España conquistó el Mundial. Portugal desperdició una generación

Los campeones del mundo no siempre son los que reúnen a los mejores futbolistas. Son, casi siempre, los que consiguen construir el mejor equipo

Los campeones del mundo no siempre son los que reúnen a los mejores futbolistas. Son, casi siempre, los que consiguen construir el mejor equipo. El Mundial de 2026 volvió a demostrarlo.

Portugal quedó eliminado en los octavos de final precisamente ante España. No fue una derrota vergonzosa ni inesperada frente a un rival de enorme categoría. Fue, sobre todo, la confirmación de una frustración acumulada durante años: la incapacidad para transformar un extraordinario caudal de talento en una verdadera identidad colectiva.

España siguió adelante. Partido tras partido fue creciendo sin hacer demasiado ruido. No necesitó proclamarse favorita. Se limitó a competir, a confiar en un modelo de juego consolidado y en una idea común. Eliminó a Portugal, superó después rivales cada vez más exigentes y acabó levantando el título mundial con pleno merecimiento.

Esa fue la gran diferencia entre ambos países.

Portugal probablemente disponía de la mejor generación de futbolistas de toda su historia. Incluso dejando a un lado a Cristiano Ronaldo, la selección contaba con varios de los mejores jugadores del mundo en sus respectivas posiciones. Sin embargo, disponer de talento no basta. Nunca ha bastado.

Hace falta liderazgo. Hace falta una dirección técnica capaz de convertir individualidades en un proyecto colectivo. Hace falta cohesión, disciplina, solidaridad y una convicción compartida de que el equipo está por encima de cualquier nombre propio.

Eso fue precisamente lo que España consiguió.

Cristiano Ronaldo merece una reflexión aparte. Su legado es inmenso y permanecerá para siempre entre las mayores leyendas del fútbol mundial. Pero esta ya no era su selección desde el punto de vista competitivo. Su papel se ha ido transformando en el de un símbolo nacional, un extraordinario embajador de Portugal y un fenómeno global de comunicación, relaciones públicas y representación institucional. Sigue atrayendo públicos, patrocinadores y admiración en cualquier estadio del mundo, pero el tiempo convierte inevitablemente a las leyendas en referentes más que en protagonistas.

Los jugadores de la selección durante la celebración del Mundial en Cibeles. Foto: Óscar Ortiz / Europa Press

Portugal tenía la obligación de haber hecho mucho más con la generación que poseía. Y no lo hizo.

También los banquillos marcaron diferencias. Resulta paradójico que ambos equipos confiaran en entrenadores españoles. España eligió al español adecuado. Portugal, lamentablemente, eligió al equivocado. En el fútbol moderno, donde las diferencias físicas y técnicas son cada vez menores, el liderazgo desde el banquillo suele decidir el destino de los grandes torneos.

Ahora puede abrirse un nuevo ciclo con Jorge Jesus. Su estilo nunca ha destacado por sofisticaciones teóricas ni por un discurso especialmente elaborado. Sin embargo, posee una virtud que ningún entrenador puede despreciar: obtiene resultados. Lo ha demostrado prácticamente allí donde ha trabajado, incluso en proyectos que parecían condenados al fracaso. Quizá Portugal necesite precisamente eso: menos retórica y más capacidad para construir un equipo competitivo.

Dentro de cuatro años llegará una oportunidad irrepetible. Portugal organizará el próximo Mundial junto a España y Marruecos. Jugar en casa supone una ventaja, pero también una enorme responsabilidad. Habrá tiempo suficiente para corregir errores, consolidar un modelo y devolver a la selección portuguesa la ambición que esta generación merece.

Este Mundial dejó además otra imagen que merece una reflexión.

La derrota de Argentina en la final contrastó con la actitud exhibida por muchos de sus protagonistas y de parte de su entorno durante el torneo. El fútbol argentino posee una historia extraordinaria y una calidad competitiva indiscutible. Pero la excelencia deportiva no necesita confundirse con la arrogancia. La grandeza suele manifestarse con serenidad, especialmente en la victoria y también en la derrota. Resulta paradójico que un país que ofreció al mundo la figura del papa Francisco, cuya principal enseñanza fue la humildad como expresión de fortaleza, continúe proyectando con frecuencia una imagen internacional donde la soberbia parece confundirse con personalidad.

España ofreció exactamente el mensaje contrario. Ganó sin estridencias, construyó un grupo antes que un escaparate de estrellas y demostró que el éxito colectivo siempre acaba imponiéndose al talento disperso.

Esa es, probablemente, la verdadera lección del Mundial. Los campeonatos no los ganan necesariamente los mejores jugadores. Los ganan los mejores equipos.

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