor genuino y correctamente servido. Una comida sale por unos 45 euros, lo que ya indica que no estamos en un bareto, ni mucho menos.

Creo que el punto más flojo de Suculent es el servicio. El trato es amable, aunque algo “moderno” que encaja con el ambiente general, pero que sin duda puede mosquear a algún cliente. Hay cierto desorden, de esos que se producen cuando un elemento del engranaje de la sala trata de controlarlo todo y, al final, lo que consigue es que no sepas qué camarero atiende tu mesa. Puede que sea normal en un establecimiento tan joven.
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