Vote blue, go green

La idea, popularizada por Dick Morris durante la presidencia de Bill Clinton, consistía en disputar al adversario sus propios temas

En un golpe de efecto comunicativo, el entonces líder de la oposición David Cameron decidió introducir el color verde en la identidad visual del Partido Conservador británico. El viejo emblema, una antorcha con los colores de la bandera, dio paso a un árbol de trazo sencillo, verde en la copa y azul en el tronco. No era un simple cambio estético, sino una declaración política en toda regla. La resumió en un eslogan eficaz: Vote blue, go green. Vota azul, hazte verde.

Aquella maniobra respondía, en parte, a una lógica conocida en la estrategia política contemporánea, la triangulación. La idea, popularizada por Dick Morris durante la presidencia de Bill Clinton, consistía en disputar al adversario sus propios temas. Clinton lo hizo en economía y Cameron lo haría en ámbitos tradicionalmente asociados a la izquierda, como la sanidad pública o el medio ambiente. Así, en 2010 logró presentarse como una opción más fiable que los laboristas en terrenos donde los conservadores partían con aparente desventaja. Y ganó.

Reducir aquella estrategia a una operación de marketing sería, sin embargo, un error. En el Reino Unido, la preocupación por el medio ambiente nunca ha sido patrimonio exclusivo de la izquierda. Existe una tradición profundamente conservadora que vincula la idea de conservación con algo más esencial: la responsabilidad intergeneracional. Conservar no significa inmovilizar, sino preservar lo valioso que hemos heredado y mejorarlo para quienes vendrán después. Es, en el fondo, una forma de respeto.

Existe una tradición profundamente conservadora que vincula la idea de conservación con algo más esencial

Quizá por eso no sorprende que uno de los ensayos más sugerentes publicados recientemente en España, El ecologista de derechas (Deusto, 2026), de Toni Timoner y Luis Quiroga, beba de esa tradición. Los autores, españoles con una exitosa carrera en el Reino Unido, se proponen devolver la cuestión ambiental al terreno del sentido común del que nunca debió salir.

Durante demasiado tiempo, el ecologismo ha sido capturado por una lógica de bloques. Se ha convertido en una bandera identitaria y, con ello, el debate se ha empobrecido. Se ha sustituido el análisis por la consigna y la eficacia por el gesto. En este sentido, el libro acierta al recordarnos que la defensa del medio ambiente no debería nacer de un impulso revolucionario, sino de una obligación moral. De ese deber de no deteriorar aquello que hemos recibido.

Frente al ruido ideológico, los autores reivindican algo mucho más útil: las soluciones técnicas. Y es que, en este campo, como en tantos otros, sobra turra moralista y falta gestión eficaz. Los grandes retos ambientales no se resolverán con eslóganes, sino con innovación. Y esa innovación, sostienen, solo puede escalar de forma real si está incentivada por el dinamismo económico, es decir, por el capitalismo.

Allí donde se han aplicado políticas bienintencionadas pero mal diseñadas, los resultados han sido contraproducentes. Un ejemplo evidente es el cierre de nucleares en Alemania, que ha llevado de nuevo a la contaminante quema de carbón. Las modas ideológicas siempre acaban teniendo un precio: energía más cara, menor competitividad y menos oportunidades para quienes ya partían en desventaja.

El libro recupera, pues, una tradición intelectual que conviene recordar. Desde Edmund Burke hasta Roger Scruton, pasando por Michael Oakeshott, existe una línea de pensamiento que vincula conservación y prudencia. En la práctica política, esa tradición ha tenido traducciones concretas en líderes como Ronald Reagan, Margaret Thatcher o José María Aznar, que entendieron que proteger el entorno no es incompatible con generar prosperidad, sino que depende de ella.

Porque esa es, en el fondo, la cuestión clave. Frente a la ideología del decrecimiento o a la tentación de la hiperregulación, conviene recordar algo elemental: sin prosperidad no hay transición ecológica posible. No hay inversión, no hay innovación ni capacidad de adaptación. Solo hay restricciones y, con ellas, frustración social. Sin prosperidad económica, no hay apoyo social para una determinada política.

Los autores ponen el acento en la adaptación al cambio climático. España, por mucho que cumpla sus objetivos, no va a frenar por sí sola el calentamiento global, pero sí va a ser uno de los países más afectados por él. Así, cada euro invertido hoy en adaptarse ahorrará muchos mañana en reconstrucción. Pero debe hacerse con criterio, con análisis coste-beneficio y no con prejuicios ideológicos. Adaptarse es, como recuerdan nuestros autores, “un acto de responsabilidad intergeneracional”.

En definitiva, Timoner y Quiroga recuperan la mejor tradición liberal-conservadora: “respeto por la herencia recibida, defensa de la libertad individual y la convicción de que los incentivos económicos, bien diseñados, producen mejores resultados que la coacción burocrática”. Y lo hacen recordando algo esencial que la política contemporánea parece haber olvidado: que sin prosperidad no hay conservación posible.

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Portavoz del Partido Popular en Ayto. de Barcelona y coordinador general del mismo en Cataluña. Ver perfil
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