La cultura política; un espejo en el que mirarnos

Las instituciones, que a lo largo de la historia se han hecho con el poder, han trabajado cuidadosamente el mundo de la imagen, se han construido mitos, iconos e imaginaria de todo tipo

“Aquella ideología que nos devuelve la imagen de nuestro mejor yo, si además nos asegura que cualquier defecto en ella no es culpa nuestra sino fruto de la actuación de otros, es la que abrazamos con mayor afición”.

En un momento en el que el narcisismo es un leit motiv en la vida de muchos, cuando parece que nada tiene sentido si no es a través de una imagen, cuando cada momento tiene que captarse para que otros sean el público de lo que vivimos, cuando nuestro yo se ve fortalecido, más allá de lo razonable, en el reflejo que proyectamos y las redes se convierten en cómplices necesarios de esta perversión, parece inevitable que la política, la cultura política en general, se vea afectada por esta sumisión vanidosa a nuestra propia imagen. Vivimos un tiempo de narcisismo adolescente.

Cómo hacer creíble que la premisa ”primero pienso en mí y luego en ti” puede ser incluso más beneficioso para ti que si digo “primero pienso en ti y luego en mí”.

Cómo demostrar que la elocuencia, el mercadeo, la propaganda… llevan en su propia esencia una cierta dosis de mentira. Cómo probar que hay una pretensión de excelencia inalcanzable que hace imposible lo que sencillamente resulta bueno y útil. Cómo no sucumbir a la utopía, resistirse a las voces de sirena que arrullan nuestros ego y reconocernos limitados, humildes humanos que debemos sobrevivir, si podemos, aspirando simplemente a una ética elegante, pero renunciando a la santidad reservada solo a unos pocos elegidos.

Reconocer que la política se da en un contexto donde conviven como en cualquier otro ámbito de nuestras vidas, pero tal vez de forma hiperbólica, los deseos de servicio más honestos con los intereses espurios más abyectos, podría facilitarnos la tarea a la hora de juzgar y elegir a nuestros representantes.

Pretender, como a veces lo hacemos, una política situada más allá de la vida real, de la realidad cotidiana de todos, o exigir a los políticos un comportamiento que no nos exigimos ni a nosotros mismos en la mayoría de las ocasiones, seamos sinceros, resulta una trampa de la que solo podremos salir con costes altísimos.

Las instituciones, que a lo largo de la historia se han hecho con el poder, han trabajado cuidadosamente el mundo de la imagen, se han construido mitos, iconos, imaginaria de todo tipo, a falta de que un solo dios pudiese hacernos de espejo en el que reconocernos satisfechos, para lograr ese reflejo autocomplaciente con el que contentar nuestra vanidad y así seguir manipulándonos más fácilmente.

No se trata de concebir teorías de confabulación, sino de constatar que el que quiere el poder necesita de un consenso social, incluso en las dictaduras más extremas, con el que manejar a la mayoría y que para obtenerlo no hay nada más fácil que jugar con nuestra vanidad.

Somos gregarios y nuestra autoaprobación es insuficiente

Aquella ideología que nos devuelve la imagen de nuestro mejor yo, si además nos asegura que cualquier defecto en ella no es culpa nuestra sino fruto de la actuación de otros, es la que abrazamos con mayor afición. Si eso se adereza con la promesa de que la solución a nuestros problemas está siempre en manos de un poder que no controlamos la entrega es ya absoluta.

Pero esta imagen que queremos de nosotros mismos, y que el poder cuando es hábil nos devuelve mejorada, tiene que estar acompañada por la que tiene de nosotros nuestro grupo, somos gregarios y nuestra autoaprobación es insuficiente; requerimos de la aprobación del resto de nuestra manada.

Una herramienta más que nos hace susceptibles de ser pastoreados, queremos limar nuestras diferencias para ser aceptados y en todo caso solo asumir las que nos identifican frente a otro grupo. Y esta necesidad es el embrión de la corrección política.

Estas consideraciones nos llevan finalmente a la conclusión de que vivimos en una sociedad en la que el ciudadano a la hora de elegir a sus gobernantes se inclina antes por aquél que le devuelve una mejor imagen de sí mismo, prefiriendo al político que le hace sentir bien, antes que al que sencillamente gestiona bien.

Entre las políticas que nos comprometen, que nos hacen partícipes y responsables de nuestro destino y aquellas que nos consideran víctimas de la sociedad, de las dificultades de la vida o simplemente de nuestro destino, hay una fuerte tendencia a quedarse de forma vanidosa y pusilánime con estas últimas.

Buscamos como adolescentes huérfanos unos políticos a los que admirar, que nos seduzcan, nos protejan y nos salven antes que asumir nuestra responsabilidad, la de exigirles la profesionalidad de cumplir con sus compromisos y administrar adecuadamente el patrimonio de todos.

Podemos seguir quejándonos como adolescentes consentidos de no tener los políticos que nos merecemos o trabajar desde la sociedad civil, también ejerciendo nuestro voto de manera inteligente, hasta conseguir merecernos tener mejores políticos.


Miriam Tey es fundadora del Centro Libre, Arte y Cultura, y miembro del grupo Pi i Margall. Ha coordinado el libro Hombres y sombras. Contra el feminismo hegemónico, publicado por ED Libros (2020).