2025: el año en que la IA dejó de ser magia y empezó a ser negocio (de verdad)

El ajuste que estamos viviendo no cuestiona a la IA como motor económico, sino qué compañías, qué modelos de negocio y qué estructuras competitivas sobrevivirán cuando el mercado deje de subvencionar el crecimiento a cualquier precio

2025 pasará a la historia como el año en que la inteligencia artificial perdió parte de su aura y ganó algo más valioso, contexto de valor generado. Veníamos de dos años de fascinación colectiva. Desde la irrupción de ChatGPT a finales de 2022, la IA generativa se convirtió en el centro del debate tecnológico, económico y político. Se habló de productividad infinita, sustitución masiva de empleo cualificado, descubrimientos científicos acelerados y empresas rediseñadas desde cero. La narrativa dominante era la del progreso exponencial y la disrupción inmediata.

En 2025 esa narrativa empezó a ajustarse. No porque la tecnología haya dejado de avanzar, sino porque las expectativas comenzaron a aterrizar en la realidad organizativa, económica y humana. El artículo The great AI hype correction of 2025, publicado por MIT Technology Review, lo expresa con claridad. Durante un tiempo confundimos demostraciones espectaculares con transformación estructural.

Desde el punto de vista empresarial, el año ha sido revelador. Muchas compañías lanzaron pilotos de IA esperando retornos rápidos, pero una parte significativa de esos proyectos no ha escalado. Iniciativas que se quedan en pruebas de concepto y una adopción más lenta de lo prometido se repiten en distintos estudios académicos. No porque la IA no funcione, sino porque las organizaciones no estaban preparadas para integrarla de verdad. La IA no se enchufa y listo. Exige rediseñar procesos, datos, roles y liderazgo, sobretodo liderazgo. Cuando eso no ocurre, el valor se diluye.

A este ajuste empresarial se ha sumado uno tecnológico. En 2025 muchos empezaron a notar que las mejoras entre modelos ya no generan el mismo impacto inmediato. El lanzamiento de GPT-5 fue recibido con una sensación ambigua, más potente, sí, pero no radicalmente distinto. Como en otras grandes tecnologías, tras los grandes saltos iniciales llega la fase de consolidación. Cuando desaparece el asombro empieza la normalización, y es precisamente ahí donde se crea el valor duradero.

En paralelo, el debate se ha desplazado al terreno socio-político. La IA ya no es solo una cuestión de eficiencia, sino de poder, empleo, regulación y soberanía. Europa ha vivido este año su propio ajuste, reconociendo que regular una tecnología en aceleración constante con marcos pensados para otro mundo genera limitaciones competitivas estructurales. De ahí movimientos como el Ómnibus Digital, que no pretende desregular, sino evitar que la regulación se convierta en un cuello de botella estructural.

¿Estamos entonces ante una burbuja? Tal vez. Pero no todas las burbujas son iguales. Si esta se parece a algo, se parece más a la del año 2000 que a la de 2008. Es probable que muchas empresas desaparezcan, que algunas valoraciones se ajusten y que ciertos modelos de negocio no sobrevivan. Pero conviene matizar: no creo que la burbuja esté en el valor que generará la inteligencia artificial, sino en quién será capaz de capturarlo de forma sostenible. La tecnología en sí tiene un valor enorme, probablemente mayor del que hoy se le reconoce. El ajuste que estamos viviendo no cuestiona a la IA como motor económico, sino qué compañías, qué modelos de negocio y qué estructuras competitivas sobrevivirán cuando el mercado deje de subvencionar el crecimiento a cualquier precio.

De hecho, nunca había visto una innovación con tanto potencial monetizable ofrecida por tan poco dinero. Capacidades que multiplican la productividad intelectual están hoy disponibles casi como una commodity, a precios sorprendentemente bajos. Eso no es sostenible. Cuando los mercados se normalicen y la IA se consolide como infraestructura crítica, los precios subirán. No por moda ni por especulación, sino porque el valor que hoy se regala acabará, inevitablemente, teniendo precio.

Por eso, la corrección de 2025 no es una mala noticia, sino una señal de madurez. Nos obliga a dejar de preguntar “¿qué puede hacer la IA?” para empezar a preguntarnos “¿dónde crea valor real?”. Nos devuelve a lo esencial que es el valor generado real de la tecnología.

La IA no se ha acabado.

Se nos está acabando la ingenuidad. Y eso, para quienes construimos negocio de verdad, suele ser el principio de algo mucho más interesante

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